Rescate de un texto de Leopoldo Torre Nilsson

No tengo ganas de que pase el tiempo

No tengo ganas de que pase el tiempo, por Leopoldo Torre Nilsson

Leopoldo Torre Nilsson fue la figura fundacional de la modernidad cinematográfica argentina. Autor de obras esenciales como "La Casa del Ángel", "La Caída" o "Graciela", fue un lúcido intelectual que nunca dejó de reflexionar críticamente sobre el rol del artista en la sociedad, lo cual lo llevó a tener que sufrir el hostigamiento y la censura, sobre todo del tercer peronismo y de la dictadura militar. En esta nueva entrega de Documentos Marienbad rescatamos un texto suyo de 1971, cuando se aprestaba a realizar "La Mafia", en el que reflexiona sobre la realización cinematográfica en momentos en que su libertad creativa comenzaba a estar condicionada, virando hacia rumbos más industriales.

Una de las cosas que más difíciles me resultan en los últimos tiempos es definir lo que estoy haciendo. Si me preguntaran qué es lo totalmente auténtico o lo totalmente inauténtico, también tendría problemas para decirlo, así como me es costoso definir la pureza. En cambio, creo discernir fácilmente la falta de autenticidad, o la falta de pureza, o las malas intenciones. Y así como no estoy en la línea de la inautentiddad, de la impureza o de las malas intenciones, también puedo decir que no estoy en una línea en la que sea ciento por ciento yo mismo. Hay una serie de cosas que se confabulan: mi oficio, mi profesionalidad, mi respeto por el cine, mi deseo de continuar trabajando, mi necesidad de éxito, mi necesidad de que lo que hago no sea monólogo sino coloquio con el público, de ser consciente de las grandes restricciones industriales que tenemos en estos momentos, que nos obligan a hacer películas que tengan un destino como espectáculo. Yo, durante muchos años de mi vida, he renegado del cine-espectáculo, diciendo que quería hacer un cine-expresión. Así puedo decir igualmente que hoy, hacer un cine-expresión es un lujo que no me puedo permitir.

Pero siento, también, que no estoy prostituido, que estoy respetando mi concepto, mi ofido y el cine al tratar de hacer una labor lo más auténtica y lo más creadora posible, dentro de esas supuestas restricciones. Es posible que de pronto, dentro de ciertos límites, hagamos así una obra que a la postre resulte más valiosa que cuando creemos que trabajamos sin ningún tipo de restricción. Quizá dentro de la absoluta falta de restricción caigamos en la anarquía, caigamos en el delirio íntimo o en una serie de otras limitaciones que hacen a la propia incontrolada libertad. De cualquier manera, a mí me divertiría caer, de vez en cuando, en la propia e incontrolada libertad.

Estoy haciendo igualmente un trabajo gozoso con esta obra, que es un poco un film de pistoleros y que es también un film de acción, y que tiene asimismo un sustrato social, cosa que me fascina, porque los personajes tienen matices, porque sus situaciones son ricas, porque estamos trabajando con una documentación que es muy curiosa y que me depara elementos que hacen a una realidad del país que fue. Creo importante dejar un testimonio sobre esas realidades.

Ancestros. Me divierte mucho hacerlo. Lo abordo con una suerte de presunta solvencia. Siento como que estoy manejando muchos hilos y que puedo hacerlo con fluidez. Ya en los comienzos de mi carrera, especialmente después de El Crimen de Oribe, estuve varias veces a punto de hacer cosas policiales. Trabajé en un libro que luego no se concretó como film, con Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, El paraíso de los inocentes. Era una película policial en estado puro digamos, es decir, sin ninguna implicación ni de tipo social ni de tipo realista, sino que era el relato por el relato mismo. Acá, en cambio, no hay esa pureza del relato, porque existen implicancias de tipo social y porque es cine realista. Pero al mismo tiempo me divierte mucho filmarlo como oficio, porque pienso que voy a lograr un montón de cosas desde el punto de vista estilístico que me van a hacer muy feliz.

Quizá pueda reconocer, en el plano de la acción policial, alguna influencia cinematográfica, como podría ser la del extinto director francés Jacques Becker, cuya actuación culmina con Le trou (El agujero), una especie de gran ejercicio estilístico. Pienso también en las películas del cine policial norteamericano como Scarface (Mervyn Le Roy), que podrían haber dejado en mí un sedimento, porque las vi en épocas en que era influenciable, en mi adolescencia.

En la cinematografía argentina conservo algunos recuerdos en el género, más bien de tipo hedonístico, como Fuera de la ley, de Manuel Romero, que creo que fue una película muy intensa y muy rica. Después, Apenas un delincuente, que era un poco más fría que la otra.

