LA ARAÑA VAMPIRO, de Gabriel Medina

El cuerpo del miedo

La araña vampiro, de Gabriel Medina

La araña vampiro, segundo largometraje de Gabriel Medina, dialoga con distintos géneros cinematográficos y con ninguno a la vez. Un jaspeado de rasgos fantásticos, cómicos, aventureros e incluso de suspenso pareciera constituir el film. Pero tratemos de no ceñirnos a las limitaciones que nos imponen las categorías. El texto fílmico, parafraseando a Derrida, participa de varios géneros y la repetición de sus elementos diluye al género y, mediante esa acción, lo enriquece. El cruce de elementos, provenientes de construcciones estéticas diferentes, confluye en el film en un espacio que invita, por momentos, a las figuras de lo otro, lo siniestro, lo deseado. Los lindes aquí devienen elásticos, y sus hilos van tejiendo a medida que lo otro se hermetiza. Se abren así las puertas para que el juego de la duplicidad inicie sus cantos.

Borges, en el cuento “El otro”, escribe “Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el recuerdo”. Jerónimo y su padre llegan a las Sierras de Calamuchita para distenderse del pandemónium urbano, para reencontrar la comunicación y el afecto entre ambos, para volver a escucharse. Jerónimo cuida las palabras, observa su entorno dilatadamente, se encierra en una suerte de trastorno de ansiedad con el que convive. “¿Tomaste las pastillas?”, le pregunta el padre mientras cenan. Su hijo, con un gesto casi inmóvil, asiente. Gira su cabeza hacia la ventana y, en la toma siguiente del exterior de la casa, se imprime un presagio significativo: el sobreencuadre de Jerónimo en la ventana provocará, a partir de esa escena, una geometría claustrofóbica.

En su cuarto, Jerónimo está a punto de conciliar el sueño y una araña con pelos por doquier descansa en su misma almohada, sobre el margen izquierdo. Él salta estrepitosamente de la cama y finalmente la aplasta sin vacilar. Luego, al mirar su brazo derecho, se da cuenta de que la araña, antes de ser destruida, logró su misión: le produjo una picadura. La estupefacción, conjugada con su débil estado nervioso, confabuló contra él. Nadie —ni el padre ni la médica del hospital— consideró que fuese grave. Pero él, sin que supiéramos aún si era real o desmesurado, estaba convencido de que la picadura era peligrosa.

Jerónimo se libera de la araña pero ésta retorna bajo otra forma, deja su huella en el cuerpo del personaje, encarnándose y creciendo junto al temor. La morfología del miedo se delinea incluso anatómicamente. Teniendo en cuenta que es un personaje directamente propenso a somatizar, el miedo aparece desde adentro, desde lo oculto, materializando la ruptura de un orden “normal” mediante su forma —como fragmento monstruoso— dislocada y hacedora de comportamientos psicopáticos. Como si la herida creciente en el brazo de Jerónimo tuviera un carácter autónomo, ella se alimenta de su miedo de manera fantasmática para seguir avanzando. Es una figura liminal que tensiona la frontera de lo visible, evocando e invocando lo invisible. La interpretación del término “invisible” puede aludir aquí tanto a un real inenarrable cuanto a una situación animista o mágica en la que se ve de pronto imbricada la suerte vital del protagonista. Asimismo, podemos pensar que se trata de un “invisible” ligado al inconsciente que pulsa por acomodarse y manifestarse, en este sentido es que leemos ciertos rasgos: el jadeo constante, los sueños o alucinaciones tan emblemáticas, la protuberancia que brota en su brazo como una alergia descontrolada.

Jerónimo, desesperado, acude a la ayuda de la joven que les entregó las llaves de la cabaña. Una joven mujer enigmática, cuya mirada expresa sensaciones inversas. En un plano detalle, una larva es extraída de su brazo infecto por un médico lugareño. Le advierte que, si no vuelve a picarlo otra araña de la misma especie, en un lapso mezquino morirá. Durante el periplo en el que se sumergen Jerónimo y Ruiz, las sierras que esconden la cura pondrán en escena situaciones maniqueas, donde lo real y lo fantástico, la cordura y la insanía descuidan los límites. Ruiz y Jerónimo caminan sin detenerse, ambos en estado de vigilia. Ruiz pareciera, al estar ebrio la mayor parte del tiempo, enfrentar la realidad de manera inconsciente, porque al no estarlo, los fantasmas que lo persiguen se instalan en ella. Jerónimo pareciera entender que su precaria salud es capaz de revelar. ¿Es una alucinación que la joven, succionándole el brazo, lo pudiera salvar? ¿Actúa ella de manera anticipatoria o refleja solamente el deseo erótico no concretado? ¿Es una femineidad arácnida que le devuelve la vida, ya metamorfoseada? Jerónimo halla su doppelgänger no sólo internamente, sino también a través de Ruiz, un ser áspero, anormal —en tanto fuera de la norma— y heroico. Una figura externa que deviene en interna en el remate del periplo.

Incluso podemos aseverar que la anécdota de la araña vampiro no es relevante sino en el único punto en que se engendra su potencia: como un sueño, reviste y disfraza el contenido de un real imposible; como una taxonomía aparentemente inadecuada, conjuga dos términos lejanos, uno del orden de la realidad y otro del orden de lo imaginario o fantástico. En ambos casos, se construye una nueva configuración en la que los dos vocablos participan sin ser ninguno de ellos suficiente por sí solo. Dado que, atendiendo a un sentido literal, la conjugación antedicha es inviable, es interesante abordar su posibilidad desde los postulados realizados por Paul Ricœur en La metáfora viva, donde plantea que el sentido metafórico es alcanzado sobre las ruinas del sentido literal, suspendiendo la denotación de primer rango se libera otra de segundo rango: la denotación metafórica. A partir de una impertinencia semántica —relacionar dos términos alejados— se erige una innovación de sentido, una ficción heurística, que colabora con la redescripción del orden de las cosas y, por extensión, del mundo.

Es posible proponer que el agón del viaje de Jerónimo se debate entre su yo vital y su yo temeroso, para trascender o perecer tras el camino. En efecto, el resultado se enmarca dentro de la primera opción, pero en el final la riqueza, que podía estar contenida en el título y en ciertas escenas de la película, se ve reducida a una literalidad remanente e incluso a una ironía torpe. La mirada confusa y la exacerbación de las sensaciones y sentimientos son marcas muy propias dentro de una situación de miedo o estado anímico extremo; cambiar su punto de vista —ver de otro modo— y arrancarse de aquello que lo ancla en el letargo parece ser el elemento que con más fuerza define el trasfondo de su viaje. Odisea interminable, jadeos y duplicación en Ruiz mediante, Jerónimo tiene tanto miedo que incluso lo pierde, se hinca una araña en el ojo a la espera de que el mito popular sea cierto. Su mirada se amplía, pero al unísono pierde un ojo.

Publicación: Julio 2012

Título original: La araña vampiro
País: Argentina
Año: 2012
Duración: 97 minutos
Dirección: Gabriel Medina
Guión: Gabriel Medina y Nicolás Gueilburt
Producción: Sebastián Perillo, Sebastián Aloi
Compañía Productora: Aeroplano, No Problem Cine
Fotografía: Lucio Bonelli
Sonido: Sonora
Dirección de Arte:
Edición: Nicolás Goldbart, Flor Efron
Intérpretes: Martín Piroyansky, Alejandro Awada, Jorge Sesán