Entrevista con el protagonista de La araña vampiro

Diálogo con Martín Piroyansky

Con la excusa de conversar con Martín Piroyansky sobre su actuación en La araña vampiro, segundo film de Gabriel Medina -que resultó obtener el premio a mejor película argentina en la selección internacional del 14°  BAFICI-, dialogamos extensamente sobre temas variados. Pero todos ellos tuvieron como consigna deliberar sobre una pasión, sobre una forma de percibir la vida y disfrutarla: el cine. Si bien este diálogo está lejos de ser un guión, podemos leerlo desde sus escenas de carácter risueño.

Por Geraldine Salles Kobilanski

Geraldine: Lo primero que me gustaría conversar con vos es sobre tu participación actoral en La araña vampiro, el segundo film de Gabriel Medina. Me gustaría saber cómo te sentiste realizando ese personaje, siendo que quizá es poco común para lo que haces vos, porque te centras más en lo humorístico.

Martín: La verdad es que, por cómo es la historia, me interesaba marcar unas líneas de cómo es el personaje… no es una película que necesite un personaje fuerte a nivel de composición, porque tiene una anécdota, una historia tan protagónica, que simplemente fue tirar unos trazos de cómo era este chico en acción. Me interesa pensar, sobre todo en los personajes de acción, que él es más conducido por la historia que por sus decisiones o su forma de ser. Su forma de ser se lee a partir de los problemas que tiene con la anécdota. El personaje toma solamente una decisión, que es alejarse del padre y dejarse guiar por Ruiz que lo va llevando. Entonces, fue una composición sutil en ese sentido.

Geraldine: ¿Considerás que la película a nivel narrativo tiene consistencia, o bien tiene algún momento débil? La película me parece que trabaja aspectos muy interesantes, pero hay ciertas cosas que no me convencieron, como por ejemplo la escena en la que están Jerónimo y Ruiz caminando hace una infinidad de tiempo y perdidos en un lugar hermoso, pero al mismo tiempo desesperante y desesperanzador, porque no encuentran las arañas; siento que hay una fractura en la narración.

Martín: ¿En qué momento?

Geraldine: Cerca de las escenas finales, donde Jerónimo ve al padre y quiere gritarle y Ruiz viene de atrás y le tapa la boca, luego pasan la noche en una especie de caverna. Y ahí fue cuando empecé a sentir una densidad. Y a partir de esa densidad extraña, empecé a volver a la realidad del espectador y me pregunté “¿qué hora es, cuándo termina?” Y no pude volver a la ficción.

Martín: La vi por primera vez en el BAFICI, vi las tres funciones. En la primera función, yo también estaba muy nervioso por verla con gente, porque siempre las veo antes. A mi me habían dicho que era medio larga, entonces fui medianamente preparado. Y resultó ser tan buena la experiencia en el rodaje —me la pasé caminando todos los días durante horas infinitas— que no me resultó larga. Después, en la segunda proyección, la vi más distanciadamente, ya como espectador, sin sorprenderme de todo, y ahí sí sentí que hubo algún  momento que podría haber durado menos.

Geraldine: Acortarse un poco.

Martín: Sí, qué se yo. También eso es algo muy personal del director, del montajista. Hay gente que ve una película y te dice “me pareció un bodrio de lo lenta que era”. No sé, siento que Medina quería contar eso. De hecho, hay una escena larguísima, en la que van subiendo Jerónimo y Ruiz —es todo plano secuencia—, y en un momento para Ruiz a orinar. La caminata dura como cincos minutos sin corte.

Geraldine: Yo entiendo que a veces la densidad temporal sea un recurso intencional, y que es fabuloso, pero el talón de Aquiles que puede llegar a tener es cuando no se logra deliberadamente. No digo que Gabriel Medina lo haya hecho bien o no, a mí me dio esa sensación.

Martín: Seguro, seguro. Igual es un tema con Medina, yo no tomé ninguna decisión al respecto.

Geraldine: ¿En cuanto al trabajo con las arañas?

Martín: Medina me fue preparando bastante, avisándome que no iban a ser en 3D, iban a ser de verdad. Y cuando llegó el momento del rodaje, llegó el chico con las arañas y se generó un silencio en el set. Cuando lo conocí, me preguntó si me daban miedo las arañas, yo le dije que sí, y él me contesto que también.

Geraldine: ¿Pero sos aracnofóbico?

Martín: No, soy cagón estándar (risas). Me da miedo todo lo que podría dar miedo, y las arañas están en esa lista. Pero bueno, el chico me había planteado eso, porque también es un vínculo que uno va preparando, uno va estrechando lazos con la araña, lo vas trabajando. La araña de por sí te tiene que dar miedo, porque la naturaleza hizo que diera miedo: es venenosa, es peluda…

Geraldine: Visualmente es espantosa. En el momento en que Jerónimo está acostado y aparece la araña a su lado, ¿es de verdad la araña?

Martín: Le caminan varias por el cuerpo.

Geraldine: Eso es a lo último. La primera vez que te pica, estaba al lado tuyo en serio.

Martín: Sí, sí, estaba al lado mío.

Geraldine: ¿Y ninguna te picó?

Martín: Es difícil que te piquen, tenés que molestarlas para eso y si te pican, te hacen una roncha, no te matan ni nada. Son más peligrosas las arañas más chicas que están acá en Buenos Aires en los departamentos, que las grandotas. Las grandotas te pueden hacer una picadura de mosquito, no pasa nada. Es más el animal: es pesado, es peludo.

Geraldine: El personaje de Jerónimo tiene una evolución. Al principio llega con el padre para alejarse del ruido urbano, también para intentar ayudar a Jerónimo con su trastorno de ansiedad. Incluso parece al principio, cuando le pica la araña a Jerónimo, que el padre pensara “este chico es insoportable”.

Martín: Eso es como el cuento del pastorcito. El chico tiene ataque de pánico, piensa constantemente que se va a morir, hasta que realmente se va a morir y sólo le creen en este pueblo. Ni siquiera el policía de la zona cree, solamente Ruiz y el anciano que lo cura. También la película cuenta sobre el mundo moderno contra un mundo más…

Geraldine: De creencia popular…

Martín: Claro. Entonces él ya tiene la fama que cree que va a morir y encima lo pica una araña mortal. La médica y el padre le dicen que va a estar todo bien, y él sabe que no es así, presiente y sabe que se va a morir.

