El discurso de Lucrecia Martel en reconocimiento a la trayectoria de Pedro Almodóvar

Lucrecia Martel: «No hay deber ser en la ética de Almodóvar, hay obligación de crearse»

Lucrecia Martel: «No hay deber ser en la ética de Almodóvar, hay obligación de crearse»

Todos los años la Mostra de Venecia reconoce con el León de Oro a artistas que dejaron su marca en la historia del cine. En esta edición Pedro Almodóvar se sumó a la lista de galardonados que incluye a Luis Buñuel, Roberto Rossellini, Carl Theodor Dreyer y Michelangelo Antonioni, entre muchas otras grandes figuras. Durante la ceremonia la directora argentina Lucrecia Martel, quien preside el jurado del festival, compartió un emocionante discurso que reproducimos a continuación.

Pedro, estoy muy nerviosa, espero no llorar.

Estamos hoy reunidos para celebrar a Pedro Almodóvar. Uso estas palabras que son las mismas de la misa católica porque el cine es su religión, lo ha dicho muchas veces. El cine corregía lo que la escuela humillaba en él y en muchos niñas y niños. Su parroquia fue la sala de cine de barrio. En ese altar de luces, de canciones pegadizas, danzaron las divas de todos los tiempos que lo protegieron de la inutilidad moral, como debieran hacer los santos.

En un reportaje dijiste que seguramente fuiste un niño muy fuerte para soportar la mirada de incomprensión, el más fuerte de los niños.

Almodóvar fue causa y consecuencia de La Movida, la contracultura que desempolvó a España del largo letargo del franquismo. Combatieron con las mejores armas: películas, revistas, libros, música, fiestas... muchas fiestas, ¿no? Digo esto con nostalgia de aquellos años ochenta en el que el deseo estaba mucho menos organizado que ahora, la salud no era un bien necesario y la ciudad era la aventura en la que debían lanzarse. Era más importante aventurarse en ciertas calles que tener un Home Theater 5.1 para ver tres seasons de once capítulos. Una década con muchísimo menos miedo que ahora.

En cuarenta y cinco años has dirigido y escrito más de treinta películas y cortos. Sus invenciones forman parte de la memoria de la humanidad, desde una bolsa de almacén en México hasta un pastillero en Tokio. Todos sabemos que hizo cine sin ir a una escuela de cine y festejamos esa carencia. Afinó sus oídos con los chismes de peluquería, con las lavanderas en el río, en callejones de adictos insomnes, en el cotilleo de los vecinos.

Para varias generaciones de directores latinoamericanos su cine fue una reconciliación con el castellano. Tus diálogos nos iluminaron lenguaje de nuestras propias familias. Nos señaló el exquisito camino que las cantantes populares como Chavela, la Lupe, Mina abren en la banda sonora. Coleccionó en su infancia cromos o figuritas de divas del cine impresas en colores chirriantes, que dice inspiraron su extravagante paleta de colores. Pero es imposible ver la obra de Almodóvar sin reconciliarse con los rincones de nuestras casas donde naufraga la moda. Los fondos horrorosos que pueblan las fotos familiares, nuestras fiestas de quince con sus peinados. Almodóvar inundó nuestra memoria con invenciones que no necesitan de gran presupuesto sino de honestidad provinciana. Esos livings de empapelados desquiciados, los enfermeros amantes, esas alfombras de animal print, los peinados con spray, las mujeres asimétricas, los aros de cafetera nos hicieron más libres. Nos liberaron del buen gusto, de la buena educación, de la moral mezquina de los que se llaman a sí mismos normales. Nos liberaron de la claridad de los lazos familiares, nos reconciliaron con la estupidez, con los refranes incomprensibles, con los malos entendidos.

Mucho antes de que las mujeres, los homosexuales y las trans nos hartáramos en masa del miserable lugar que teníamos en la historia, Pedro ya nos había hecho heroínas, ya había reivindicado el derecho a inventarnos a nosotras mismas. Ya había puesto las prótesis de mamas, los dildos al lado de un cucharón, de una olla a vapor, al mismo nivel que cualquier otra cosa útil. Ahora se está ocupando de los hombres, que es fundamental: gracias Pedro.

No hay deber ser en la ética de Almodóvar, hay obligación de crearse, obligación de inventarse. Desbarató la moralina que esconden los géneros del cine, los mezcló. Elevó el melodrama por encima del drama. Abrazó el ridículo para hacer un arma sin precedentes contra el maltrato. Si aceptamos que el cine expande el mundo que conocemos, el mundo ha crecido mucho desde que Pedro lanzó sus cortos a mediados de los años setenta. Sus películas inauguraron territorios donde se puede vivir mejor. Pero ahora, Pedro, que la ultraderecha se levanta como si nada hubiera pasado, ahora más que nunca te necesitamos, porque seguimos mojando nuestras bikinis en un mar de muertos.

Gracias Pedro.

Discurso pronunciado por Lucrecia Martel el 29 de agosto de 2019 en el Festival de Venecia, en el marco de la entrega del premio a la trayectoria a Pedro Almodóvar.

Transcripción y edición: Karina Korn

Publicación: Agosto 2019