Más corazón que odio (The searchers), de John Ford

Ford siempre llama dos veces

Más corazón que odio (The searchers), de John Ford

Si hay un género cinematográfico que sabe cuando despedirse, reconociendo que ha llegado su hora de partir, ese es el western. El cierre definitivo de la última era del western fue marcado contundentemente por quien había sido el ícono del spaghetti western: Clint Eastwood, con Los Imperdonables (Unforgiven, 1992). Con esa obra maestra una persiana se bajó, ya no habrá directores que den su vida por el género, que incansablemente vuelvan una y otra vez a los terrenos desérticos para rodar una de cowboys.

Anteriormente, le tocó a Sergio Leone concebir la despedida de la variante spaghetti. En Érase una vez en el Oeste (Once upon a time in the west, 1968) no sólo el personaje principal es una mujer (la bella Julieta Cardinale), sino que los forajidos de siempre, los buenos, los malos y los feos, tendrán una participación fantasmática: harán lo que tengan que hacer, saldarán sus cuentas y se irán. Ya no tendrán lugar en este nuevo mundo civilizado, marcado por las férreas vías del tren y su consecuente progreso.

En la forma clásica del género, Ford decidió comenzar su film Un tiro en la noche (The man who shot Liberty Valance, 1962) con el icono máximo del género en un ataúd: John Wayne yace muerto ante la mirada compasiva y nostálgica de James Stewart, quien logró quedarse con la chica. La diplomacia, la torpeza, el carisma, son habilidades que empiezan a ganar preponderancia frente a la rudeza, la destreza física, la tozudez. Ya no habrá lugar para ellos.

En 2015, la puerta del rancho de los Edwards se abrirá nuevamente y veremos en la lejanía, junto con Martha, regresar una vez más a Ethan. Esa misma puerta que se cierra sobre el final de Más corazón que odio (The searchers, 1956) es abierta nuevamente a partir de la iniciativa de TCM de reponer algunos clásicos (de criterio variado) en las multisalas de cine. Esto implica, quizás, el soportar cierto olor a queso fundido o los sonidos de pochoclo crujiente tan habituales de esas salas. Pero aun así esa apertura es, y no solo para los que tenemos una debilidad por el género, un motivo de inmensa felicidad. Esa puerta no es otra cosa que un portal hacia un tiempo que no volverá jamás: ya no habrá más Fords, más Hawks, más Hathaways; pero somos nosotros los que podemos volver a ese tiempo que se ubica allá en la lontananza.

Claro que, en el mejor de los casos, The searchers se exhibirá un par de semanas y la puerta volverá a cerrarse, así como el portal, para recordarnos que nuestro lugar se ubica de este lado de la puerta, que John Wayne siempre nos quedará del otro lado. Sin embargo, después de las despedidas viene el regreso, y este no necesariamente se da tan claramente como cuando vemos a Ethan Edwards posando en el marco de la puerta, en un interior completamente en negro y un fondo de inimaginables colores. A veces, los regresos se dan de formas variadas e impensadas. Si bien Ford, Eastwood y Leone concibieron sus respectivas despedidas, las resonancias de sus obras maestras nos llegan hasta hoy.

Aunque el concepto de viaje es habitualmente asociado a las road movies, siempre que se decida emprender un recorrido con un objetivo de dudosa realización, en donde la palabra claudicar esté plenamente ausente, nos será licito recordar la incansable empresa de Ethan Edwards y Martin Pawley. Incluso ese épico viaje que emprende el anciano vaquero en Una historia sencilla (The straight story, 1999)será también la última andada de Richard Farnsworth, actor que bien conoce el western desde dentro—, lo podemos asociar a la tozudez de nuestros dos amigos, así hayan pasado incansables años. O también su prima-hermana, Nebraska (2013), nos podrá rememorar no sólo el viaje, esta vez con un deseo más egoísta (cobrar un suculento “premio”), sino también la idea de acompañar al otro: si bien Martin Pawley deseaba tanto como Ethan recuperar a la pequeña, a la par su deseo era estar cerca de Ethan, aprender de él. Similar situación a la del hijo del anciano de Nebraska, que sin compartir su objetivo poco cuerdo sabe que lo importante a la hora de emprender un viaje es estar al lado de. Y cuando ese viaje está ubicado sobre el desierto suelo texano, como en Paris, Texas (1984), los ecos del megaclásico de Ford podrán escucharse. Si bien en estos tres film los objetivos son menos claros, más propios de nuestros deseos y patologías contemporáneas, podemos pensar que en ese andar por un camino largo e incierto, se pueden observar las huellas de los antecesores.

En lo mencionado respecto al rol del acompañante, me arriesgaría a decir que Ford se distancia de Eastwood y Leone, quienes mayormente supieron tejer héroes solitarios, que incluso podrían prescindir de comunicar su nombre. En The searchers como en otras obras de Ford, como 3 Godfathers o The man Who shot Liberty Valance— encontramos la idea de la amistad, de la deuda eterna hacia el otro, aunque usualmente disfrazada de aparente rudeza o burla hacia el personaje más débil. Elemento recuperado por el western contemporáneo (¿post-western?) en dos magníficas cintas: Open Range (2003) de Kevin Costner y Appaloosa (2008) de Ed Harris. Pero siempre que surja la amistad, sin importan género, por encima de cualquier otro valor como en Gerry (2002) de Gus Van Sant, las caminatas de Ethan y Pawley no habrán sido en vano.

De similar manera, cuando se decide concebir la creación de un personaje que responda a la idea de “terco, con valores propios que no está dispuesto a resignar, que siempre sabe bien lo que hace, pero en el fondo es un buen tipo” el fantasma de Ethan estará merodeando. Esto incluso lo podríamos vislumbrar en los personajes que interpreta Ryan Gosling en las cintas de Nicolas Winding Refn, Drive (2011) y Only God Forgives (2013). Pero también, sin importar director o género, cuando esa aparente coraza que en los primeros momentos exhibe el personaje principal cede a su incondicional humanismo, estaremos ante un elemento típico fordiano.

El western, tal como lo supimos conocer, se ha ido en una eterna cabalgata de la cual difícilmente regrese. En momentos como este, gracias a su reposición, el haz del proyector dará vida nuevamente a la joya de Ford. Pero no únicamente tendremos que esperar a que Martha abra la puerta; John Wayne, a través de Ford, siempre estará detrás de esa puerta de madera, en donde, de tanto en tanto, podremos escuchar que golpean. Sólo tendremos que estar atentos a los ecos de sus golpes.

Publicación: Febrero 2015

Título en Argentina: Más corazón que odio (Centauros del desierto en España)
Título original: The Searchers
Origen: EE.UU. Año: 1956. Duración: 119 minutos
Dirección: John Ford.
Guión: Frank S. Nugent (Novela: Alan Le May)
Montaje:
Jack Murray
Fotografía:
Winton C. Hoch
Dirección artística:
James Basevi y Frank Hotaling
Música:
Max Steiner
Intérpretes
: John Wayne, Natalie Wood, Jeffrey Hunter, Ward Bond, Vera Miles, John Qualen, Olive Carey, Henry Brandon, Ken Curtis, Harry Carey Jr., Hank Worden, Walter Coy
Estreno en Argentina: 19 de julio de 1956.
Reestreno en Argentina: 26 de febrero de 2015.

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