Geraldine: Y a medida que transcurre la película, como decía antes, el personaje tiene una evolución porque, a pesar de que fuese paranoico, miedoso hasta el extremo, perseguido, entre otras cosas, tiene una fortaleza, que nace de no sé dónde, y que logra ir in crescendo durante la película. Volviendo a la debilidad narrativa al final, creo que se sostiene la estructura narrativa gracias al personaje de Jerónimo. Todos actuaron muy bien, no pasa porque hayas sido vos, porque tu personaje… bueno sí, en realidad puede ser que sea por vos. Creo que se sostiene la estructura al final gracias a la composición de tu personaje, a pesar de que pienses que se sostiene por la acción de la historia que por la composición de un personaje en sí. Jerónimo parece haber superado al final todos sus miedos, se nota que, cuando viajan en auto para volver a la ciudad, vuelve con una paz y una tranquilidad internas que no las tenía cuando llegó.

Martín: Seguro. Jerónimo hace un viaje de iniciación. Eso es lo interesante que plantea la película: para superar el miedo, tenés que ir a buscarlo. Aparece la araña, lo pica y, para sanarse, tiene que ir en busca de una. Como idea es excelente tener que ir a buscar el problema para no morirte. Es hermosa la idea. A nivel narrativo, yo confío mucho en el guión y en el director, porque es el director quien tiene que tener en mente toda la película. En cambio, creo que los actores tenemos que tener mucha menos información. Yo no tengo que tener toda la película en mente cuando estoy haciendo cada escena, no me sirve. En todo cado, me sirve saber de dónde vengo, no quiero ni me sirve saber hacia dónde voy. Es terrible cuando un director te dice “pensá que después de esta escena, tu personaje se entera que su mamá se está muriendo”. ¡No! No me ayudas, porque ya voy a hacer la escena como… (realiza unos gestos histriónicamente neuróticos. Risas.), anticipando una noticia funesta. Para mí, está bueno cuando el actor sabe lo suficiente para ese momento particular. Tampoco tengo que vivir cada escena como “Yo soy Jerónimo, un chico de ciudad, llegué y me picó la araña, blablabla”. Hay un momento en el que yo estoy caminando con el cuerpo semidormido y con un tipo que me da miedo que me viole en el medio del bosque; nada más, es eso lo único que tengo que saber, por el bien de la película. Está bueno estar parado donde tenés que estar parado, no adelantarte, no emitir prejuicios, no ser un narrador, porque uno es un elemento de la narración. El narrador es el director y él sabrá porqué está filmando esto de esta manera. No digo que yo no me preocupe por la narración, eso ya pasa por mi interés por la dirección y por mi gusto por las historias. Pero eso es algo que yo hablaba con Medina en el hotel todas las noches, después de filmar. O incluso acá, en el café Varela Varelita, nos juntábamos a hablar durante horas sobre qué estábamos contando: él sobre lo que quería contar, yo le daba mi opinión sobre lo que estaba haciendo. Hubo cosas que él me escuchó, otras cosas que decidió que no convenían. Y de eso se trata. Nos apasionábamos mucho, nos peleábamos bastante, pero al minuto siguiente nos estábamos dando un abrazo. Los dos estábamos muy apasionados por la historia. Entonces salen discusiones filosóficas sobre cómo contar algo. Y eso ya transcurre por fuera de mi trabajo como actor, tiene que ver con mi opinión sobre el cine y quizá le interesaba escucharme. Cuando se trata de actuar, me parece que es mejor estar menos informado de lo que se creería. A mí me gusta confiar en el director, porque es un juego. Es casi como jugar a ser padre e hijo. Y lo divertido de la secuencia es confiar en el director, sino confiás en él, se nota y se ve en la película.

Geraldine: ¿Te sentiste cómodo trabajando con tus compañeros?

Martín: Sí, con Sesán básicamente, que estamos juntos en toda la película. Yo lo conocía antes de trabajar con él en la película, porque él, además de ser actor, es utilero. Entonces ya habíamos hecho películas juntos. Nos llevamos muy bien y eso se ve. Cuando estos dos personajes se encuentran, cuando Ruiz empieza a tener esos ataques durante la noche en el cerro, nos tocamos las cabezas, nos queremos. Es un cariño que nos tenemos, que existe.

Geraldine: El personaje de Ruiz, si bien tiene una agresividad contenida al extremo, se nota que tiene un cariño por Jerónimo y de hecho lo quiere salvar.

Martín: A cambio de nada.

Geraldine: A cambio de nada, de salvarlo únicamente.

Martín: Me parece verosímil que en un pueblo ocurra esa situación: “Che, este pibe necesita ir hasta la montaña para buscar no sé qué cosa, porque se va a morir”, “bueno, yo lo llevo”. Como idea, me parece creíble. En un momento se habló sobre qué pasa si le regalara una ginebra, de alguna manera lo agasajara, pero no hacía falta. Ruiz le cree, lo lleva y lo ayuda.

Geraldine: Sí, además está en una situación límite, es decir, es eso o volverse a la ciudad y morirse.

Martín: Claro. Fue fundamental entendernos y a la vez, cada uno es muy parecido a su personaje de alguna manera. Yo, en el medio de la montaña, soy Jerónimo.

Geraldine: Creo que muchos seríamos Jerónimo (risas).

Martín: Me tropiezo, tengo problemas, me quiero volver, la paso mal. Y Ruiz no, él es así. Durante las escenas que no le tocaba filmar, se recorrió toda la Cumbrecita, se fue a todos lados. Era Ruiz. Y eso se ve en la película. Él me ayudaba de verdad, había lugares que subíamos, que no se notan en la película, que eran muy empinados, y él me ayudaba. Me explicaba cómo subir. Hubo un vínculo de compañeros, que es exactamente lo que sucede en la película.

Geraldine: ¿Estuvieron muchas horas durante la escena nocturna de la caverna?

