Coscoinómanos. Crónicas del FICIC 2015 (4)

Día 4. Señal de identidad.

Final para estas crónicas coscoínas. El sábado, último día del festival, es usualmente más corto que el resto: la tanda de funciones más tardía empieza a las 15 hs, de forma de darle a todo el mundo el tiempo suficiente para poder volver a la ceremonia de premiación y clausura, pautada para la noche. Decidí dedicarle la última mañana del festival a la familia, con la que, entre película y otras cosas, estuve poco tiempo. De ahí fui nuevamente a ver uno de los dos programas de cortos de escuela sobre los que ya hablé, de manera que lo único que puedo comentar es Un jeune poete, la película del francés Damien Manivel. O sobre cómo el romanticismo del siglo XIX hace pie en el XXI: el debut del director parece no dejar fuera ninguno de los lugares comunes de la poesía y de la forma en la que un poeta ocupa su lugar en el mundo. Remi es un joven atribulado, en busca de inspiración en algún pueblito idílico y mediterráneo de la costa francesa, en donde encuentra una joven que no le corresponde su amor, tal como cabía esperarse. Hay también un amigo pescador cuyo rol es el de ser el nexo entre el mundo real y la nube permanente de palabras complicadas y pretenciosas en la que vive Remi. Así dicho nada suena bien, pero todos los estereotipos están puestos para ser socavados, porque si hay algo que salva a Un jeune poete es el humor, constante, sonante y seco como el sol que inunda los paseos del poeta por las calles del balneario y la tumba del cementerio al que acude, regularmente, para lanzar soliloquios frente a ella. Los episodios que van puntuando el relato, del cementerio al museo o la taberna, de la playa a la montaña, no producen ningún tipo de aprendizaje, tan circulares como la caminata del anacrónico Remi (hay mucho de Quijote en él) en busca de sus musas esquivas. En todo caso son algo así como variaciones sobre un mismo tema: la imposibilidad de saltar el límite que separa el mundo ideal del real, la necesidad de establecer entre ellos algún tipo de vaso comunicante. A partir de allí podríamos dedicarnos a encontrarle a Un jeune poete una serie de (sobre) interpretaciones: que el papel del arte como mediador en la experiencia del mundo, que todos somos de alguna manera platónicos o aristotélicos, que… Prefiero quedarme con esos recorridos luminosos que emergen en cada plano, en cada panorámica, con esas charlas ocasionales que entabla con cada uno de los lugareños con los que se va cruzando. También se nos permite eso del cine: no pedirle nada más que el puro aquí y ahora sin más allá, eso que en la pantalla (se) quema.

No hubo tiempo para mucho más, excepto para una última experiencia en la radio y para ir a la ceremonia de premiación y de clausura. Pasó otro FICIC y ya se lo empieza a extrañar. Es raro: siendo un festival joven (apenas cinco ediciones) ya supo crear un lazo muy fuerte con el pasado, sin dejar de dar cuenta del presente y del futuro posible del cine; y no sólo en su programación, en la que puede hacer convivir armónicamente a películas como Ming of Harlem, Mouton o Branco sai, preto fica, con clásicos del noir de Hollywood, también en todo aquello que hace a la vida de un festival por fuera de las propias películas. Así, al mismo tiempo que cuenta con un eficiente staff de gente con un promedio de edad impúdicamente joven, ya logró instalar ciertos pequeños gestos como el locro inaugural o el premio anual al espectador más fiel. De todas esas tensiones entre las que el FICIC navega, su pequeño milagro es el de ir imponiendo de a poco una idea de cine exigente y sin complacencias con un espíritu que no tiene nada que envidiarle a un encuentro anual y relajado en las sierras con amigos.

Para el futuro queda entonces mantener lo conseguido (este año una medida inteligente fue que todas las películas de las tres competencias tuvieron dos proyecciones, algo que en los años anteriores no sucedía) y mejorar los puntos más débiles, particularmente lo referido a la infraestructura de las salas (agregar alguna o ampliar las existentes) y a la difusión en la propia ciudad, que en gran medida parece seguir con su ritmo habitual, un tanto ajeno al desarrollo del festival. Se sabe que para eso (en realidad, para la realización de cualquier evento cultural, del tamaño que fuere) es imprescindible algún tipo de aporte estatal. Que esa ayuda se incremente (o cualquier otro tipo de aporte) es lo menos que se merece un festival así de amable, de respetuoso por aquellos que lo frecuentan, que encuentra en su humildad un incentivo para encontrar soluciones inteligentes. No deja de ser paradójico que las mejoras tengan que venir de la mano del dinero, en un festival que tiene como amoroso estandarte y señal de identidad justamente todas esas cosas que el dinero no puede comprar.

Publicación: Mayo 2015
FICIC Damien Manivel