Las razones del corazón, de Arturo Ripstein

Hasta los confines de la desgracia

Las razones del corazón, de Arturo Ripstein

El amor, creía ella, debía llegar de pronto, con grandes destellos y fulguraciones, huracán de los cielos que cae sobre la vida, la trastorna, arranca las voluntades como si fueran hojas y arrastra hacia el abismo el corazón entero. No sabía que, en las terrazas de las casas, la lluvia
hace lagos cuando los canales están obstruidos (...)

Flaubert

Las razones del corazón (2011), dirigida por Arturo Ripstein y guionada por Paz Alicia Garciadiego, es una versión libre de Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1857) —llevada al cine anteriormente por directores como Jean Renoir, Claude Chabrol o Manoel de Oliveira—, abarca los capítulos que van desde la debacle física y espiritual de Emma Bovary hasta su suicidio, y surge del interés en trabajar sobre el recuerdo, sin hacerlo minuciosamente sobre el texto.

Un edificio de puerta rotunda, pasillos largos y escaleras angostas es el escenario único de este melodrama excesivo y lacrimógeno. La casa está recargada por cortinas pesadas, basura y comida sin refrigerar, es un cúmulo que se asemeja al estado de los personajes y explota progresivamente en la imagen.

El espacio es asfixiante, en algunas escenas parece una cárcel o un hospital; los pasillos largos que en su profundidad dejan ver las puertas de los departamentos— cerradas, silenciosas y sin vida— potencian dos opciones: innumerables dramas que aquí no se pondrán en escena o la profunda soledad y el vacío que exacerba el drama que sí tiene lugar.

Desde la secuencia inicial se prefigura el personaje de Emilia, el contexto en el que vive y los conflictos que despuntarán conforme avance el relato. Ella se mira en el espejo, aprieta la imagen que éste le devuelve, se toca la cara, se estira, se levanta la piel caída. Los espejos, reflejos e imágenes que tiene de sí misma, de sus proyectos pasados y de lo que quiere siempre se verán deformados por su ánimo; es infeliz y no logra sobrevivir en un ambiente que la disgusta, no acepta conformarse, pero al mismo tiempo aquel lugar depositario de su posible felicidad, su amante Nicolás, tampoco le es recíproco. Emilia le asegura a Isabel que se puede querer sin preocupación, angustia o dolor, aunque esa es la forma en que ella manifiesta su amor por Nicolás o incluso por sí misma.

El encuentro con el vecino lúbrico que la aborda tras el largo lamento en la azotea refuerza el estado de Emilia que, en lugar de seguir llorando por el rechazo de Nicolás o resolver sus mentiras o caos, prolonga su humillación y su necesidad insalvable de afecto: va al departamento de él, se entrega pasivamente y le regala los zapatos que inicialmente eran para su amante.

La relación con Javier, el marido, se observa sobre todo en lo que Emilia oculta, en lo que no le cuenta y esconde en algún armario o bajo la cama. Hasta cierto punto podríamos pensar que el personaje de Javier no está totalmente desarrollado, no obstante, cuando en el final se desvele el adulterio de su mujer, sabremos que la pasividad de Javier o aquello que ve o acepta es absolutamente deliberado: como Emilia, también se construye o anhela una realidad distinta.

En la medida en que Emilia deposita su vida siempre en Otro, en su capacidad o no de dotarla de felicidad y magia, su posibilidad de bienestar fracasa. Fagocita a quien la rodea hasta el hastío y lo hace porque ella misma está aburrida o vacía. Es imposible vislumbrar sus intereses, éstos sólo aparecen en función de la conquista de su amante, y en ese sentido no puede aceptar que él tenga ganas de hacer algo más que quererla o acostarse con ella.

Javier se comporta cariñosamente con su familia, pero es pasivo y tibio respecto al caos en el que viven; como Emilia e Isabel, termina comiendo sobre las migajas y restos acumulados durante días. Parece no saber nada e incluso llega a confesarle a Nicolás que cuando lo escucha tocar el saxofón desearía ser como él y hacer cosas lindas. Todo se quiere esconder bajo la alfombra, pero en definitiva allí ya no hay lugar y el caos aflora a la superficie. La forma en que Emilia y Javier dimensionan sus vidas es desproporcionada, para ella es un infierno, para él es la vida real, en la que todos se conforman. De alguna manera, él intenta manipular el drama de su mujer desde su supuesto no-saber, tratando de apaciguarlo, olvidar y perdonar en silencio; pero así como la actitud de Emilia puede molestar al espectador, el silencio de Javier no es menos violento.

