Coscoinómanos. Crónicas del FICIC 2015 (2)

Día 2. Películas y días de radio

El día arrancó temprano con ¿La ciudad es una sola?, del brasileño Adirley Queirós, a quien el Festival le dedicó una retrospectiva integral de su aún pequeña obra (dos largos y tres cortometrajes hasta el momento). Y, al igual que el año pasado con las películas del filipino John Torres, su foco fue uno de los grandes aciertos de la programación. Queirós hace algo tan básico como generalmente olvidado en el cine actual: filmar un espacio (Ceilandia, el suburbio marginado y desértico de Brasilia, la capital del país vecino) y un tiempo (el hoy) concretos, y la forma en que los cuerpos interactúan entre sí y con la trama urbana y la arquitectura local en ese espacio fantasmal (doblemente fantasmal en realidad: algo así como la sombra descartada por el fracaso del sueño modernista de Brasilia), como si asumiera con convicción aquel viejo dicho según el cual para hablar del mundo sólo es necesario pintar (bien) la propia aldea. Fuimos varios los que salimos de ¿La ciudad es una sola? cantando el jingle pegadizo que resuena una y otra vez en la película, y admito que después de ver Branco sai, preto fica, su última película, en el Festival de Mar del Plata, no terminé de entender el consenso crítico favorable que logró en su momento. Vuelta a ver en Cosquín, y a la luz de sus films anteriores, parece sin embargo encarnar ese preciso punto en el que el sistema de un director se va refinando y potenciado hasta llegar a su máxima expresión, sin perder por eso frescura ni potencia.

Queirós parece haber encontrado su madurez rapidamente, pero no menos que Hermes Paralluelo, el director de No todo es vigilia, la justa ganadora de la categoría Largometraje (este año, y por primera vez, se decidió muy acertadamente eliminar la diferencia entre ficción y documental a la hora de establecer las categorías en competencia). En su segunda película, Paralluelo registra a sus abuelos Antonio y Felisa, ya sea en el hospital al que acuden para realizarse diversos estudios como en su propio hogar en algún pequeño pueblo español. El afuera de esos dos espacios prácticamente no existe, pero el antídoto contra la claustrofobia es, ni más ni menos, que el cariño entre ambos. Podría mencionarse la influencia del Alonso de Fantasma (en particular en esa primera mitad que transcurre en el hospital) y, sobre todo, la de Pedro Costa en esos encuadres preciosos pero nunca preciosistas, con una luz barroca que parece emanar de la propia pareja protagónica; o el tratamiento respetuoso y distanciado (a pesar de la familiaridad) de esa etapa vital en la que la vida, precisamente, parece apagarse poco a poco y de manera inexorable. Prefiero destacar a los propios abuelos en su silenciosa resistencia, en su divertido estoicismo (la película está plagada de momentos hilarantes), en su amoroso y esforzado transitar diario en común. No todo es vigilia es luminosa sin ser complaciente, una experiencia a la vez edificante y exigente, urdida a través de procedimientos cinematográficos rigurosos en la que el tiempo en su doble vertiente (como árida experiencia diaria enquistada en un anciano y como trayecto completo de vida) adquiere una importancia fundamental.

De la experiencia sensorial y sentimental de la película de Paralluelo al díptico formado por Guide Tour y Le beau dange, del alemán Rene Frölke, incluidos en el otro foco que a priori me resultaba interesante para seguir, denominado Planos y Textos, algo así como una posible manera de abordar la siempre problemática relación entre cine y literatura, o más específicamente, entre el cine y la palabra en general. En Guide Tour se muestra la visita de Horst Köhler, en ese momento Presidente de Alemania en funciones, a una especie de exposición tecnológica de avanzada. Las conversaciones giran en torno a la política educativa, a la necesidad de no perder de vista ciertos aspectos artesanales (analógicos, podría decirse) en la formación de un estudiante, sobre el mundo virtual, etc. Tengo que admitir que no sabía demasiado de este señor (apenas que, siendo Presidente, sus funciones son principalmente ceremoniales, a la manera de los monarcas europeos. En Alemania el poder lo tiene el canciller, y a la Merkel la conocemos todos). Parece que antes de Presidente de Alemania lo fue del FMI, y que tuvo que dejar su cargo por declaraciones poco afortunadas en relación a la presencia de militares alemanes en Afganistán. Sea como fuere, conocer ahora su prontuario poco feliz no me quitó esa sensación de envidia no muy sana que tuve al ver a un funcionario de ese nivel hablando de la forma en la que lo hacía con los científicos e intelectuales a los que se iba cruzando en su visita guiada. Todo tan prolijo, tan meditado, tan previsible, tan aburrido a su manera, tan a años luz de nuestros cimbronazos criollos que se repiten con una frecuencia demasiado acelerada. El programa se completaba con Le Beau dange, a la que podría definirse como un seguimiento a través de varios países (incluida la Argentina) del escritor rumano Norman Manea en sus actividades diarias. En realidad, solo una parte de la película es tal cosa, ya que si hay una apuesta es la de mostrar todas las relaciones y las combinaciones posibles entre la palabra, ya sea dicha o escrita (abundan los intertítulos con textos extraídos de libros del propio Manea) y la imagen. Frolke juega todo el tiempo a evadir un posible centro narrativo o formal para su film, girando una y otra vez sobre ese difícil maridaje entre ambas formas de intermediación con la realidad.

Por invitación de Fernando Pujato, esa tarde fui al programa de radio que conduce (especialmente abocado al FICIC) y que se emite por una FM local, sólo durante los tres días del Festival. La verdad es que no tenía demasiadas expectativas de mi participación, básicamente porque no tenía ninguna experiencia radial. Finalmente ocurrió lo inesperado: con el fanatismo del recién converso terminé yendo todos los días a charlar de cine con amigos y colegas como el propio Pujato, Geraldine Salles Kobilanski, Fernando Martín Peña, Jorge García, Iván Pinto, Martín Iparraguirre y otros (seguramente me olvido de alguno: la mesa en la confitería desde la que se emitía el programa terminó siendo finalmente una especie de romería). No había plan: sólo comentar y discutir placenteramente lo que había visto cada uno en el día. En definitiva, una charla como de las que tenemos todo el tiempo, solo que un poco más civilizada, más caballeresca, sin interrumpirnos mutuamente. Allí también estuvieron Micaela Ritacco (la protagonista de Tres D, de Rosendo Ruiz) y Sol Denker, que finalmente obtuvieron menciones en la categoría Cortos de Escuela por sus trabajos. Vi alrededor de la mitad de los cortos, ya sea en esa categoría o en la general, y no me resultaron demasiado atragantes, excepto en sus casos. Difícil pensar, en la superficie, dos formas de cine más distantes: del vértigo de imágenes y sonoro de Reina Sofía, el corto de Ritacco en el que un crescendo constante da cuenta de un viaje en auto de la Sofía del título, a la concisión de Una sinfonía húngara, de Denker, en el que apenas unos pocos planos fijos y frontales son suficientes para dar cuenta de la melancolía de toda una comunidad por su lejana tierra de origen. Sin embargo, en ambos late una pasión evidente: expandida y fulgurante en una, concentrada y pudorosa en la otra. A la mitad del Festival, la cosa estaba realmente bien. Y con ganas de empezar a hacer radio a la vuelta en Buenos Aires.

Publicación: Mayo 2015
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