Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín

Coscoinómanos. Crónicas del FICIC 2015 (1)

Coscoinómanos. Crónicas del FICIC 2015 (1)

Día 1. La muerte del cine (por falta de siesta)

Vengo al FICIC (Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín) por segunda vez, y por enésima a la ciudad cordobesa. Las razones para una y otra venida son sencillas: el Festival de Cine lleva, con esta, 5 ediciones, una historia aún corta pero vigorosa y en crecimiento; por otro lado, mi familia vive aquí en las sierras desde hace años (yo mismo soy nacido en la zona), así que Cosquín es, junto con Buenos Aires, mi lugar en el mundo. No es un dato demasiado importante excepto para mí: una forma de catarsis personal y de alegría; en todo caso una manera de ir previendo que ese será un tópico que más o menos explícitamente se irá filtrando en cada uno de estos textos.

Lo cierto es que hay un festival de cine y que todo el asunto en realidad empezó el día previo a la inauguración, por la noche, con el primer acierto del FICIC: disponer de transporte gratuito para invitados y prensa desde y hacia Buenos Aires. Allí estábamos entonces, como una estudiantina un tanto freak, listos para abordar el micro y encontrarnos hoy a la mañana en la ciudad cordobesa, antes de ser recibidos por Carla Briasco y Eduardo Leyrado, los motores (y los corazones) que llevan adelante esta iniciativa contra viento y marea. La frase es casi literal: frente a la escasez presupuestaria el festival tiene como respuesta siempre una sonrisa, la mejor de las actitudes y la capacidad suficiente para hacer que cada decisión tomada sea eficaz e inteligente.

En la conferencia de prensa de presentación del Festival, Roger Koza, a cargo de la programación, mencionaba que siempre la lista de películas que la conforman implica, tácita o explícitamente, una visión del mundo y del cine. De ser así (yo creo que efectivamente es así), esta quinta edición parece ser, a priori y de acuerdo a las palabras del propio Koza, una muestra que pone en tensión y navega entre dos visiones opuestas del cine: por un lado uno que no renuncia a la amabilidad y al intento de congraciarse con el espectador desde una actitud que no por eso se vuelve condescendiente; por el otro un cine que, precisamente, pone en cuestión esa visión a partir de un cuestionamiento constante a los lugares comunes y predecibles. Habiendo visto varias peliculas ya en BAFICI y Mar del Plata, puedo decir que algo de eso hay, efectivamente, en la programación: Victoria y Todo el tiempo del mundo por un lado; Ming of Harlem y Favula por el otro.

Hace rato que se viene hablando de la muerte del cine, acorralado por el crecimiento exponencial de otros sistemas audiovisuales y por el avance de Internet como forma de acceder a las películas, en oposición a la tradicional exhibición en sala. Yo creo que a decir verdad el cine podría correr peligro de defunción por otra razón: ¿quién puede resistir un almuerzo de bienvenida por parte del Festival consistente en locro, empanadas y vino, bajo la sombra fresca de una parra, con las sierras como marco de fondo y con amigos como partenaires, todo obra de las manos amorosas de la mamá de la directora del festival? Creanme que después de semejante muestra de amor y de sobresaturación proteínica sólo quedan ganas de ir a dormir una siesta para poder arrancar, entonces sí, con las películas. Y que ese es el clima que sobrevuela todo el evento coscoíno.

Ya repuestos del bacanal criollo, esa noche se dio el puntapié inicial y oficial al FICIC con Charlie´s Country, del holandés radicado en Australia Rolf de Heer, protagonizada por el enorme David Gulpilil (el mismo de El rastreador y Diez canoas). La presencia de Gulpilil frente a cámara es, literalmente, majestuosa: uno de esos cuerpos y rostros que con su sola aparición alcanzan para desbordar un plano, una fuerza venida de un planeta que es éste y otro al mismo tiempo. Cuando es él quien ocupa el centro de la escena (en la primera mitad de la película) la cosa realmente funciona: esos paneos elegantes que acompañan su andar felino a través del bosque australiano pueden dar cuenta perfectamente de la manera en la que los dos países de Charlie entran en colisión (el suyo, el aborigen, el de la lengua propia y las tradiciones ancestrales; y el impuesto por la cultura y la ley del blanco occidental) y cómo la existencia entera del propio Charlie se convierte en el campo de batalla para esa lucha; una lucha que no por eso impide una forma de resistencia que incluye el humor y la picardía por parte del protagonista y sus amigos En la segunda mitad, de Heer se obsesiona con la caída (anunciada) de su personaje, y la película entra en el mismo espiral descendente de Gulpilil: repeticiones innecesarias y una dependencia excesiva del guión terminan debilitando todo lo bueno que al comienzo se había construido. El plano de cierre, levemente esperanzador, apenas si alcanza para aliviar un poco el mal gusto final en boca. En todo caso, una de las buenas cosas de esa función inaugural gratuita fue ver la presencia de un público numeroso que, usualmente, no frecuenta el cine (algo de esto sé: muchos de ellos son vecinos, empezando por mi propia madre… ): para eso también sirve un festival de cine, para propiciar ese tipo de acercamiento. El brindis posterior a la inauguración fue una buena forma de empezar a juntar fuerzas para el día siguiente. En realidad, sólo a medias, ya que esa y todas las noches terminarían en La cueva del Che, el meeting point no oficial que ya se ha convertido, también, en un clásico del Festival.

Publicación: Mayo 2015
FICIC