La protagonista se humilla y arrastra, la cámara nos lo muestra a través de súplicas de dinero o amor proferidas al ras del suelo. Lo más irónico es que aun el vecino, uno de los personajes más bajos del film, la rechaza: “me da lástima su marido, que vive con una que hasta tarifa tiene”.

Los reiterados reclamos nunca son atendidos, Emilia enciende la radio o canturrea “No oigo, no oigo, soy de palo, no oigo, no oigo, soy de palo”; esa actitud infantil o negadora aparece en toda la película. Sin obligaciones ni límites, lanza a los otros —incluso a su hija— la responsabilidad que ella no asume. Llama por teléfono a Nicolás y le asegura que no es una niña, pero lo persigue desoyendo sus razones o anteponiendo las que a ella le explotan dentro; no por casualidad el epígrafe del film es “El corazón tiene razones que la razón desconoce” (Blaise Pascal). De todos modos, la actitud de Emilia no es la de un infante inocente sino que está en el orden de una patología adulta. Como momento ejemplar de lo antedicho: cuando le embargan los objetos de su casa, se levanta el camisón y hace pis en el piso del living, como un retorno a ciertos traumas que ya no le permiten controlarse o porque en los albores de la muerte ya no le es necesario hacerlo.

Como el personaje de la novela original, Emilia se suicida. Emma Bovary lo hace con arsénico, ella con un raticida, un pinche matarratas, como dice antes de tomarlo. Es que ni su vida, ni su adulterio ni su muerte son vivenciados con grandeza. Si la novela de Flaubert genera un discurso crítico sobre la sociedad burguesa de la época, esta película se enmarca dentro de una coyuntura bien mexicana, es decir, melodramática y machista. Aun considerando las diferencias temporales y culturales, el problema vertebral perdura con vigencia: la insatisfacción es crónica, los planos de la ilusión y de la realidad no logran conciliarse.

El blanco y negro, la puesta en escena compacta y por momentos teatral, los pocos personajes, los extensos planos-secuencia que los asedian, los contrapicados y los planos que en muchísimos casos están a la altura de la cintura e incluso cerca del piso, incrementan la atmósfera de asfixia y miseria humana que recubre toda la película. Al mismo tiempo, los espacios húmedos, el uso de lo líquido, potencian la sordidez de la situación; observable en los pisos que limpia la portera o en la azotea, en la imagen de Emilia llorando bajo la ducha, en la incontinencia urinaria que connota un sobresalto emocional y/o una ironía de protesta infantil, o en esa bañera rebosante de agua en la que Javier la encuentra agonizante. A sabiendas del adulterio, en lugar de llamar a una ambulancia va en busca de Nicolás para que ella libere su pena, para que lo haga, en definitiva, en el plano de la ilusión. Tal es así que la imagen de su muerte se materializa en la virtualidad del espejo.

El espacio se modifica, la mesa del comedor deviene ritual de velorio y todos los personajes la rodean entre el lamento y la expectación. Como si su muerte disipara el caos, la casa reaparece limpia y despojada; Javier ordena inútil y meticulosamente algunas cosas y cierra la puerta. La cámara permanece atrapada en el interior y avanza sobre la sábana arrugada que cubría el cuerpo. La mirada final no es redentora, los personajes desaparecen de campo pero la clausura de la representación prolonga el drama en un estado de sofocación y encierro cristalizado en un plano puro y nada apacible, en un resto azorado de la insatisfacción humana.

Publicación: Enero 2012

Título original: Las razones del corazón
Año: 2011
Origen: México y España
Duración: 139 min.
Dirección: Arturo Ripstein
Guión: Paz Alicia Garciadiego sobre Madame Bovary de Gustave Flaubert
Música: David Mansfield
Fotografía: Alejandro Cantú
Montaje: Alejandro Ripstein
Sonido: Armando Narváez, Carlos Cortés Navarrete, John Camino, José Caldararo, Leandro de Loredo, Luis Argüelles, Omar Juárez, Sebastián Sonzogni
Reparto: Arcelia Ramírez, Vladimir Cruz, Plutarco Haza, Patricia Reyes Spíndola, Alejandro Suárez, Pilar Padilla, Paola Arroyo, Carlos Chávez, Eligio Meléndez, Marta Aura, Horacio García Rojas, Harold Torres, Piedad Montero, Norma Pablo
Producción: Wanda Films, Ibermedia y Mil Nubes-Cine
Producción ejecutiva: Hugo Espinosa
Distribución: Wanda Visión S. A.
Maquillaje: Carlos Sánchez, Maribel Romo
Vestuario: Alfredo Martínez Laura García de la Mora