Apuntes en torno a “Un rey para la Patagonia”

Un desierto para/de monarcas


Por Sebastian Russo

Un cineasta puede ser un filósofo, o al menos —al decir de Deleuze— puede emparentarse con él, usando imágenes, como el filósofo conceptos. Pero quizá la metáfora del monarca resulta aún más pertinente. Profesión, oficio, arte, de decisiones soberanas, de utopías megalómanas (frankensteinianas: crear vida), de manejo de insumos de los más variados, y donde el dominio sobre los otros es incluso celebrado al menos míticamente, la figura del cineasta déspota llegó a ser tópico cinematográfico, de Orson Wells a Lars Von Trier, por citar casos paradigmáticos y radicales de directores monarcas.

Pero he aquí un rey, que sin metáforas es autoproclamado como tal, y sobretodo (algo casi siempre necesario) proclamado por otros como tal. El rey de la Araucanía. O para decirlo de otro modo, un aventurero francés, que siguiendo el sino de su época, se lanza a la conquista/descubrimiento de tierras salvajes, bárbaras (términos para nada foráneos en la Argentina en ciernes de mediados del siglo XIX) para transformarse en soberano. Orélie Antoine de Tounens, de él estamos hablando, que luego de negociar con caciques araucanos (vaya uno a saber en qué términos, y qué pensaban aquellos de este y de su “negociación”) en 1860 es proclamado Rey de la Araucanía y la Patagonia[1]. El tipo luego es traicionado por alguien de su “corte”, enjuiciado en Chile (que le inquietaba particularmente tal entuerto monárquico en tierras anheladas), deportado, y muere en Francia en 1878 (dos años antes de “la”, “nuestra”, conquista del desierto)

En 1985 Carlos Sorín filma su ópera prima, tal vez su mejor film, La película del rey, retomando (parasitando, maravillosamente, pero parasitando) de algún modo un proyecto de Juan Fresán: filmar la historia de Antoine de Tounens. Pero no sólo del francés trata su film (he allí su hallazgo), sino que expresa una suerte de tratado sobre el cine y su no menor afán de conquista, de (re)creación de mundos, de sus monarcas no menos alucinados: los directores. El cine mordiéndose la cola —propuesta que retomaría Sorín un año después, pero mostrando los artilugios del documental televisivo con La era del ñandú. No sólo, entonces, sobre la historia del europeo monarca araucano versa el primer film de Sorín, sino sobre quien quiso realizar primero (en la lógica del aventurero-conquistador, llegar primero no es un detalle) el retrato de la vida del rey Antoine en cine: Juan Fresán, un diseñador gráfico y publicista (al igual que Sorín) que en los años setenta se embarcó con más ímpetu que recursos en tal infructuosa y titánica aventura.

Sorín recrea ficcionalmente la aventura fallida de Fresán en la que un director (¿Fresán?), cual monarca de un pequeño reino compuesto por actores, productor y algunos técnicos, y en la piel de un joven Julio Chávez, intenta vana pero apasionadamente filmar la historia del rey de la Patagonia. Sorín, quien formó parte de la avanzada inicial junto a Fresán, hizo su primera película basada en esta historia truncada, no sin generar irritación en el propio Fresán, que entendió la empresa de Sorín como una traición (en la vida de todo reino, la traición es, aun más que la esperable invasión del enemigo, el infierno más temido por el monarca: le pasó a Antoine, le pasó a Fresán, una historia que se da dos veces, pero en este caso, ninguna vez como tragedia…).

Pero una nueva secuencia tendría esta historia. Lucas Turturro es convocado en el 2004 por el mismo Fresán para terminar su anhelada película a partir de algunos de los viejos rollos encontrados. Pero como si el fantasma de Antoine nuevamente se resistiese a ser invocado, un nuevo eslabón se rompe: Fresán muere. Pero Turturro decide seguir. Y así un nuevo rey se dispone a construir su film, con el mismo espíritu que toda esta historia arrastra: impetuoso, pulsional, arriesgado, inacabado, inacabable, ampuloso. Y sumando un gesto más, el de una “nueva generación”, (ya) post “nuevo cine argentino”, a la que a (Mariano) Llinás y su así llamada factoría podría endilgarse su reinado, y donde la auto referencialidad, la retórica paródica, el desparpajo genérico, la autosuficiencia técnico-estética, parecen ser sus signos prototípicos. 