Martín: Sí. Es difícil manejar a las arañas: que hagan el caminito, que se te suban, que se suban tres a la vez y bajen por ese lado, que yo tome una y me la lleve al ojo y mueva las patitas —porque si no las movía, parecía falsa—. Yo estaba entregado, yo también tomé esa decisión. Si hoy me pones una araña acá, me vuelvo loco (risas), pero en el momento del rodaje tenía un chip en la cabeza de “tengo que hacer eso”. La verdad, yo en la vida soy un cagón, pero cuando tengo que actuar, me concentro. Igual pataleaba, me quejaba, decía “dale, hagámoslo rápido”, pero lo hacía (risas). Por ejemplo, la escena en la que miro y está la araña sobre la almohada —era la primera vez que estábamos con la araña, era la primera semana de rodaje—, preguntaba “¿cómo lo van a hacer?”; ponen la cámara en una posición, “¿estás seguro? Fíjense cómo lo van a hacer, porque lo vamos a hacer una sola vez”. Y el director de fotografía decía “Nono, de acá queda mejor”, y yo respondía “no, chicos, dale, dale”. Porque encima, para que la araña levantara las patas, antes de la toma, la tocaban con un palito, la araña se molestaba, decían “acción” y yo miraba y la araña estaba así (gesto extremadamente gracioso. Risas). Fue toda una situación. Pero bueno, yo estaba mecanizado.

Geraldine: Entonces, cuando te levantaste de la cama estrepitosamente, fue real (risas).

Martín: Sí. Yo estaba mentalizado.

Geraldine: Pero eso habla también sobre tu compromiso respecto del personaje, para que fuese real.

Martín: Mi idea de trabajo es tener ese compromiso con cualquier pavada que haga, sea una escena con una araña peligrosa o una escena de comedia simple. La clave para mi es darle verdad a todo. Ahora estoy haciendo un programa de tele donde tengo que hablar con un loro, porque mi papá está reencarnado en ese loro. Y yo lo miro al loro y le hablo, y es mi papá. La clave del actor no es mentirle al espectador, sino mentirse a sí mismo. Yo me miento a mí mismo que me está pasando esto y lo creo. Por eso no puedo ver películas de terror, porque entro muy fácilmente en la ficción. Seguramente hay un poco de locura involucrada, porque me estoy mintiendo a mí mismo. Hay un lugar en mí que cree lo que está pasando, y eso es lo que le otorga verosimilitud a la cuestión.

Geraldine: En la última función de La araña vampiro, la gente se empezó a reír en la última escena, cuando a Jerónimo lo estaba por picar la araña.

Martín: ¿Si rieron ahí? ¿No se rieron después, cuando aparezco en el hospital?

Geraldine: También, pero la risa había arrancado antes. ¿Sentiste algo en particular porque se hayan reído en una situación dramática? Creo que también ocurrió, porque tu personaje de paranoico lo haces muy bien (risas).

Martín: Tiene algo cómico de por sí el personaje, y además tengo una cara que puede hacer reír fácilmente. De hecho, en las reuniones antes de filmar yo le decía a Medina “mi principal preocupación es no ser gracioso, fijate que yo no sea gracioso”. Y creo que lo logra en un 90 por ciento de la película.

Geraldine: Igualmente a mí no me resultó gracioso, me morí de asco.

Martín: Bueno, vos te moriste de asco. Hay gente que se ríe, también algunos quizás me vieron antes hacer personajes cómicos, entonces ya están esperando algo.

Geraldine: Creo que sí hay un condicionamiento previo…

Martín: Pero también hay mucha gente que por ahí no me vio nunca en ningún lado. Entonces, no sé qué pasa, si ellos se ríen o les da impresión o qué. Pero claro, no es la idea que sea gracioso. Sí tiene algo cómico de por sí es que es un pobre chico que la pasan todas estas cosas.

Geraldine: ¿Pero no lo interpretaste como una decepción?

Martín: No, porque después vi que tuvo buena repercusión. Me preocuparía si eso hubiese generado algo negativo, pero no, se reían, por momentos se impresionaban.

Geraldine: Te lo tendría que haber dicho al principio en realidad, pero te felicito por el premio que recibiste como mejor actor en la Selección Internacional del BAFICI. De verdad te lo mereces.

Martín: Gracias.

Geraldine: Quería consultarte, dentro del marco del festival, si viste algo que te interesara.

Martín: No vi ninguna película. Estuve sin tiempo y solamente fui a ver las funciones de La araña vampiro, que por suerte la proyectaron durante la noche, sino no podría haber ido.

Geraldine: De la productora GAZZ, estuvo el corto de Oliverio, la aceituna.

Martín: Sí, ese lo vi. Vi la película y el corto. Yo trabajo en esa productora.

Geraldine: Sí, sí. Vi que dirigiste el corto de La vaca cinéfila. Me encantó, yo admiro mucho a Liniers. Bueno, ese es otro tema que quería hablar con vos, sobre tu faceta como “incipiente” director. Hasta ahora, tenés tres films hechos: Semana Santa (2008), No me ama (2009) y el de La vaca cinéfila, que no sé de qué año es.

Martín: Eso es de ahora, igualmente no sé si cuenta…

Geraldine: ¿Sí, cómo no va a contar? Es buenísimo.

Martín: Ahora que me dijiste eso, pensé “wow, hace tres años que no hago un corto”.

Geraldine: Bueno, pero estuviste haciendo Abril en Nueva York.

Martín: Sí, Abril en Nueva York es un tema. Como no fui a la facultad, mi escuela es haciendo y experimentando. Y ocurrió que estaba en Nueva York como camarógrafo de un documental que dirigió un amigo, y me compré una cámara. Estaba una amiga mía que había actuado en un corto que nunca salió, que se llama Lady’s night, el cual fue en realidad un ejercicio. Estaba ella con su novio en Nueva York y se me ocurrió hacer una película sobre ellos. La fui escribiendo mientras la filmaba y ahora está en posproducción. No sé bien qué va a pasar con la película, si se va a estrenar o la haré circular en algún festival o si saldrá directamente en la tele. Pero es un experimento.

Geraldine: ¿Es un largo, no?

Martín: Sí, es un largo.

Geraldine: Recién empezás igualmente como director, pero tenés un gusto bastante heteróclito.

Martín: Wow, qué palabra.

Geraldine: Me quería lucir.

Martín: Artes Combinadas…

Geraldine: Lo que aprende uno en ámbitos académicos (risas). Me hiciste ruborizar. Tenés tres obras que son muy distintas entre sí, pero tienen una impronta personal. Es difícil hablar de la filmografía de un director cuando recién comienza, porque quizás sigue en una búsqueda estética que aún no encontró, que nunca la va a encontrar o sí. Había leído que te gustaba mucho trabajar con el humor, y me llamó la atención el hecho de que tu primer cortometraje fuese Semana Santa, que tiene un hilo dirigido al suspense.

