Pepe el Andaluz, de Alejandro Alvarado Jódar y Concha Barquero Artés

Las memorias en la memoria

Pepe el Andaluz, de Alejandro Alvarado Jódar y Concha Barquero Artés

 

En respuesta a mi amigo Sebastian Wiedemann

A pocos días de acabarse el 2012, a través de reflexiones epistolares, le escribía a mi querido amigo Sebastian:

“¿Qué es la Ausencia? ¿Qué es la Presencia?
ausencia.
presencia.
instancias de la memoria, ambas. construcciones cognitivas,
emocionales, físicas, imaginarias. deconstrucciones, que comienzan a
borrarse, a desfigurarse, al igual que una carta escrita en tinta bajo
las primeras gotas que alegraran el patio del pintor Antonio López.

(…)

la presencia y la ausencia. somos presentes y ausentes. no lo somos, y también. (…)

A lo que mi amigo, con su encantadora introspección, me confiesa:

“(…) como es difícil definir estados que se abrazan tanto, que en silencio se unen y se susurran mientras juegan a las escondidas el uno con el otro. Ausencia/presencia, ¿acaso su relación no define la materia como memoria que persiste y dura en la coexistencia de los tiempos? Hay una cara visible y una por venir, ¿acaso la ausencia no es la potencia de eso por venir, no es el fulgor que hace vibrar eso visible, que mueve, se mueve y cambia porque la ausencia nos penetra y penetra lo visible por la espalda? ¿Acaso se trata de aprender a olvidar el olvido, pues se recuerda la ausencia que no ha sido y será mientras lo visible fugazmente pasa? Ausencia/presencia, movimiento sin nostalgia, movimiento de los recuerdos de un porvenir. la memoria que se afirma y no se enquista en la detención de un "pasado", ausencia dicha, evanescencia vaporosa que hace ver lo que aún no tiene forma. Sólo digo, sólo siento, siento imágenes, pienso en voz alta... ausencia/presencia. Y recuerdo que a la hora de recordar imágenes cine de mi memoria personal, sólo he podido recordar imágenes de una memoria impropia, imágenes de un pasado que nunca existió y que en su ausente existencia, hacen presente una memoria aún más propia. (…)

Todavía no he sido capaz de responderle. Y quizás, gracias a que sus palabras me ayudaron a reflexionar sobre el documental Pepe el Andaluz, pueda contestarle mediante esta crítica.

La memoria individual, conformada por las figuras de la ausencia y la presencia, está ligada intrínsecamente con otras memorias —familiar, colectiva, social—. La memoria individual, en su afán por recordarlo todo con digna lucidez, se configura temporalmente entre fragmentos diversos. Y todo ellos, sin importar verdaderamente su origen, se amparan en ese mismo espacio, se cobijan en comunión. Y allí se quedan.

¿Cómo empezar a construir la memoria de un ser íntimo[1] al que no conocimos —y que probablemente no lleguemos a conocer—? ¿Cómo construir una memoria, cuando la mayoría de sus piezas son ausencias? Podríamos acudir a sus seres queridos, que atesoran objetos físicos, recuerdos, palabras gastadas, verdades ocultas. Pero no alcanza. También depende de uno mismo cómo articular todas las ausencias y presencias que ponemos sobre la mesa, para ordenarlas, para darles vida y comprender con respeto que, entre nuestras manos y deseos, damos forma a la frágil memoria de ese ser íntimo.

Todo este esfuerzo, cansancio y satisfacción, se descifran en el anhelo de aliviar el alma de un ser querido —¡queridísimo!— y, claro, a nosotros mismos. ¿Porque, en definitiva, qué significaría la vida sin los encuentros compartidos con los seres que amamos? ¿Qué significaría hacer cine, ver cine, reflexionar sobre cine si no fuera por aquellos impulsos vitales, por aquella vehemencia singular?