La Nueva Francia se llamaba la película que Fresán quiso filmar en los '70 e intentó continuar en el nuevo milenio junto a uno de la joven guardia. Un rey para la Patagonia se llamó finalmente el film que reúne y amontona todas las capas de una larga historia de infructuosas intentos de contar una historia. Lo inacabado, así, como materia prima, sustrato inicial, fundante. Una historia de fronteras, y no sólo de fronteras nacionales arrasando (ya no negociando) con sus habitantes, sino de la fronteras retóricas que todo dispositivo engendra en su accionarse. Expresadas —y he ahí la pertinente aunque algo ampulosa decisión del director— en los modos fronterizos de un documentalismo autorreferencial, autoreflexivo, que se pregunta obsesivamente por sus condiciones de producción, por sus condiciones de ser documental, de ser film. Como si la historia de Antoine, el rey araucano, tuviera un núcleo intratable, ingobernable (tal reza el subtítulo del libro de Ferrer en el que se ocupa del francés), por el cual no podría nunca volverse Historia, y estuviera condenada (o podríamos decir, congraciada) a ser siempre Discurso. Donde la obsesiva pregunta por el sujeto de enunciación impidiera la pregunta por el sujeto. Curioso, siendo que el francés reinaba la Araucanía mientras un Marx, un Nietzsche escribían fundando (corriendo) fronteras (en la condición del sujeto). Época de sospechas fundantes (aquellos, junto a Freud: los así llamados maestros de la sospecha, sobretodo del estatuto unívoco y monolítico del sujeto moderno) que luego el positivismo racionalista ahogará bajo el mote de ideología. ¿Será que un sujeto como Antoine nos resulta imposible de aprehender, posmodernidad mediante, en su afanoso “crear mundo”, y sólo podamos emparentarlo de modos infructuosos con los reinos de bagatela que nuestros dispositivos representacionales nos engendran?

Un rey para la Patagonia parece recuperar lo inacabado de lo inacabado, una suerte de receptáculo de frustraciones que no son más que el sustrato mismo de la acción, de la acción de un gobernar lo ingobernable (la Patagonia, una historia, la historia). Lo fronterizo, así, como esa zona donde todo puede ser lo Otro, donde el absurdo (político, ideológico), límite entre lo civilizado y lo bárbaro, se expresa en toda su temible e inseparable imbricación. Donde las mezclas y el desorden (grandes preocupaciones de la ciencia; también, sobretodo, de gobierno, del reinar) son el magma mismo de las relaciones humanas, con la naturaleza, y de la creación. Fronteras políticas, geográficas, estéticas, cinematográficas, pero también ontológicas, entre la (llamada) locura y la (así señalada) cordura. En esa zona inextricable, sugestiva, plagada de combates (dados, dándose), y no en su ombliguismo exacerbado, llinasesco, encontramos la potencia (creadora, hurgadora de mundos) de este film.

Publicación: Enero de 2012

ficha técnica

Título: Un rey para la Patagonia
Año: 2010
Origen: Argentina
Duración: 83 minutos
Dirección: Lucas Turturro
Guión: Christian Ferrer, Lucas Turturro
Música: Mariano Godoy
Fotografía: Clara Bianchi
Participan: Tomás Eloy Martínez, Nelly Fresán, Galo Martínez, Mary Tapia, Carlos Sorín
Producción: Geometrías del Señor Sur / Universidad del Cine / INCAA
Sitio oficial: http://www.lucasturturro.com.ar/Un_Rey.html
Estreno en Argentina: 20 de octubre de 2011