El tipo de etapa policial de última instancia parece arrastrar un destino de muerte. Parece que en algún momento la vida de estos delincuentes fuera una especie de suicidio. Y ese suicidio está generado por una especie de trágica desacomodación social. Son personajes que, apenas se los ve, se los siente suicidas. Se advierte que caminan hacia un suicidio. Mi película es sobre la mafia, La Mafia, al principio, no caracteriza a este tipo de delincuente suicida. Pertenece a cierto tipo de delincuencia que parece estar acomodado dentro de un orden social. No es la última instancia de la delincuencia, sino una delincuencia que linda con lo político, con ciertos aspectos bajos de la politiquería. En un momento dado, se les desacomodan las circunstancias que hacen a ese tipo de actividad delictiva, y entonces tienen que caer en la delincuencia suicida. Esto es lo que historiamos en la película: el momento en que la mafia deja de estar acomodada dentro de un orden social.

En ese momento del paso de la delincuencia suicida está implicada una cantidad de variantes que son muy tentadoras cinematográficamente. Una de ellás es la aventura; la aventura en el desorden, que arrastra una suerte de imagen como pos-romántica, una aventura en la que se asiste a una especie de libertad angustiada y desesperada, cuya única salida es la muerte.

Aventura. En mi propia obra, ya sea en el final de El crimen de Oribe, o en mi versión de Emma Sunz, había elementos que tenían que ver directamente con lo policial. A mí me gusta retomar hilos que han quedado sueltos en el tiempo. Pero en este momento siento que lo que hago no viene a reanudar un diálogo interrumpido hace tiempo, sino que continúa una especie de disquisición sobre el destino de los hombres y sus desencuentros con la sociedad.

Es muy cierto que antes esos personajes socialmente desacomodados eran, o eran vistos, como excepciones. En el mundo actual, a una gran cantidad de gente de distintas generaciones no le satisface el orden social, no le satisface el mundo que le hemos construido y encuentra distintas salidas, que son la aventura, la libertad, el quijotismo, la alteración del orden. Son distintas respuestas a motivaciones de protesta. Por eso, aunque nosotros lo historiamos llevándolo hacia atrás en el tiempo, con esa aventura, con esa protesta, puede sentirse identificada mucha gente.

Cuando creamos algo, tenemos motivaciones que son mucho más misteriosas que las que podemos hacer conscientes con nuestras explicaciones. Me parece que esas explicaciones son una suerte de versión cáscara y detrás de todo eso hay motivaciones interiores que los críticos tienen que descubrir, que nosotros quizá descubramos años más tarde, pero que mientras estamos en la aventura de la manufactura y de la creación no nos tomamos el trabajo de averiguarlo. Además, cuando el cineasta tiene necesidad de hacer un éxito está respondiendo quizá a necesidades colectivas. Conscientemente, tal vez, tenemos una determinada motivación para hacer algo, pero inconscientemente hay otras más poderosas, ligadas a curiosidades y necesidades populares de nuestro tiempo.

He usado varias veces la palabra aventura. Yo la vinculo a la palabra libertad. Elegimos la aventura como consecuencia de una aspiración de libertad. En la medida en que la aventura es limitada, esa libertad es restringida. En la medida en que estamos inmersos en la gran aventura, estamos en la gran libertad.

No estoy muy seguro de que en mi carrera cinematográfica la aventura de hacer cine haya sido el camino hacia una gran libertad. A veces pienso que cada vei me sumerjo más en un gran compromiso; pero también me parece que ese compromiso puede ser más importante que la libertad personal, porque implica un compromiso con mi tiempo.

Es que yo siento que tengo una responsabilidad. Mi responsabilidad es hacer cine. Posiblemente dirigir una película por año, producir otra y tratar de que estas películas que hago o produzco sean lo mejor que yo puedo hacer o que yo puedo producir. Soy como un boxeador que está parado en el ring, mira a su contrincante y piensa cuál es la mejor trompada que puede pegar. Cada película que hago es la mejor trompada que puedo pegar, no contra alguien, sino a favor del cine de mi empresa y del cine argentino.

Pacifismo. A pesar de esa imagen, pienso que sólo puedo llegar a ser agresivo si las circunstancias lo exigen. Más bien creo que el estado ideal del ser humano es la convivencia pacífica. Es un buen estado creativo. A veces, claro está, las circunstancias no están dadas para esa convivencia pacífica, y para llegar a esa paz es necesario antes una cierta agresividad.

Considero que el cinematógrafo es un arma muy importante para un país, para una sociedad y para los individuos que están dentro de esa sociedad. Para un país y una comunidad, perder la posibilidad de hacer cine es como castrarse en muchos sentidos. Por eso muchas veces he tenido que utilizar cierta agresividad para salir a defender posiciones, leyes, decretos, actitudes personales. Siempre que eso ha sido necesario, las circunstancias me encontraron dispuesto.

