TITANIC, de James Cameron

Prehistoria del futuro

Titanic, de James Cameron

Cuando uno se encuentra con una película como Titanic, tan popular como compleja, y con una narrativa tan simple pero dependiente de sus interrelaciones, aparece un desafío. ¿Cómo abordarla? Se presenta la disyuntiva entre lidiar con Romeo y Julieta en un barco que se hunde, entre lidiar con el arco de sentido que se extiende por toda la obra de James Cameron, o bien entre lidiar con un relato histórico que, a su vez, es una reflexión sobre la Historia. Porque Titanic es una película enorme, y una película que, como toda la obra de Cameron, se va inyectando en el alma de los espectadores de cine, dejando rastros imborrables, formas. Por ende, abordarla es necesariamente un acto de desprolijidad, contaminado por la pasión de quien recorre su memoria del film más rápido de lo que se puede describir, o formular con distancia crítica.

Sobre el fin de The Terminator (1984), Sarah Connor acelera su jeep y se aleja en una ruta amenazada por un cielo tormentoso. El film ha terminado pero algo, al mismo tiempo, ha comenzado. La película, con el acto fundacional que propone, nos permite percibir algo en el rostro de Sarah (en el momento en el cual el niño le toma una foto), en esa cara armada de valor para la lucha. Somos testigos del cambio y de su radicalidad: haber visto algo que nos impide volver a ser quienes éramos y a vivir como vivíamos. Porque de eso se trata todo en las películas de Cameron, de la posibilidad de ver.

Cuando Rose llega al puerto del Titanic, su mirada ya desencaja con la de los demás. El nivel explícito de positivismo que se respira en la primera mitad del film tiene ya su punto de distancia. En aquel momento, Rose está naciendo destinada a ser Rose Dawson, la mujer del imposible Jack Dawson. Imposible en el mundo, pero posible en el cine. No sólo un arquetipo de una perfecta noción del Bien, sino una revelación ante los ojos de Rose, y un punto de desequilibrio en la puesta en escena. Jack es una anomalía, es lo que el personaje de Kathy Bates (como algunos le dicen, “La inhundible”) no se animó a ser. Es un ente imposible de absorber, tanto en términos de clase social como de personaje, ya que si bien su caracterización está inteligentemente calculada, todo apunta a una sola cosa: la expresión máxima de humanidad y pasión por ser un ser humano. En otras palabras, y contradictoriamente, perfección inhumana, divina.

El Titanic, con su modelo de sociedad en movimiento, termina siendo entonces la historia de una epifanía, pero presentada con el despliegue propio de quien es capaz de fundar su propia religión cinematográfica. En Titanic, el cambio genera una catástrofe de la sociedad, del vehículo que la mueve, y de su propia puesta en escena. Un iceberg que los vigilantes no llegan a advertir a tiempo por estar distraídos viendo la consumación del amor entre Jack y Rose, la imposibilidad devenida en realidad. Y condenados sean todos a convertirse en hielo, porque ese primer positivismo será arrasado de forma antitética por el congelamiento, como si el fino hilo cinematográfico que construía lo real fuese picoteado hasta el fin por los catastróficos pájaros de Hitchcock. De esta forma el universo se destruye por completo y, ante la fijeza, sólo nos queda Rose y su memoria, que se resiste a congelarse, y cuya fuerza (el valor para la lucha digno de lo mejor de Sarah Connor) le permite soplar el silbato del final. En ella conviven la primera y la segunda parte, la dialéctica, que en el caso de este film es la posibilidad de tomar distancia, de tener una mirada, y por ende, tomar partido, avanzar.

Por todo esto es que Titanic es una obra maestra, un relato de y sobre la Historia, una película que a pesar de mirar hacia atrás se sostiene sólo desde la convicción de la posibilidad de un porvenir. Cameron se introduce dentro de lo que la historia ha congelado: nos lo descongela, nos lo muestra, nos permite un acto de comparación. Campo y contra-campo, y luego una transformación. El plano secuencia, última toma del film, es entonces la verdadera consumación. Mientras la cámara avanza entre las ruinas del Titanic real, el Titanic virtual comienza a emerger en una transición que concentra toda la densidad de sentido de las tres horas y algunos minutos que acabamos de ver. Las puertas del hall  principal se abren a ese mundo de los sueños, que pende de los finos hilos de eso que llamamos cinematografía.

Publicación: Julio 2012

Título original: Titanic
Origen: EE.UU.
Año: 1997/2012 (versión 3D)
Duración: 194

Dirección: James Cameron
Guión: James Cameron
Edición: James Cameron, Conrad Buff, Richard A. Harris
Música: James Horner
Dirección de fotografía: Russell Carpenter
Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Kate Winslet, Billy Zane, Gloria Stuart, Kathy Bates, Bill Paxton