Martín: Sí, fui como mi propio profesor de la facultad para obligarme a hacer algo. Como primer corto, tenía ganas de hacer algo muy narrativo y, en este caso, como me encanta Hitchcock, quería contar una historia con las leyes hitchcockianas. Fue un ejercicio de carácter formal, por eso nunca lo lancé. No sé cómo se enteraron los de I-Sat que existía el corto, y cuando me llamaron por No me ama, querían ver también Semana Santa. Les dije “no, no, todo bien, vean No me ama” (risas). Pero insistieron, se los pasé y me lo compraron. Ahora se me fue un poco el pudor, lo vi en la tele y pensé que estaba bien. Tiene sus problemas para mí, pero lo veo y me gusta. La verdad que fue muy buena experiencia hacerlo. De pronto, tenía un equipo, luces, grandes actores. Ella (Vanesa González) es una genia, actúa muy bien. Más allá del humor o el drama, para mí el desafío del cine es, a través de un medio técnico, generar una sensación. Es absurdo como idea, pero es gracioso. Uno propone: taza + tenedor + vasito con agua = te pones a llorar. Y te lo muestro con una música. Eso es lo que me llama mucho la atención del cine, que es técnico. Yo filmo este plano así, en un mes filmo un plano mío, y otro día filmo otra cosa. Y después lo pongo todo junto con una música de fondo y el espectador se pone a llorar. Es rarísimo que pase eso, pero pasa. Eso es lo que a mí me interesa encontrar en el cine: cómo los directores generan sensaciones. Eso es lo que observo, desde un tiempo a esta parte, del cine. Más allá de otras cosas que también me interesan.

Geraldine: Sí, creo que el cine tiene ese aspecto tangencial que no lo puede dar ni siquiera el teatro. Por ejemplo, el recurso del primer plano.

Martín: Sí, es muy extraño. Pero es un medio tan técnico, hay tanta técnica involucrada. La gente cuando viene a un rodaje, te pregunta “¿tanto tiempo para hacer una cosa que va a durar 10 segundos?”

Geraldine: Había leído que el último corto de Zaramella, Luminaris, que dura 3 minutos como mucho, le llevó dos años de realización. ¿Y cómo puede ser? Es que el trabajo tras cámaras es agobiante.

Martín: Sí, pero sobre todo, cómo una idea que pensás en tu casa, luego vas poniendo un plano después de otro y más tarde agregás tu texto, va a generar una sensación en el espectador. Es muy increíble.

Geraldine: Hablando sobre lo que queda como resultado en la película, me acuerdo cuando vi el corto de Semana Santa, la escena en la que el chico se queda sin batería, la chica se va al baño, mientras tanto se va creando una situación musical tensa, el chico toma la foto, que la misma ya parecía esconder algo medio perverso…

Martín: Tiene dos muertos en la terraza (risas)…

Geraldine: Que, oh casualidad, son los padres. Y uno, como espectador, dice “ah, la pelota, este niño fue. Es un fiambre” (risas).

Martín: Sí, sí, ya.

Geraldine: Y cuando terminó el corto, me pregunté “¿pero al final, qué pasó acá?” Generaste una tensión a partir del recurso musical que, hacia al final, uno reconoce el engañó en el que se vio envuelto. La intriga de predestinación no se cumplió y ocurre, porque hay una “domesticación” del espectador a partir del empleo de los géneros, de la industria hollywoodense, etc. Cuando estaba viendo el corto, pensé “ya está, algo terrible pasa”. ¡Y no pasa nada! Y uno se plantea (yo me planteé) “¡Pero que lo mate!”.

Martín: Ella claramente se da cuenta que él se dio cuenta de algo. Él sabe que hay algo turbio en esa foto —que probablemente sea el padre el que la sacó y no un novio como ella dijo—, y ella lo ve a él darse cuenta. Y a mí me encantaría que ella agarrara la tostadora, que le pegara en la cabeza y que él cayera y se golpearan, y que uno sacara un arma… pero no tenía los recursos para hacerlo. También, cuando lo estaba escribiendo, pensaba “¿qué pasa si entra un investigador…?” Me puedo ir por las ramas, pero yo tenía una locación —que me encantaba, en la que estaba viviendo una amiga que la tenía que entregar en dos semanas—, tenía esta idea, que se me había ocurrido hacía años, que es: conocés a alguien en un boliche, vas a su casa, por ahí tiene un cadáver, pero bueno, uno cree en lo aleatorio y está seguro y está todo bien, puede pasar. Esa era la única idea que tenía, más la locación y los actores, y la escribí alrededor de eso. Pero sí, me hubiera encantado que se fuera al diablo. Hice ese final…

Geraldine: Con la tostadora del padre (risas).

Martín: Con la tostadora que él le arregla. En la tostadora había algo raro… Todo el tiempo buscaba generar como cositas: él arregla la tostadora y ella se enoja, la foto…

Geraldine: La chomba…

Martín: La chomba del padre. Eso era lo que me interesaba del corto: generar esa atmósfera. Cuando la gente lo ve, algunos me dicen “che, qué miedo, “wow”, no lo puedo creer” (en realidad, Martín aquí lleva a cabo una plasticidad fonética de carácter grotesco). Y yo lo que veo es cómo filmé cada plano, cómo lo monté, veo toda la cuestión técnica, entonces me quedo medio afuera. Me encanta la música, está buenísimo, pero no puedo dejar de ver el recurso todo el tiempo, el artificio.

Geraldine: Hay algo que me generó una molestia, una sensación extraña. En una escena, el chico atiende el teléfono y es el comisario informando que los padres de la chica siguen desaparecidos; y después ella, al enterarse del llamado, se pone a llorar. Y más tarde, en otra escena, cuando se genera la tensión con la foto –que hay algo tácito, porque los dos saben que pasa algo raro, pero no saben con precisión qué-, ella le dice “mejor ándate, porque están por llegar mis viejos” y él acepta. Cuando él sale de la casa, bajan dos adultos de un auto y pareciera que fueran a entrar a la casa de la chica, pero no, entran en la casa de al lado. Uno podría entender que el chico se queda con la idea de que los padres volvieron, pero él había atendido el llamado del comisario. Era raro.

