Mãe e Filha (2011) de Petrus Cariry

Las ausencias tangibles


Por Geraldine Salles Kobilanski

 

Observo, compongo las escenas
como si fuesen lienzos,
pinturas bordadas por sombras y luces, 

Petrus Cariry

El film Mãe e Filha del director brasileño Petrus Cariry, fue uno de los representantes del cine actual latinoamericano dentro del marco del 26º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. El film es una de las apariciones más seductoras y refrescantes de este último año. Seductora, porque al ser rescatado el nordeste brasileño a través de su estética semiárida, Cariry lleva a cabo una re-semantización del origen de Brasil. Su film despierta emociones que logró sentir y expresar Georges Méliès gracias a su truco “el paso de la manivela”, o bien cuando Isidore Isou presagió a través de su film Tratado de baba y de eternidad el movimiento que, años más tarde, se denominaría Nouvelle Vague. Refrescante, porque nuevas lecturas sobre el cine se introducen en fotogramas, los cuales nacen en la ciudad fantasma de Cococi, una ciudad olvidada, habitada por ausencias que se corporizan en imagen y palabra, en pintura y movimiento. Una ciudad en la que se celebran la vida, la muerte y la resurrección.

Destacado por sus multipremiados cortometrajes, Maracatu Fortaleza (2001), Dos Restos e das Solidões (2006), O Som do Tempo (2010), entre otros, Petrus Cariry dirige en 2007 su primer largometraje O Grão. Al filmar su segundo largometraje Mãe e Filha (2011), el director alcanza profundizar su estética en una fusión artístico-dimensional.

Haber descubierto a un director de cine que logra señalarnos un camino autoral y metafísico, el cual converge en una sinestesia cinéfila, es digno de festejar. Festejemos entonces, y en esta ocasión, el film Mãe e Filha que nos interpela mediante la relación recíproca de ausencias-presencias.

Tras el alejamiento de un tiempo emocional inagotable, la hija regresa a ver a su madre en la ciudad de Cococi para que conozca a su nieto. Al anochecer, la hija llega y casi en la penumbra la madre lo recibe en sus brazos. La hija le anuncia que el bebé ya está fallecido. La madre, no obstante, decide que su nieto reciba su prometido bautismo.   

El film está conformado por tres personajes: la madre, la hija y el nieto. Dos personajes que están vivos, un personaje que está muerto. Dos personajes ausentes y un personaje presente. Quien articula y desarticula las relaciones entre ellos es un personaje que no es citado en los créditos, pero que se percibe desde el inicio. El cuarto personaje es la ausencia.

Laura, la madre, bautiza a su nieto con el nombre de Antonio, el mismo nombre de su marido, sujeto ausente carnal y espiritualmente, quien vive o sobrevive en el recuerdo perenne de Laura. Alguien que se fue de su hogar hace ya un tiempo olvidado entre el polvo de las calles de tierra.

La madre y la hija emiten vocablos tímidos. Un lazo de vacío sentimental entre ambas revela un profundo cariño estropeado. La hija le propone que la madre se vaya con ella a la ciudad, allí donde pudo armar su vida. Pero la madre no acepta; ella ya tiene su hogar, su ciudad, su familia, porque existen intactos en su recuerdo, en su memoria. La madre habita una realidad distinta a la de su hija. ¿En qué cronotopo sobrevive Laura, en un tiempo y un espacio en el que la presencia de Antonio (marido y nieto) es real, en el que las ausencias vagan en otra dirección, en donde el movimiento se ralentiza para coagularse en pintura?

El movimiento de los planos, densos y abrumadores, significa pictóricamente la vida. A modo de un “lienzo fílmico”, el tiempo y el espacio se espesan, como si el movimiento lograra secarlos. La escena del caballo en primer plano se solidifica a medida que el movimiento se ralentiza, y las pinceladas al óleo se vuelven más nítidas, pregnantes. El caballo trota hasta finalmente detenerse, por una fuerza ajena, pero su ausencia queda eternizada a través de la presencia plástica. El estatismo pictórico de los planos de conjunto de los vaqueros se encuentra más allá de una condición tangible. Habita una extensión metafísica en la que el espectador permanece racionalmente acéfalo, empero comprende a través de los sentidos, de la sinestesia. La presencia irrenunciable del nieto se vuelve orgánica, cuando la hija empieza a sentir la fetidez del cuerpo al entrar en la segunda etapa del proceso de descomposición, o cuando pasan los días y la madre lo recuesta en la hamaca y lo protege con un tejido delgado y transparente.

La presencia de los personajes se desdibuja en su realidad diegética. El espectador, posiblemente perturbado, confunde las presencias en el momento en que una gallina real es degollada a través de la ficción. La gallina permanece en un plano medio-corto inmóvil, pintando su propio lienzo, eternizando su propia ausencia.

Cariry nos envuelve en una poética vital, semejante a la estética de Carl Theodor Dreyer. Él también intenta despertar a Inger, en el film Ordet (1955), tras das a luz a su hijo y perder la vida. Inger logra despertarse milagrosamente a través de la palabra.

¿Cuál es la palabra? El director brasileño logra descubrirla –pocos lo han hecho-. A partir de la confluencia lúdica entre pintura y cine, materializa las emociones de la vida y la muerte, del pasado redescubierto, de la inconmensurable relación entre ausencia y presencia, de los sentimientos que reposan en lontananza.

Publicación: Enero de 2012

ficha técnica

Título original: Mãe e Filha
Dirección: Petrus Cariry
Guión: Petrus Cariry, Firmino Holanda, Rosemberg Cariry
Producción: Teta Maia, Petrus Cariry, Bárbara Cariry
Fotografía: Petrus Cariry
Música: Hérlon Robson
Sonido: Érico Paiva, Petrus Cariry, Yures Viana
Dirección de Arte: Lana Patrícia
Montaje: Érico Paiva
Intérpretes: Zezita Matos, Juliana Carvalho
Duración: 80 minutos
Color: Color
País: Brasil
Año: 2011
Estreno en Argentina: 05 de Noviembre de 2011 (26º Festival de Cine de Mar del Plata)