TABÚ, de Miguel Gomes

Historia(s) del cine

Tabú, de Miguel Gomes

El futuro del cine es su pasado
Serge Daney

El presente de las imágenes en movimiento puede abordarse considerando tres grandes formulaciones que conviven actualmente en el medio. Por un lado, aquella que piensa al cine como el gran espectáculo audiovisual, que busca de manera monoacorde el impacto sensorial relativizando el peso de lo narrativo. Las películas en 3D se presentan como la máxima expresión de esta concepción espectacular. En el otro extremo, paradójicamente, tenemos el gran regreso de la narración, de las grandes historias. Las series de TV y su actual nueva edad de oro se presentan como el paradigma del regreso de los grandes relatos en el siglo XXI. Una tercera posición, adoptada mayormente por el llamado cine de autor, es aquella que apuesta por una contemplación más humanista, por una captura realista del mundo, que evade el artificio espectacular.

A priori diferentes, estas expresiones de lo audivisual pueden ser entendidas como reapropiaciones contemporáneas de formas que ya estaban presentes en las raíces profundas del origen del cine. Después de todo, los blockbusters en 3D no son otra cosa que el regreso a un cine de atracciones propio de espectáculo de feria, cuando el cinematógrafo convivía con mujeres barbudas y valerosos trapecistas; el retorno de las grandes historias no hace más que volver a acercar (aunque nunca se separó demasiado) el cine al modelo narrativo canónico forjado hace un siglo por David W. Griffith; el retrato contemplativo puede ser entendido como un regreso al gesto inicial planteado por los Lumière cuando decidieron que la función esencial del cine sería capturar la vida cotideana. Es decir, el cine contemporáneo tiene ineludiblemente su raíz en los orígenes del medio, y Tabú, el extraordinario film de Miguel Gomes, es una de las obras que mejor lo comprende y celebra.

Pero Tabú, además de gran reflexión sobre la historia del cine, es una obra sobre la necesidad humana  de narrar y oír historias. Es que la Historia ha sido injusta con la oralidad, desde el momento mismo en que arbitrariamente fijó su inicio con la escritura, despreciando la ineludible tradición oral precedente. También ha sido injusta con la oralidad la tradición crítica que desprecia dogmáticamente el uso de la voz en off en el cine, con argumentos mayormente chapuceros. Así es como Tabú deviene en una encendida reinvidicación del poder de la oralidad y la necesidad humana de historias, que tiene en el preámbulo que abre el film una ejemplar declaración de principios: allí una voz nos cuenta la historia de un explorador portugués “taciturno y melancólico”, que se introduce en las profundidades de África en busca del alma de su amada. Su destino devendrá trágico, pero su alma reencarnará en un cocodrilo igualmente melancólico. Ese relato, romántico, nostálgico (y melancólico), tendrá a un alma necesitada de historias como espectadora: María, la gran depositaria de las historias que develará el film, conmovida en una sala de cine.

Luego de ese preámbulo, el film se articulará en dos partes, que tomarán los nombres de Paraíso perdido y Paraíso, cita hipertextual que remite de forma invertida a las secciones del film Tabú (1931) de Murnau/Flaherty. Pero no hay que engañarse, la historia del cine no se inscribe en el film como cita referencial al paso, sino como fuente movilizadora. Así, luego de una primera parte (Paraíso perdido) donde la realidad se muestra evasiva a dar respuestas sobre la historia de Aurora, una anciana enferma, con ciertos aires de diva, que parece delirar recordando un pasado lejano inverosímil, surge una segunda parte (Paraiso) que funciona a modo de reacción ante esa necesidad de respuestas e historias.

En esa segunda parte, tan marcada por la historia del cine, Tabú evade ser una recreación (como lo es El Artista) o una revisita (como lo es Hugo de Scorsese), sino que se plantea como una verdadera reinvención de la tradición cinematográfica silente. Así, la banda sonora despoja a los personajes de diálogos, pero los sonidos de ambiente se mantienen intactos, mientras que el formato de cuadro académico (1.37:1, “cuadrado”) de la composición remite al primer medio siglo de existencia del cine, pero su apropiación está atravesada por una hibridación genérica donde parece entrar todo (desde el melodrama al humor slapstick, desde la denuncia social a la celebración pop).

Pero además, Tabú tiene un adicional, algo que la hace única y particular, casi una rareza para el cine actual: tiene un personaje inmenso, extraordinario, completamente fascinante como Gianluca Ventura. Un aventurero, un kamikaze, un héroe nostálgico y melancólico. Que tiene una banda de rock (¡hacen un tema de The Ramones!) y que se entrega a la pasión sin medir consecuencias. Gianluca es la síntesis de Tabú: es la voz que nos cuenta las historias que buscamos, es la escapatoria romántica al pasado en busca de  comprender el presente, es la necesidad de arriesgar para ganar.

Gianluca es Tabú, y Tabú es el cine. Porque nos recuerda que el cine fue, es y seguirá siendo una aventura.

Publicación: Julio 2012

Título original: Tabú
Año: 2012
Origen: Portugal/Alemania/Brasil/Francia
Duración: 110 minutos
Dirección: Miguel Gomes
Guión: Miguel Gomes y Mariana Ricardo
Fotografía: Rui Poças
Edición: Telmo Churro, Miguel Gomes
Producción: Luís Urbano, Sandro Aguilar
Intérpretes: Teresa Madruga, Laura Soveral, Ana Moreira, Henrique Espírito Santo, Carloto Cotta

Miguel Gomes