Coscoinómanos. Crónicas del FICIC 2015 (3)

Día 3. Una oveja, un tigre, un cocodrilo y el infierno cinéfilo

Todo vuelve a empezar, nuevamente, a media mañana, en las proyecciones de las 10. El que no es el mismo soy yo: había viajado a Cosquín jurándome y perjurándome que no iba a llevar el mismo ritmo del BAFICI o de Mar del Plata, y que no iba a dejar que las noches se extendieran más de lo aconsejable, pero no puedo cumplir mi propia promesa. En realidad, ser parte de un festival de cine cualquiera es darse cuenta que, a años luz del lugar romántico que aún hoy se le suele dar al arte en general, gran parte de lo que finalmente conocemos como cine ocurre por fuera de la película proyectada en la pantalla. O mejor dicho: que son esas reuniones, esos encuentros en lugares periféricos a la propia sala en donde se cocina gran parte del presente y el futuro de lo que ocurre y ocurrirá dentro de ella, en esas charlas en las que se encuentran todos los que de alguna manera son parte del asunto (con la música ocurre lo mismo, incluso más: suele pensarse en ella como en un mundo idílico de notas, acordes y pentagramas, cuando en realidad hay una cantidad de trabajo y de sacrificio detrás que queda casi siempre invisibilizado). En Cosquín el asunto se potencia porque las distancias son mínimas, y el encuentro constante con la gente, con los amigos, se vuelve prácticamente inevitable. Así las cosas, con una sola línea de batería en el cuerpo (y sin perspectivas de recuperar algo durante el resto de la jornada), el día empieza con la francesa Mouton. El comienzo no está nada mal, con un plano frontal que recuerda al famoso plano en profundidad de campo de Citizen Kane en el que el pequeño Charles juega con su trineo en la nieve, mientras los adultos deciden su futuro. Aquí, el Mouton del título (oveja en francés, sobrenombre del personaje) se distrae en el fondo mientras adelante vemos cómo una funcionaria de menores le anuncia a la madre alcohólica que va a perder la custodia de su hijo. A partir de allí, un retrato casi naturalista de la vida de Mouton en el pequeño pueblo costero de Bretaña en el que vive (una suerte de película de los Dardenne descafeinada si se quiere), con su rutina laboral y su despertar sexual incluidos, hasta que un corte (simbólico y literal) hace que el viraje a la segunda parte adopte un destino impredecible. No puede decirse que Mouton sea una mala película, pero sí, usando un término empleado por el amigo Iván Pinto, fallida: demasiadas pequeñas historias abiertas no la vuelven narrativa; la falta de convicción en el uso de su propia libertad no la terminan de convertir en una experiencia primordialmente sensorial. En todo caso, esa hibridez y ese riesgo mal resuelto le alcanzan, sin embargo, para abrirle el crédito a Marianne Pistonne y Giles Deroo, sus directores.

De allí al segundo programa de uno de mis focos favoritos, el de Planos y textos, que incluía mi más querida película del último BAFICI, Ming of Harlem. Soy un minguista convencido, y ya escribí en Marienbad sobre ella. Verla por segunda vez me permitió volver a apreciar toda la potencia cinematográfica de una historia que, desde sus coordenadas básicas (recordemos: la historia real de un hombre que convivía en un departamento de Harlem con un tigre y un cocodrilo) perfectamente tenía todo el potencial para volverse un folletín de la peor calaña. En cuanto a su inclusión en el foco, entiendo el criterio de programación, aunque sigo pensando que no es por allí por donde pasa el núcleo de la película: los textos de Nancy que dan cuenta de ciertos aspectos de la animalidad (si es que ese término existe) tienen sus altos y sus bajos, pero no creo que el film se hubiera resentido con su ausencia. En todo caso, es la propia materialidad de la voz femenina que los relata, su color y rugosidad lo que más se destaca en esos momentos- el uso de la banda sonora como una herramienta puramente sensorial antes que narrativa.

Para la última función de la noche me quedaba el que era, en los papeles, el plato fuerte del tour cinéfilo del día Al igual que en la edición anterior, Fernando Martín Peña programó un foco de películas en 35 mm. Si el año pasado fueron cineastas soviéticos post-stalinistas los que formaron parte del mismo, en esta ocasión, en una especie de compensación propia de la Guerra Fría (así al menos lo afirmó jocosamente el propio Peña) le tocó el turno a un grupo de clásicos norteamericanos del cine negro. Adiós muñeca, de Dick Richards, no pude verla (todos dicen que no hay mejor Marlowe que el que interpreta Robert Mitchum allí), y de Sed de Mal no hace falta decir demasiado aquí: nada voy a sumar a lo ya dicho sobre la genialidad y la libertad de Orson Welles. Es sobre la tercera y última de las películas programadas, Mientras la ciudad duerme, de John Huston (curioso título en español para el original The asfalt jungle) de lo que quiero hablar. En realidad, de la función en sí, porque de la película no estoy en condiciones de decir una palabra, y ya verán por qué. No soy un fundamentalista del celuloide, ni creo que todo lo registrado en digital no merezca llamarse cine. No compro ese tipo de nostalgia, o de inquina. Es más, creo que la pregunta sobre qué es el cine, o dónde está ahora, puede generar una respuesta tan lábil y ambigua que no encuentro demasiado sentido en plantearla. Pero eso no significa que, como muchos (supongo que como casi todos) no piense que no hay mejor manera de ver una película que en 35 mm. El grano de la imagen, su textura, su calor, sus imperfecciones, la garantía que da ese haz de luz que une imaginariamente el mundo real retratado y nuestro lugar de espectador me siguen resultando únicos. Con todo eso en mente, la función de la de Huston, que nunca había visto, parecía a priori un plan inmejorable. Empieza la película, y todo va realmente bien: hay gangsters muy caballerescos, contraluces expresionistas y una Marilyn Monroe a punto caramelo. Pero uno propone y el cuerpo dispone… El sueño empezó a aparecer más temprano que tarde (era la sexta película del día), primero de a poco y luego abruptamente, hasta que entré de lleno en el algodonado mundo de Morfeo. Para hacer el relato breve, digamos que la película terminó y a mí sólo me despertaron la música y los aplausos del final, y que intuyo que con semejante herejía me terminé de asegurar el infierno cinéfilo por la oportunidad perdida. La verdad es que me dio más rabia que pena toda la situación, porque los comentarios del público eran inmejorables, y es notable y palpable cómo la audiencia se predispone de otra manera cuando está frente tanto al cine clásico como a la posibilidad de ver películas en celuloide. Como si el viejo ritual de ir a una sala de cine y la experiencia comunitaria (eso que tantas veces queda dormido cuando sabemos que la proyección es en digital) allí renaciera. Por acción, encono u omisión, todos somos hijos de Hollywood.

Notas relacionadas:

 

Publicación: Mayo 2015
FICIC Phillip Warnell Fernando Martín Peña John Huston