¿Cuál es el impulso vital de Pepe el Andaluz? Impulso extenso, inacabable, que tanto Alejandro Alvarado Jódar y Concha Barquero Artés compartieron durante diez años —el tiempo que les llevó realizar esta obra maestra—. Impulso que cobró mucha más fuerza al haberse estrenado en Argentina[2], país que Pepe escogió[3], desafiando a la memoria que su familia malagueña podía conservar de su persona, abandonando a su esposa María —abuela de Alejandro— y a sus tres hijos, Pepín, Chelo y Mari Carmen. Pero que Pepe resulte una ausencia en las vidas de sus familiares no significa que asimismo no pueda devenir presencia. Y terminó siendo una presencia tangible: la familia de Alejandro sufrió una diáspora, alejándose físicamente entre sí. Sin embargo, hay una diferencia mayúscula: el amor que se tienen los mantiene unidos, de tal manera y con tal brío que, en el filme, Alejandro y Concha muestran dos celebraciones y, en ambas, la familia se reúne en Polonia, donde actualmente vive su tío Pepín. Salvo su tía Chelo, quien quiso ser azafata y acabó viviendo en Colombia. Ella fue la única de los tres hermanos que tragó saliva y decidió viajar a Buenos Aires para enfrentar a su padre. Sin decir una palabra, ambos comprendieron quién era cada uno y qué grado de involucración tenían en sus vidas individuales, apartadas. Luego, el tema para Chelo quedó enterrado. Pero, algo prevalece: en los gestos, en la forma de pensar, en la angustia, en la nostalgia, en las decisiones tomadas o descartas, en la manera en que se gira la cabeza para no ver ciertas cosas, o bien, para aproximarse con más atención a algo o alguien que nos ayuda a seguir.

Las marcas de la ausencia/presencia (se) signan a través del tiempo, manifestándose diversamente. A todos nos interviene, a todos nos toca y atraviesa. Cathy, la prima de Alejandro[4], vive en Canadá hace más de quince años. Si bien ella logró formar la familia que sus abuelos y padres no consiguieron, la ausencia/presencia de su abuelo prevalece en sus cavilaciones, cada día. Cathy verbaliza frente a cámara una de ellas: “Si uno quiere verdaderamente un cierto modo de integración, debe quedarse, debe poner raíces en un sitio. Son como dos fuerzas: hay una fuerza que te da el coraje de ir hacia adelante, de seguir, de adaptarse, de integrarse, de aprender un idioma, de aprender cómo funcionan las cosas, en otro país. Bueno, yo sé que todo eso me da mucho éxito, pero al mismo tiempo, es una desesperación, porque siento en mi cuerpo que yo no soy de aquí. Yo no soy de aquí. Y nunca lo seré”. Esa cavilación no sólo es abstracta, cala en su piel, en sus tejidos, en sus células.

Una memoria social —la Guerra Civil Española, luchar en el cuerpo de Regulares, algunas deudas con la ley, haber abandonado vidas otrora— habilitó a Pepe a tomar rienda suelta a su naturaleza: ser un pícaro trotamundos, un casanova —como lo define su hija Mari Carmen—, cuya única certeza radica en “ser de ningún lugar”. En una de las conversaciones profundas entre Alejandro y su abuela María, ella le confiesa que Pepe hizo una chaladura, una locura, no habiendo sido en realidad su culpa. María no es capaz de expresarlo, porque “Si te cuento todo, todo, todo, todo, todo… vamos a llegar a un momento muy terrible, Alejandro”. La chaladura sale a la luz, pero a través de la decisión de los cineastas de revelarla. La relata la voz de Alejandro, la voz ausente[5] que teje las voces de todos, ya presentes.

A medida que los elementos de la memoria de Pepe se van articulando, simultáneamente los seres queridos de Alejandro van perdiendo capas de la conciencia —en tanto barrera que imposibilita acceder a verdades adormecidas en el inconsciente—, van desnudando robustas autenticidades. El dispositivo cinematográfico se convierte en una prolongación del impulso de Alejandro y Concha y, en términos de anatomía, la prolongación corporal que ambos brindan es su corazón. El dispositivo pues, late, y cada vez con mayor intensidad. Hay tres situaciones épicas concebidas y registradas en el filme. La primera: Pepín, con sus ojos humedecidos y su voz quebrada, cuenta una verdad que jamás pronunció:

Alejandro: “¿Tú crees que ella (María) debería haber reiniciado su vida con otro hombre?

Pepín: “Mira, eso para mí creo que hubiese sido muy fuerte y no sé si yo lo hubiera aceptado. Yo creí que cuando era pequeño, mi madre era mía”.

Alejandro “¿Y ahora?”

Pepín: “Bueno, ahora claro, sigue siendo mía, pero ahora comprendo que quizá hubiera sido mejor para ella”.

Alejandro: “¿Sí?”

Pepín: (Asiente con la cabeza).

Alejandro: “¿Te sientes un poco culpable?

