Texto de 1933 del maestro portugués Manoel de Oliveira

El Cine y el Capital

El Cine y el Capital, por Manoel de Oliveira

El cine es, de todas las artes, la más sujeta al capitalismo, por el coste enorme de su material y medios técnicos, y además por la dependencia aplastante de un público mal orientado por una fuerte propaganda que cuida demasiado de estrellas y astros, y nada de ideas y procesos artísticos.

En los E.E.U.U, por ejemplo, dónde la industria cinematográfica alcanzó una perfección técnica inigualable, la organización comercial y la mecanización alcanzaron tal desarrollo que aplastan y subyugan por completo al hombre, o mejor - al artista. El dinero y la máquina lo transformaron en un perfecto autómata. Bajo mi parecer, para hacer una película en cualquier estudio de Hollywood, solo es necesario el habitual "On tourne ! ". La máquina está preparada y basta meter un cerdo por un lado para que salga un chorizo por el otro. Duhamel tiene razón cuando se subleva contra el cine norteamericano. Es cierto que hay excepciones; pero como siempre, apenas sirven para confirmar la regla.

Vista una película norteamericana, vistas todas. El mismo fondo moral, la intriga anterior ligeramente disfrazada; los artistas parecen todos gemelos, la misma estatura y rasgos semejantes, actuando siempre del mismo modo. Todo es en serie: argumentos, realizaciones, procesos, artistas, etc.

Cuando una película es un éxito de taquilla sirve de modelo para decenas de películas semejantes. Igual que en la industria del automóvil; después de haber estudiado un tipo de coche, se reproduce en serie por miles.

Traicionan los fines humanos, sociales y educativos de un arte utilizando sus medios para mera especulación comercial, imprimiendo en celuloide vida falsificada en los estudios, la cual es tan funesta para el espíritu y la cultura de un pueblo como el aceite falsificado por el tendero lo es para el estómago de aquellos que inconscientemente lo ingieren.

Buscan hombres y mujeres cuya figura insinuante deja prever la futura adoración del público, y a fuerza de carteles despampanantes, fotos y artículos que una colosal organización de publicidad hace llegar a las redacciones de todas las revistas del mundo, los convierten en verdaderos ídolos. Así, Clark Gable, la última victoria del galán americano, todavía no había estrenado una sola película en Portugal y ya las ingenuas cinéfilas le escribían cartas apasionadas pidiéndole fotos dedicadas.

En vez de estudiar temas humanos, escogiendo después los intérpretes según las exigencias de esos temas, se escriben y adaptan historias a propósito para esta o aquella artista, para poner en evidencia toda su belleza física y todo su "sex-appeal". Lo mismo parece suceder cuando se pretende lanzar un nuevo director. Un núcleo de técnicos y artífices, a disposición de los cuales se ponen millones, son la garantía de su hacer, como un sello de Paramount, M.G.M., o de cualquier otra empresa, es la garantía de su expansión mundial. Y tenemos la impresión de que la principal función del director es precisamente firmar la obra para darle paternidad legítima; pues el público siempre se peleó por ídolos a los que adorar...

Estas películas que técnicamente resultan irreprochables por la perfección de la fotografía, por la precisión matemática de los "travellings", por la grandiosidad de los dispendiosos "décors", etc., hablan casi siempre, sino siempre, por debajo del punto de vista humano y artístico. Siendo un producto de la colaboración de muchos, no pueden tener nunca el carácter y la personalidad que tendrían en el caso de que fuesen dirigidos por uno solo - pero competente; auxiliado, sí, por otros elementos, pero nunca subordinado a ellos.

Es sabido que al capitalismo de ningún modo le interesan temas que desarrollen problemas de orden psicológico o social. Un único fin los atrae (y esto sucede en todos los países con excepción de la U.R.S.S.): el resultado comercial de las películas. Teniendo como objetivo multiplicar millones, las empresas cinematográficas son agentes de perniciosa propaganda de erotismo perverso, de falso optimismo, de una ficticia concepción de la vida, como sol fabricado en el interior de los estudios.

En la U.R.S.S. donde el resultado de una película no se verifica en la taquilla sino a través de la acción educativa que ejerza, el cine tiene como finalidad una enérgica propaganda política y social. Tampoco ahí es plena la libertad del artista, dado que toda su actividad está limitada por el actual régimen político. Es necesario que la personalidad del artista pueda exprimirse con plena libertad. ¡Nada de servidumbres ! Que ninguna opresión limite su espontaneidad creadora.

René Clair después de la exhibición de "Á nous liberté", película que en sí misma era una crítica a la esclavitud del mundo capitalista, escribió en "Temps" un artículo en el cual combatía la opresión del capital sobre el cine. Otro martirizado ha sido el gran Pabst. Conscientes de su valor, ciertos capitalistas le han ofrecido sumas fabulosas para que haga una película a su gusto; pero cuando Pabst les presenta el argumento de una obra sana y pacifista, inmediatamente le dan la espalda. Así ya no les agrada el negocio. Pabst, en esto, ha sido de hierro, cediendo apenas en parte en sus dos últimas películas: "Atlantida" y "D. Quixote".

Su sueño, una película sobre la guerra futura, sobre la horrible catástrofe en la que el mundo será aniquilado por el choque de intereses mezquinos y particulares y por los odios injustificados de las naciones y las razas, esa gran película que sería una gran lección para el mundo, esa nunca encontrará con toda seguridad capitales que la financien.

No está bien que el desarrollo de un arte permanezca así, dependiendo de una burguesía que bajo la capa de la finalidad artística apenas explora un negocio rentable. (Y que nos vengan después a decir "el público quiere, el público pide", cuando este se limita a recibir pasivamente aquello que le presentan).

Siendo el cine, de todas las artes, la que mayor y más directa influencia ejerce sobre la mentalidad popular, sucede que se parte de la falsa y criminal opinión de que el espectador solo necesita y desea saborear, por un precio mínimo y confortablemente instalado en su butaca, un espectáculo alegre y divertido que le haga olvidar los cansancios y sinsabores de una vida extenuante. Y el público olvida que su vida es atribulada por una pésima organización social y económica, aceptando por una cómoda y grosera cobardía aquella envilecedora compensación que le ofrecen.

El cine precisamente podría, como ninguna otra arte, apuntar esos males y sus consecuencias tomando como temas dominantes los múltiples problemas que el hombre afronta en su vida sexual, familiar, profesional, económica y social.

Pero el público continúa buscando apenas distracción, inconscientemente influenciado por el falso y vacío espectáculo que le da la espalda al meollo. Así, algunos empiezan por dejarse crecer un ridículo bigotito y otros terminan por practicar actos criminales, en la vana ambición de ser como en el cine...

Es por tanto necesario acabar con el cine-negocio. Es necesario arrancar la industria del cine de las garras nefastas del capitalismo. Es necesario que el cine sea apenas esto: un órgano de creación artística y de acción educativa y social.

Publicado originalmente en Revista Movimento, n°7, 1 de octubre 1933. Traducción de Pablo Caballero Marcos, publicada en Margenes en Diciembre de 2014.
Publicación: Abril 2015
Manoel de Oliveira