Martín: Sí, es como la vuelta de la vuelta de la vuelta, es raro el final. A mí lo que me interesaba de esa secuencia es que ella dice “ándate que van a venir mis viejos”, todos –espectadores, ella, él- sabemos que los padres están desaparecidos, y él le dice “dale” como “ok, vamos a jugar a que llegan tus viejos”, y se va. Hasta ahí estamos todos de acuerdo que él se está yendo porque se dio cuenta, ella también, le está salvando la vida, de alguna manera, y lo deja ir. Pero él se va, llega un auto y él dice “ah, están volviendo los padres” y se va. Él sabrá qué pasó o no o quizá va a un teléfono público y llama a la policía. Pero después vos, como espectador, te enterás que no, que justo entraron al lado, y eso es como un remate. Lo que sí quiero que se entienda es que no entraron a la casa de la chica, porque varios pensaban que entraron en la casa.

Geraldine: No, no, no, se nota que no entran en la casa. E incluso es interesante que sea un cortometraje, porque en general se lo menosprecia frente al largo. Justamente, una de las cosas más difíciles del cine es hacer un cortometraje, ya sea por su condensación narrativa, estructural, formal, temporal, espacial, que pocos lo saben lograr. Y por eso hay tantos largometrajes que son boñiga y me planteo “si hubieses recortado 30 minutos, la película quedaba espléndida”.

Martín: Hay muchos directores que se pierden en su material. Para mí es fundamental que un director no monte su propia película, como regla número uno.

Geraldine: ¿Vos montaste tu corto No me ama?

Martín: No, tengo siempre un montajista. Yo estoy al lado suyo en todo momento. Si él me dice “esto no sirve” y lo justifica, a pesar de saber que me había llevado un día y medio hacer esos planos, lo acepto. Es como un trato que tengo con él: él tira a la basura lo que quiera y  yo no me quejo. Podemos discutir igual. El humor en el cine empieza en el guión, pasa luego al set, debiendo ser filmado y montado de una manera específica. No podés montar un chiste de muchas formas distintas, sí otro tipo de escenas –una discusión, una charla-, pero el chiste requiere de determinadas reglas: lente, una forma de montarlo, determinada actuación, etc. Pero yo siempre tengo un montajista que decide todo y corta, saca y tira a la basura.

Geraldine: ¿Siempre es el mismo montajista?

Martín: Sí, trato de que sea siempre el mismo. Ahora se fue a Cuba a estudiar tres años y lo quiero matar.

Geraldine: Te vas a filmar tu próximo corto a Cuba.

Martín: Sí, él quiere que me vaya a allá. Es necesaria esa persona y él no tiene ningún tipo de cariño con el material.

Geraldine: Es objetivo.

Martín: Yo no puedo disociarme del material. No me ama fue, en todas sus etapas, muy experimental. Desde que lo escribí hasta que lo filmé, me fui a Uruguay sin saber previamente ningún plano. Y ahí lo fui armando y encontrando, hasta que volví y le mostré al montajista todo el material, que era el doble del corto final. Filmé mucho más de lo que se ve. El montajista eliminó un montón de cosas y empezamos a armarlo juntos, porque es muy críptico. Si a un montajista le dan todo los planos y el guión del corto, no lo podría editar solo. Él fue fundamental en esta etapa.

Geraldine: Ahora que hablamos de No me ama, te quería hacer algunas preguntas. ¿Por qué el amor? Yo sé que es común preguntártelo, pero lo quería hacer igualmente.

Martín: Porque es sobre lo que más me interesa hablar, es lo que me más me pega en la vida, con lo que más sufro, en lo que más pienso, lo que más anhelo, lo que más todo. En las cosas que escribo, por lo general soy bastante autorreferencial, porque pienso cosas muy cercanas a mi mundo. Lo cual a veces es un problema, porque uno puede plantearme “¿por qué pensás que tu vida es interesante?”. Como a veces vienen algunos y te proponen una historia, pero en realidad están hablando sobre su vida, sobre sí mismos. Está buenísimo, te pasa a vos, ¿pero por qué me va a interesar? El tema es: ¿cómo lo contás para que sea interesante para todos? Y a mí el amor es lo que más me interesa contar.

Geraldine: Pero igualmente lo contás desde un lugar cínico, satírico o melodramático incluso. En el corto, el chico está volviéndose paranoico constantemente.

Martín: Sí, eso también ocurre por la característica del cine, que es ser la hipérbole de los objetos.

Geraldine: Ay, qué palabra… (risas)

Martín: Muy retórica. Ahí me parece que es donde se vuelve interesante y que deja de ser la vida cotidiana: es un chico neurotizado con su novia, entonces que sea el más neurótico del mundo, y que estén haciendo un viaje hermoso, viendo una playa más linda que la otra, mientras ella lo disfruta al máximo. Porque si los dos estuvieran en un colectivo sin hablarse, viajando por lugares sórdidos, parecidos a los pensamientos del chico, perdería el efecto. La gracia es que las vacaciones estén buenísimas, pero él se las está perdiendo. Porque el paisaje es hermoso y ella lo está disfrutando.

Geraldine: A mí me encantó tu corto. De hecho, me parece que tu estética, o al menos la iniciación de tu estética, se asemeja bastante a la de Woody Allen. Es solamente una percepción mía, subjetiva como la de cualquier otra persona. La idea del típico neurótico. En cualquier momento, podés hacer un personaje, el cual tiene un poco de tos, va al médico para hacer un chequeo, le hacen una radiografía de torax, piensa que se va a morir, entonces todo comienza a teñirse a partir de una percepción efímera sobre la vida. Y cuando le entregan los resultados, no era nada grave.

Martín: Ahí Tenés un ejemplo bueno. Woody Allen usa esa idea, pero él no tiene tos en Hannah y sus hermanas. En el consultorio médico, le informan que él tiene un tumor, se vuelve real. No creo que haya tenido un temor cuando filmó la película.

Geraldine: De hecho, es un miedo real. Es hipocondríaco, realmente.

Martín: Pero él lo lleva al extremo: el personaje no tiene una tosecita, tiene un tumor. Y cuando sale del hospital, está completamente deprimido, diciendo “tengo un tumor, me voy a morir”. O, en otra película —justamente el otro día me acordaba—, W. Allen se quiere suicidar. Y se compra un rifle, se lo apunta y suda tanto, que se le resbala y pega un tiro contra el techo (risas). Y él ahí entiende que la vida, blablablá. Pero él lleva al extremo las cosas…

Geraldine: Con humor.