Pepín: “Sí. Nunca lo he hablado con nadie, y ahora es la primera vez que más o menos lo estoy diciendo. Yo me he prestado a este juego, porque siento la necesidad de hablar con alguien sin esconder nada. Y eso para mí es muy importante”.

La segunda: momento que anuncia que Alejandro y Concha deben comenzar a recopilar las propias ausencias/presencias de Pepe, sin contar ya con las memorias de sus seres queridos. El rostro de su abuela María en primer plano, y la voz en off de Alejandro interrogándose a sí mismo: “No sé si seré capaz de quitarte todo este peso de encima”.

La tercera: María, antes de que Alejandro partiera con Concha a Buenos Aires a terminar de juntar las piezas de esta memoria incierta[6], se acerca a él y a la cámara, para susurrarle: “Si veis al abuelo, le dices que yo le perdono todo. Adiós. Buen viaje”.

Pepe el andaluz

Al desnudarnos, nos encontramos con nuestro propio cuerpo, con nuestra propia sensibilidad. Nos desnudamos en ámbitos privados[7], reservamos nuestra intimidad. La memoria actúa de una manera similar. A veces —casi siempre—, debemos sentirnos muy cómodos, porque empezaremos a desvestirla y tendremos que hacerlo con cuidado. Y cuando la memoria se desnuda, felizmente, llegaremos a un estado de autonomía supremo. Aquí, en Pepe el Andaluz, todos —inclusive el dispositivo— lo alcanzaron. Y no es porque Alejandro y Concha hayan descubierto la “verdad” sobre las ausencias/presencias de Pepe, todo lo contrario. Supieron articular de manera contundente las memorias de cada ser querido, mediante acciones lúdicas, supieron construir la memoria de Pepe en la cual todas las memorias están presentes. Porque ninguna es más válida que otra. Lo que ellos hicieron con tanta dedicación fue organizar una memoria en la que la balanza de ausencias y presencias fuese más equilibrada. Y ese equilibrio permitió aliviarlos.

¿Qué podría ser lo más pregnante de un ser humano? Su voz. ¿Por qué, se preguntarán[8]? Porque es lo primero que olvidamos cuando ese ser no está más. Y, al escucharla, algo de su persona se vuelve palpable. Alejandro y Concha acercaron vocalmente a dos personas que jamás se conocerán. A una de ellas, le regalaron su memoria familiar y le devolvieron su voz. La última palabra vuelta canción. La última necesidad vuelta estribillo.

 

Fotos: Gentileza de Alejandro Alvarado Jódar y Concha Barquero Artés

 

Notas

[1] A priori, querido.

[2] Durante el 27° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.                  

[3] O bien Argentina lo escogió a él, con su particular semejanza con el rostro de Enrique Santos Discépolo.

[4] Como expresa en el filme, “Cathy siempre fue mi prima más cercana, a pesar de la distancia que nos separaba”.

[5] La voz de Alejandro siempre está en off —salvo en cierto pasajes— estructurando el discurso del documental.

[6] El viaje porteño resultó ser prodigioso. En esta ocasión, contaré solamente una anécdota sobre el día del estreno del documental: una tía de Ing. Maschwitz (localidad del partido de Escobar, en la provincia de Bs.As.) estaba presente en la sala. Cuando lo vean, entenderán la emoción que provocó en el público (incluyéndome, claro).

[7] Las varias excepciones que se le ocurran al espectador quedan descartas, no vienen al caso.

[8] Quizá no.

 

Publicación: Febrero 2013

Título original: Pepe el Andaluz
Origen: España
Año: 2012
Duración: 83´ Color: Color – B&N Formato: DM
Dirección: Alejandro Alvarado Jódar, Concha Barquero Artés
Guión: Alejandro Alvarado Jódar, Concha Barquero Artés, Josetxo Cerdán Los Arcos
Fotografía: Alejandro Alvarado Jódar, Concha Barquero Artés
Dirección de Arte: Alejandro Alvarado Jódar, Concha Barquero Artés
Edición: Alejandro Alvarado Jódar, Concha Barquero Artés, Esteban Wiaggio
Sonido: Alejandro Alvarado Jódar, Concha Barquero Artés, Carlos del Castillo
Música: Freesound Project
Producción: Alejandro Alvarado Jódar, Concha Barquero Artés
Compañía Productora: Alvarquero
Participan: María Ramírez, Chelo Jódar, Pepín Jódar, Mari Carmen Jódar, Ana María Jódar