Como director, tampoco soy agresivo; o siento que mi estilo actual no es agresivo y pudo ser más agresivo antes. Y en cuanto a mi manera de trabajar con los actores y con el equipo técnico, no lo soy en absoluto. Mis armas de persuasión son la explicación, el raciocinio, la ternura, la amistad. Me manejo con esos recursos. Hace mucho tiempo que trabajo con técnicos y actores que se repiten en mis films. Así se da un clima en el que cada uno crea algo. Y a mí me gusta que la gente que trabaja conmigo se sienta parte de una cosa en la cual cada uno de ellos en activo.

En esta película trabajarán algunos intérpretes que antes no lo hicieron en mis películas. Estoy muy contento de cómo se armó el grupo de La Mafia. Había dos conceptos: uno, el de buscar tipos de guapos o de orilleros, tipos con caras de malos; en cambio, hemos logrado conseguir un grupo que da cómo eran en verdad esos hombres, inmigrantes italianos, a veces retacones, gorditos, con caras de buenos, de comerciantes. Eso va a dar mucho más realismo que si fueran los tradicionales "malos" de película. Para ese realismo me ayudaron mucho las fotos de la época, como las de Caras y Caretas. Por otra parte, años atrás yo conocí a algunos de esos tipos porque viví en mi infancia y mi adolescencia en una zona brava, la del Puente Saavedra. Y no tenían para nada el tipo convencional del delincuente. Incluso tengo recuerdos intensos, como cuando en 1956 vi matar en Laprida y Avenida Maipú a un mafioso, baleado desde un auto. Y yo a ese hombre lo conocía y había hablado con él. Entonces tenía 13 años. Después, a lo largo de mi vida, en Avellaneda —cuando filmaba Fin de fiesta— o en viajes a Rosario, en 1956, época en que tuve oportunidad de tratar a gente que había formado parte de la mafia de Rosario. Tengo vivencias, por lo tanto, y además, aunque debo mantenerlo en reserva, ahora mismo he podido tomar contacto con personas que me han proporcionado mucho material, incluso anécdotas de tipo humano que, aunque no las utilice directamente, me dan motivación para muchas situaciones.

Productor. Yo no separo el carácter de productor del de quien pudo empujar la salida dentro de nuestro cine de quienes luego ocuparon un lugar importante, como David José Kohon, Leonardo Favio, ahora Mario Sábato. Tampoco lo separo del haber estado vinculado a la formación de gente que ha tenido un lenguaje cinematográfico interesante, como Ricardo Becher o Lautaro Murúa. Me siento muy identificado con la aparición de nuevas generaciones de realizadores y no separo eso del aspecto industrial. Pienso que una industria fílmica se nutre y se hace rica a través de mucha gente diversa. En el cine argentino cabe la complacencia de un Enrique Carreras, la agresividad de Fernando Solanas, la pasión de un Favio y un Murúa, el sentido cinematográfico de Mario Sábato, el estilo de un Antín, la diversidad de un Ayala. Todos formamos parte de algo que irá dando testimonio de una realidad argentina, rica, limitada, testimonial, evasiva; pienso que todo esto nos retrata. A través de todo esto el cine argentino está aportando una documentación sobre la realidad de un país que, por frontal o por evasiva, revela cosas.

También el teatro argentino está dando, asimismo con grandes dificultades, un testimonio semejante. Autores que aparecen con una obra interesante, de pronto dejan de trabajar o no pueden estrenar. No vuelve a oírse hablar de ellos. Evidentemente allí también hay una barrera, que es la barrera del espectáculo, el comercio, que hace que se busque el éxito seguro.

Puedo decir que quizá en mi infancia intuía lo que iba a ser, y entonces la vinculo siempre a mi padre. Me pasaba mirando lo que hacía, cómo le iba, me alegraba con sus triunfos y me entristecía con sus derrotas. Fue una infancia acuciada por la necesidad de ser grande. Fue una permanente necesidad de crecer; siempre tenía ganas de dejar de ser lo que era, para pasar a hacer cosas. Ahora, en cambio, tengo ganas de que no pase el tiempo, para seguir haciendo lo que hago. El tiempo puede debilitarlo a uno, achicarlo. Veo el ejemplo de tantos hombres que, con los años, en lugar de enriquecerse se debilitaron, se volvieron resentidos, se fueron alejando de los problemas generacionales y se convirtieron en enemigos de los jóvenes. Deseo fervorosamente, para mí, un estado que me permita hacer permanentemente una cosa nueva de mí mismo.

[Publicado originalmente en la revista Confirmado del 20 de octubre de 1971]

Publicación: Enero 2012