Martín: A ver, Medianoche en Paris, para referirnos a la última película que se estrenó acá. El personaje es un romántico que ama tanto la idea de París de los años ’20, que pasa un auto por una esquina a la medianoche y viaja a París de los años ’20. Es tan inteligente W. Allen que, Gil se enamora de Adriana, quien ama Paris durante la Belle Époque, mientras que Gaguin ama Paris durante el Renacimiento. Todo quieren viajar hacia atrás. Y lo logran, porque ella después termina viajando con él a aquella época y él, estando ahí con ella, entiende que él estaba bien en su época. Que nadie valora su época.

Geraldine: Es el inconformismo típico de cualquier época.

Martín: Exacto. Pero lo que quiero decir es que Allen extrema todo, sin miedo. Y la idea es completamente cinematográfica. Tiene ideas muy cinematográficas. Una mujer está tan enamorada de una película, que el personaje masculino sale de la pantalla y tiene un romance. Es extremar todo.

Geraldine: Y él no puede pagar el café, porque su plata no sirve (risas).

Martín: Claro. Eso es lo interesante para mí de Woody Allen.

Geraldine: ¿Y vos sentías una cercanía a la propuesta estética de Allen?

Martín: A mí me encanta, como así también otros tantos directores, de los cuales intento tomar lo mejor.

Geraldine: Pero está esa idea del monólogo interno, de la voz en off, de los primeros planos y del rostro paranoico que anuncia catástrofes, y que, tras reconocer la locura que se va narrando en la historia, es puramente una ficción dentro de la ficción del personaje, mientras que la realidad no era tan terrible como parecía serlo.

Martín: En realidad, me identifico mucho con los personajes de Woody Allen, como con sus alter egos o con él mismo, como típico judío neurótico e hipocondríaco. Pero así soy yo en la vida. Entonces, cuando escribo, me baso en eso y, cuando veo una película de W. Allen, probablemente haya un personaje que sea así, y sí, encuentro el parecido. Pero es una identificación real.

Geraldine: Hay un libro suyo que se llama Cuento sin Plumas. Te quería leer algo, porque pensé “esto tranquilamente lo podría haber pensado Piroyansky”. Justamente habla y se llama “Sobre el amor”. Te voy a leer tres o cuatro oraciones. Escribe: “Por amor, naturalmente, entiendo el amor romántico…, el amor entre el hombre y la mujer, antes que el que existe entre madre e hijo, o entre un niño y su perro, o entre dos jefes de personal. (…) Para ser un amante realmente bueno, por la tanto, uno tiene que ser fuerte y, sin embargo, suave. ¿Fuerte hasta qué punto? Supongo con que ser capaz de levantar veinte kilos basta. Téngase presente también que para el amante la amada es siempre el más bello objeto imaginable, si bien para un extraño resultará indistinguible de cualquier variedad de salmónidos. La belleza está en el ojo del observador. En el caso de que el observador sea corto de vista, deberá preguntar a la persona más cercana qué chicas son bien parecidas. (De hecho, las más lindas resultan casi siempre las más aburridas, y ése es el porqué de que ciertas personas no crean en Dios.) Las alegrías del amor sólo un instante duran, cantó el trovador, pero las penas del amor siempre perduran.

Martín: Está bueno.

Geraldine: Me hizo recordar a No me ama. Algo que me gustó mucho del corto, es que hay dos momentos musicalizados: uno es cuando él decide interiormente acabar con la relación, porque él está convencido que ella no lo ama —ya que nunca se lo dijo—; y el otro es cuando se ven muy contentos juntos, no hay voces ni narraciones…

Martín: ¿El clip cuando se está llegando al final? Es en el que viajan y no hay voz en off.

Geraldine: Claro. Y después vuelve la voz en off cuando amanecen juntos, y en un primer plano, él la acaricia, diciendo “chau, mi amor”…

Martín: No, eso es anterior a ese clip. Él está bastante neurótico, se despierta, se despide de ella estando a su lado en la cama, y de pronto empieza a recordar las cosas lindas que ella tiene; comienza ese clip del amor entre ambos, terminando luego en la cama. Y al día siguiente van en la motito y se plantea “bueno, la tengo que dejar hoy”.

Geraldine: Me perdí entonces.

Martín: O sea, es anterior el momento de la despedida al clip sin voz en off.

Geraldine: Me gusta la idea que los personajes prácticamente no hablen, salvo él. Ella habla dos veces, cuando le dice “gracias por el regalo” y “te amo”. Y eso es justamente porque todas las escenas que aparecen, hasta en un punto irrisorias, son todas invenciones suyas. Por ejemplo, cuando él piensa que ella lo va a reunir en un café para confesarle que no le gustaba más, en cambio es la voz del chico la que pronuncia esas palabras —“no me gustas mas”—. O cuando él piensa que ella nunca le dijo “te amo”, es nuevamente su voz. Es interesante que los personajes no tengan una identificación sonora, auditiva con esa situación.

Martín: Justamente en el momento del clip del amor, me acuerdo de una parte del guión que decía algo así como “días que pasan juntos”. Y mientras estábamos filmando el corto, días antes, entendí que en ese momento había que hacer un clip de amor, es decir, contar con imágenes que ellos la están pasando muy bien, mientras que él comienza a arrepentirse. Porque hasta ese momento, uno ve que él la mira con distancia, nunca con amor. En cambio ahí, por cómo viene el corto, está bueno que haya un paréntesis, y contar realmente con imágenes lo bello del vínculo, y que luego derive en el remate. Esos momentos representan para mí la dificultad del cine, el corto no podría existir sin esa parte. Yo podría editar un poco más el corto para que quedara más corto aún, pero no ese fragmento, en el que no se dicen nada verbalmente, solamente se ve que disfrutan de estar juntos, se quieren y se sacan fotos, se dan besos, etc. Ahí está el punto que me interesa del corto. Cuando terminé esa escena y la veía, yo lloraba. Si iba a la casa de alguien y lo veíamos, yo me ponía a llorar con la escena del clip.

Geraldine: ¿Y seguís llorando cuando la ves?

