Road to nowhere, de Monte Hellman

Volver sobre la imagen

Road to nowhere, de Monte Hellman

“I think most picture makers have only one story they tell over and over again.”
-Monte Hellman

Monte Hellman siempre pareció tener un ojo puesto en la historia del cine y el otro en la autonomía de sus imágenes, relatos autosuficientes que exploran la imagen hasta el límite del fotograma, y el dispositivo narrativo hasta la disolución de las unidades de espacio y tiempo. Contemporáneo de la generación formada bajo el ala de Roger Corman, transitó por el género del terror para seguir un camino ecléctico entre la road movie, el cine bélico y el western; sin embargo la relación con cada uno de los géneros o formas convencionalizadas por las que se movió su cine siempre está quebrada o, mejor dicho, opacada por la densidad del plano. En Two-lane blacktop (1971) las historias posibles que abre el viaje a través las rutas de Estados Unidos se ven frustradas por la subordinación de la acción ante el tiempo. El camino se convierte en un no-lugar donde el conflicto interno de los personaje impide que estos se constituyan en motor de la historia, los autos son los únicos capaces de materializar el movimiento aunque parecieran conducidos por autómatas. En el final del film, el último fotograma se incinera, como si la imagen ya no soportara el espesor del tiempo y el hermetismo de los personajes. The shooting (1966) es un western donde la épica queda anulada y los personajes están a la deriva en un desierto inhabitable hasta para quienes supieron ser héroes de la conquista. El espectador nuevamente desconoce sus motivaciones y ahora es el espacio el que se impone a la acción, el mismo que fue civilizado es el que absorbe en su inmensidad a quienes lo recorren. La suspensión de un fotograma otra vez resuelve la película.

Volver a filmar luego de veinte años necesariamente posiciona a la obra como una nueva carta de presentación dentro de un paradigma tecnológico –y por lo tanto cinematográfico y audiovisual- que ya no es el mismo. Hace pocas semanas ARRI, Panavision y Aaton (principales productoras de cámaras de cine) anunciaron que el cese de su producción para dedicarse exclusivamente a la fabricación de cámaras digitales. Sin embargo, ante los apocalípticos que decretan el fin del cine como si estuviese ligado únicamente a una forma técnica –o peor, como si este no fuese capaz de mutar-, Monte Hellman responde en Road to nowhere (2010) no solo mediante el uso de una cámara digital (la misma que utiliza su doble diegético) sino poniendo en escena todas las formas de representación del mundo contemporáneo y mediatizado: el cine, las redes sociales, los blogs, la televisión. Si bien el celuloide ya no pude consumirse en llamas a causa de la fragilidad del medio analógico como sucedía en Two-lane blacktop, la problematización de la imagen no se ve afectada por su carácter digital, al contrario, despliega nuevas formas de indagación sobre la representación, no ya en sus límites sino en su multiplicación; que, a pesar de la proliferación, es también una forma liminar sobre la capacidad de anclar la realidad en su expresión simbólica.

En Road to nowhere conviven diferentes niveles de la representación, tres fuentes capaces de crear universos que contienen historias aparentemente dispuestas como una sólida estructura en abismo: la película de Monte Hellman, que contiene la película Mitchell Haven, que a su vez se basa en el fraude fiscal y la muerte simulada de Velma Durán y Rafe Tachen que es recuperada a través de un blog por una periodista amateur. Decimos aparentemente porque los distintos niveles se contaminan entre sí obturando la distinción entre el hecho y la narración, distancia insalvable pero también redentora de la narración-representación, porque en la imposibilidad de acceder de manera pura a lo real cada uno de los niveles entran en conflicto por ocupar su lugar.

La película se inicia con la introducción de un DVD en la lectora de una computadora portátil, sobre su superficie se lee Road to nowhere. Enmarcado en los límites del monitor aparece el primer plano de la película a medida que un zoom hacia la pantalla logra que la obra de Monte Hellman deje lugar a la de Mitchell Haven, que ahora sí ocupa toda el cuadro. Como una forma de flashback contemporáneo también deja lugar a la evocación del rodaje de la película, porque es allí el centro desde donde surge el desequilibrio del relato, como si no pudiese ser en otro lugar más que en aquel donde se generan las imágenes, donde el dispositivo se hace presente y revela su presencia pre-representacional.

La habitación del comienzo donde se da play al DVD, tiempo presente (aunque acechado por el pasado), reúne a la creadora del blog y a su director Mitchell Haven en una entrevista. Allí se indaga sobre el pasado y es el único punto fijo sobre el que parece poder sostenerse la telaraña de representaciones para volver a recuperar el sentido. Sin embargo una escena es clave, Mitchell Haven está en un bar, se acerca al equipo de música y elige una canción que suena en todo el salón. Por corte directo volvemos al presente, la canción sigue sonando como si saliese de la computadora donde estaban viendo la película, aunque narrativamente esa escena no pertenecía a la ficción sino a un hecho del pasado durante el rodaje. El relato sigue su curso pero ya resulta imposible confiar en esa estructura de cajas chinas en la que supimos depositar nuestra seguridad en algún momento, expectantes por devolver el sentido, rearmar cada uno de los recipientes contenedores de historias, organizar cada una de las dimensiones temporales.

La sentencia final se produce con el registro del asesinato del detective contratado por la empresa aseguradora para seguir investigando el crimen incluso durante el rodaje. Él es otra figura más, que en la vertiente más clásica del noir, intenta la misión siempre frustrada de atar cabos para retornar a un orden pasado, acción frustrada porque éste siempre quedará trastocado. Mitchell Haven le dispara y filma su muerte, la cámara recorre el espacio y descubre que él también está siendo filmado por el equipo de filmación.

Nuevamente nos encontramos en la sala del principio, pero en esta ocasión descubrimos que es la celda de una prisión. La autora del blog apaga la cámara (otra cámara más) con la que estaba realizando la entrevista y se retira. Mitchell Haven queda solo en la celda con la mirada perdida en el espejo mientras la imagen se cierra sobre una fotografía de Velma Durán acercándose hasta que el rostro se abstrae en el detalle. Los Angeles, el imperio de lo falso y las apariencias -pero también el de las historias infinitas-, el mismo universo que supo capturar David Lynch en Mulholland Dr. (1999) y en Inland Empire (2006), se devela siniestro cuando la ficción resulta insuficiente. Lo último que queda es el esbozo de una sonrisa impresa en una fotografía sobre la pared, imagen congelada y desintegrada al perder su relación con la totalidad.

Publicación: Noviembre 2011

Dirección: Monte Hellman

País: Estados Unidos    
Año: 2010
Formato: HD
Color: Color
Duración: 121 min
Fecha de estreno: 10 de septiembre, 2010
Guión: Steven Gaydos
Fotografía: José María Civit
Montaje: Céline Ameslon
Producción: Monte Hellman, Melissa Hellman, Steven Gaydos
Reparto: Cliff De Young, Waylon Payne, Shannyn Sossamon, Tygh Runyan, Dominique Swain
Música: Tom Russel

Monte Hellman