Martín: Ahora ya no, lo vi 500 veces. Pero si lo veo un día que estoy un poco sensibilizado, voy a llorar si la veo, porque a mí me toca personalmente esa escena. Y creo que uno, al ser el primer espectador de su propia obra, ahí está la clave. Si funciona con uno mismo, hay grandes posibilidades que funcione con el resto. No sé cómo ilustrar esto, pero a mí me interesan esos momentos. Ahí es donde aparecen los directores. Cuando veo una película de Scorsese o de otro gigante, es porque él te está contando la historia, y a la vez está generando sensaciones, emociones. Cuando veo Kill Bill de Tarantino, digo “¡wow, qué hijo de puta!”, Kiddo mata a siete personas, mata a Bill y termina en un baño llorando en el suelo. Yo quiero ver ese lado de la heroína, que tiene problemas, no la heroína inmaculada. Eso es lo que hace Tarantino, te muestra el lado b.

Geraldine: ¿qué vínculos tenés con el cine? Al margen de tu profesión. ¿Cómo te conectás con el cine?

Martín: Yo soy muy cinéfilo desde chico. Iba al cine todas las semanas con mi papá. Vivo pensando qué, de lo que estoy viviendo, es material o no para un film. Es casi como una obsesión. Como cualquier apasionado de cualquier profesión. Vivo pensando cómo contar una sensación; si voy en el colectivo deprimido, me pregunto “¿cómo se contaría esto?”.

Geraldine: Me acuerdo una vez que estaba cruzando la esquina para llegar a mi casa y, frente a ella, había una reunión de viejos. Cuando los vi, me angustié, porque los sentía grises. De repente, volví a mirar, pero con un ojo cinematográfico, y me pregunté qué pasaría si ésta fuera la escena de un film. Y los terminé mirando con cariño. Creo que hay un registro que se instala en uno, siendo cinéfilo, que va perdiendo un discernimiento entre lo real –y nos podríamos preguntar qué es lo real- y lo ficcional. Creo que el cine genera un encantamiento por la vida, que uno después lo quiere plasmar en una historia.

Martín: Yo vivo anotando cosas y la mayoría son cosas que después las leo y no me sirven, no me interesan. Pocas de esas cosas se sostienen en el tiempo y las puedo considerar que son buenas ideas. Las que sobreviven al tiempo, hay que defenderlas. Cuando ya tengo una idea hace años y la sigo considerando buena, tengo que salir a filmarla, de alguna manera.

Geraldine: Me gustaría preguntarte sobre tu trabajo actoral, que en general es muy divertido por cierto. Vos trabajaste dos veces con Lucía Puenzo, en XXY (2007) y en el corto Más adelante (2010). En lo personal, XXY me gustó muchísimo, sobre todo por la forma en que pone en escena un tema tan controversial como lo es la identidad sexual. Pero no por el hecho de decir “soy hermafrodita y tengo que decidir el sexo”, sino por plantear el interrogante de “¿Por qué tengo que elegir el sexo, si yo nací así?” Y a nivel social/nacional, no es un tema que aún se haya trabajado tanto, desde este punto de vista. Porque se supone que, si es un hombre y se siente mujer, puede operarse y ser mujer finalmente, más allá de la espantosa carga social con la que tenga que convivir. Además, tu personaje no se lo plantea como si fuera algo negativo o necesario de una definición. Trabaja la idea y los personajes desde la periferia. Quería saber, después de este prólogo confuso, por un lado, cómo te sentiste trabajando en XXY con Inés Efrón y, por otro lado, qué significó para vos participar en Más adelante, siendo una producción cultural ubicada dentro del marco del Bicentenario, y qué tipo de mensaje entendiste que estaban intentando transmitir.

Martín: En cuanto a XXY, hubo algo interesante. Después del estreno, Lucía nos presentó a un chico intersexual, que era muy divertido, y nos fuimos a comer Lucía, Inés él y yo. Digo él porque se llama Mauro, creo que antes tenía nombre de mujer y ahora decidió llamarse Mauro. Nos contaba que está mal dicho decir “hermafrodita”, en cambio se dice intersexual, porque ser hermafrodita implica tener los dos sexos desarrollados y es algo que no existe.

Geraldine: Lo mismo que el travesti. En realidad es “la” travesti.

Martín: Es verdad. Mauro nos contaba que, cuando los padres deciden por un sexo sobre otro, los chicos cuando crecen se enojan con sus padres por haber decidido por ellos. Cuando los padres prefieren no decidir y que el niño crezca con sus dos sexos, los chicos cuando crecen se enojan con ellos por no haber decidido por ellos. Es decir, los padres siempre van a estar equivocados. Igualmente esa situación ilustra lo que nos pasa a todos con nuestros padres, siempre van a hacer mal las cosas.

Geraldine: Siempre van a tener la culpa de algo (risas).

Martín: Siempre tienen la culpa. Nunca vas a crecer y pensar “la verdad, qué genios mis padres, tomaron bien todas las decisiones”. No, uno a veces está enojado con sus padres y es parte de la vida. Eso me parece interesante para pensar la película, que arma este interrogante y que es polémico en la vida real. ¿Me querías preguntar sobre mi participación en la película?

Geraldine: Sí, saber cómo te sentiste haciendo el personaje de Álvaro y si te costó mucho realizarlo.

Martín: La verdad que no fue fácil. Nada igual me parece fácil, siempre voy a decir “fue un desafío, la verdad que fue difícil”. Parezco un jugador de fútbol.

Geraldine: “Jugamos bien, hubo equipo” (con tono grave).

Martín: Fue complicado, duro, tampoco tenía que ver con el humor. Lo cual también era otro desafío más. Era más chico.

Geraldine: ¿Cuántos años tenías?

Martín: Veinte. Yo para trabajar, me pongo la camiseta. Sino me deprimo. No sé hacer las cosas de inmediato, porque literalmente me angustio. Si voy a un trabajo que no me gusta, y hago las cosas rápidamente para irme a mi casa, me deprimo y quiero que termine. Y me pasó mil veces. De todas formas, siempre trato de poner energía y preocuparme que esté todo bien. Y eso a veces puede ser un problema para el director. No es que yo quiera salvarme, al contrario, yo quiero que estén todos bien que, por ejemplo, el extra que está caminando por allá, le diría “che, estás caminando sin ganas. Caminá, estás llegando tarde” (risas). Desde mi lugar, trato de que se arme una estructura armónica. Me interesa mucho lo técnico, entonces trato de ayudar al sonidista en lo que pueda. Cualquier detalle es importante para el todo. Cuando me junto meses antes para hacer una película, le pregunto todo al director: le pregunto quién produce, quién va a hacer tal personaje. Y si todavía no lo sabe, empiezo a hacer llamadas y buscar personas para ayudar a que se arme lo mejor posible la película. En Mi primera boda, yo me junté con Axel Kuschevatzky por un proyecto mío, y surgió hablar de la película y los contacté. Participó Telefe y a partir de ahí, se hizo la película. Me preocupa mucho el todo, porque yo también soy parte del todo.

Geraldine: Es cierto, porque más allá de que tu actuación sea brillante, si la película no vale ni $2…

Martín: Quedo mal yo. No es que van a decir “la película es horrible, pero el chico actúa bien”. Por eso trato de que todo funcione lo mejor posible. Y con respecto a Más adelante, fue una participación, estuvo bien, me divertí haciéndolo. Me gustó el resultado del corto, además me interesó también la idea de recuperar una época pasada y un personaje importante como Méliès. Mi participación era muy reducida, pero me divertí.

Geraldine: Deberías sentirte muy orgulloso por haber interpretado la luna de Méliès. ¿Viste Hugo de Scorsese, te gustó?

Martín: No.

Geraldine: ¿No? No me digas eso, por favor. Lloré todo lo que pude.

Martín: En el momento sí, me gustó la parte de Méliès, me volvió loco. Se llama La invención de Hugo, pero no inventa nada. Primero la historia trata sobre Hugo, después se centra en Méliès…

Geraldine: Igualmente el título original es Hugo.

Martín: Es decir, trata de un chico huérfano que vive en una estación de tren, que tiene un acertijo viviente —autómata—, lo arregla y luego el acertijo lo lleva a descubrir que Méliès es el vendedor de juguetes; logra de alguna manera redimirlo o salvarlo a Méliès del olvido. En un momento, la película trata sobre Méliès y deja a un lado la historia del nene. Lo redescubren, festejan todos juntos viendo los cortos que había hecho y termina con un plano del autómata… Es como un capítulo de una serie.

Geraldine: Entiendo a lo que vas. Pero la historia es verídica, y creo que en realidad lo que hace Scorsese es recuperar los orígenes del cine, como magia y artificio, resignificándolo en una época con tantos avances tecnológicos.

Martín: Me hubiera gustado que la película tratara sobre Méliès y punto.  

Geraldine: De todas maneras, fue una formada distinta para acercarse a su historia. En realidad la historia ocurre cuando Méliès ya no está realizando películas…

Martín: Pero trata sobre un nene, de pronto hace un giro y cambia el eje. No se trata de un niño que, salvando a Méliès, le ocurre algo. Lo salva, y lo adoptan y final feliz. ¿Pero el nene? Yo estaba viendo una película sobre un nene, de pronto empezó a tratar sobre Méliès –me encantó el flashback, toda esa parte es fantástica-, y termina. O que trate sobre Méliès desde un principio, y aparezca un nene con una participación secundaria…

Geraldine: Pero… no lo acepto (risas).

Martín: Te encantó. Es que mucha gente la amó. Y yo fui a amarla, yo estaba decidido a ser un apasionado.

Geraldine: Yo te quiero convencer. Vos pensá que en realidad… (risas).

Martín: Le daba plata: “decí que te gustó” (risas).

Geraldine: Méliès cuando anciano, no lo reconoce nadie, tuvo que vender todas sus cosas porque no le alcanzaba el dinero. Y terminó vendiendo juguetes en la estación del tres. De alguna manera, fue recuperar la figura de Méliès, la importancia que tenía en su época y la importancia que tiene actualmente en el cine. Él es el origen de la magia.

Martín: Vos estás hablando sobre la función de la película en el mundo. Yo hablo de la película como película, si funciona o no en sí misma (risas). Me encantó ver eso, es muy positivo, me interesó conocer la historia. Pero la película en tanto película tiene que cumplir con lo que plantea: empieza con un nene y no termina con él. Sobre todo porque pretende ser clásica.

Geraldine: Está bien, lo respeto (risas).

Martín: Cuando salí del cine, estaba exultante, pero inmediatamente después me puse a reflexionar cuando termina con el autómata. La historia sola de Méliès, me encanta. No te ofendas. Ahora se levantaba y se iba.

Geraldine: ¿Sabés qué? Se terminó acá (risas). Lo voy a superar. Hay una frase referida al cine, del director palestino Elia Suleiman que me gusta mucho, y es la siguiente: “el humor es resistencia”. Es una definición interesante, porque, a partir del humor, se ironiza sobre una situación ridícula, en el caso de No me ama, de estar paranoico o sentirse inseguro. Y que, sin ese ingrediente del humor, con un grado de cinismo, no se podría hablar de ciertas cosas. Hablo del amor por el caso particular de tu corto, pero hay un montón de situaciones que son muy complejas de plantear si no contaran con el humor.

Martín: Sí. Está subestimado el humor, es una pena. Para mí, es lo más lindo que hay.

Geraldine: Por ejemplo, hablar sobre la muerte. ¿Por qué la muerte siempre tiene que estar sugerida desde un lugar formal, siniestro? No, hay que distenderse un poco y matarse de risa sobre la muerte, porque todos nos vamos a morir eventualmente.

Martín: Es una pena que el humor esté siempre del lado b. A mí me encanta el humor. Mi familia siempre fue muy chistosa. Siempre se me ocurren ideas relacionadas con el humor, es el lugar donde más cómodo me siento.

Geraldine: La última pregunta: ¿Como director, estás produciendo algo nuevo?

Martín: Estoy escribiendo algunas ideas, pero está muy caótico todo aún. Estoy con la idea de escribir un largo, todavía no tiene una estructura. También estoy escribiendo cortos. El tema es que cada vez me resulta más complicado filmar cortos, porque cada vez necesito más presupuesto para financiar las ideas. Es más fácil conseguir un productor para un largo que para un corto, porque el corto es muy poco probable que te devuelva plata. Entonces, si filmo un largo, tengo con quien contactarme. Si quiero hacer un corto, no.

Geraldine: Bueno, acá terminamos. Muchas gracias.

Martín: De nada, de nada.

 

Encuentro realizado el día 29 de abril de 2012 en Buenos Aires, Argentina

Cortometraje No me ama (2009), de Martin Piroyansky

Fotografía: Victoria Baraga

Publicación: Junio de 2012