Es sólo el fin del mundo, de Xavier Dolan

La construcción del personaje a través de la distancia

Es sólo el fin del mundo, de Xavier Dolan

Xavier Dolan es conocido por ser un director con una trayectoria extensa a pesar de tener apenas veintisiete años de edad. Tras haber actuado en cortos y películas desde niño, a los diecinueve años dirigió su primer película, J´ai tué ma mère (2008), con la cual cosechó tres premios en el Festival de Cannes. Más tarde, con Mommy (2014), ganará el Premio del Jurado y en la última edición, con Es sólo el fin del mundo (Juste la fin du monde), el Grand Prix. Sin duda, tenemos frente a nosotros a un director que se encuentra entre los favoritos de Cannes y tal vez esto sea lo que lo coloque en un lugar controversial, que propicia extremismos a la hora de polemizar sobre sus películas. Lo cierto es que la suya es una obra que posee rasgos particulares, los cuales nos permiten abordar su última película.

Por empezar, tenemos una historia que encierra una relación familiar. Dolan se aboca a retratar relaciones humanas en su filmografía, sobretodo las relaciones amorosas y la relación madre/hijo (la cual, según ha dicho reiteradas veces, está íntimamente atravesada por su propia experiencia). En el caso de Es sólo el fin del mundo, la relación madre/hijo está presente a la vez que el retrato se extiende y llega a otros miembros de la familia: sus hermanos Antoine y Suzanne, y su cuñada, Catherine. El protagonista es Louis (interpretado por Gaspard Ulliel), un escritor de treinta y cinco años que tras doce años de ausencia vuelve a su hogar a anunciar a su familia que pronto morirá a causa de una enfermedad terminal. La película girará entonces en torno a esta reunión familiar que sacará recuerdos, tensiones y viejos problemas a la luz. La historia fue adaptada de la obra teatral homónima de Jean-Luc Lagarce[1], de la que quedan los dificultosos diálogos. Sin embargo Dolan ha evitado remarcar el origen teatral del texto, al utilizar procedimientos que podemos ver en sus films previos, pero que funcionan aquí de forma particular.

Si hay una forma en que se le quitó teatralidad a la película, es haberla construido en su mayor parte por primeros planos. El primer plano es sinónimo de cercanía al personaje y en cierto modo es sinónimo de aquello que el cine tiene y el teatro no: la cámara avanza sobre la escena y nos deja en un punto de vista privilegiado en el que podemos percibir miradas, pequeños gestos y detalles que nos llevan a lo más íntimo del personaje. Si bien encontramos esto en Es sólo el fin del mundo, una película que habla de la intimidad de una familia, hay elementos que nos dejan a cierta distancia de los personajes, sobretodo de Louis, y que se produce como en un espejo por reflejo de la distancia que reina entre él y su familia. Si tomamos como ejemplo la escena en que Louis entra a su casa y se reencuentra con ellos, lo observamos en un primer plano levemente picado que no nos permite verle la cara completamente por tener puesta una gorra (que se quitará una vez dentro de la casa y volverá a ponérsela al final). Varios encuadres de la película circulan bajo la idea de tapar parcialmente el rostro de Louis y si bien podemos ver sus gestos y reacciones, hay una parte de él que nos queda velada, parte que se corresponde con el desconocimiento de su familia y con la forma en que lo conoceremos durante la película.

Por un lado, accedemos a Louis a través de algunos flashbacks en los que él recuerda unas vacaciones con su familia o a su novio de la adolescencia. Pero más allá de estos momentos en que la información llegaría de primera mano, no dice mucho más. Lo que conocemos de él, entonces, está mediado por lo que su familia construyó como Louis, y esto puede verse en la escena en que Suzanne habla con él en su cuarto. Como en la mayor parte de la película, él no dirá mucho, sino que escuchará y observará. Su hermana (que no lo ve desde pequeña) solo lo conoce a través de lo que le contaron, de recortes de diario que hablan de él, de las postales que enviaba y de sus pertenencias acumuladas en el cuarto de al lado. Louis es un rompecabezas que rebota y nos llega como tal.   

La cantidad de primeros planos terminan generando también un ambiente claustrofóbico que encierra a la familia y al espectador, en sintonía con los espacios pequeños en que se desarrolla la acción. Es la cercanía con unos totales desconocidos que no paran de hablar (y que no quieren escuchar) lo que mantiene la tensión y marca el fin del mundo para Louis.

Es sólo el fin del mundo produce dos sensaciones completamente distintas al mismo tiempo. Si por un lado es suficientemente íntima como para que nos planteemos la forma en que nos relacionamos con nuestra propia familia, o al menos nos sintamos mínimamente identificados, por otro lado nos deja en el lugar de testigos de la reunión, en un lugar incómodo. Es allí donde también está Louis. Hasta dónde construimos e idealizamos, hasta dónde ponemos distancias en nuestras propias familias es entonces una pregunta sobre la que reflexiona este film de Dolan que muestra una vez más su capacidad para abordar estos temas de una forma personal.

[1] No es la primer obra teatral que Dolan lleva al cine. Tom en la granja (2013) está basada en la obra teatral de Michel Marc Bouchard que lleva el mismo nombre, quien también colaboró en la adaptación del guión.

Publicación: Enero 2017

Título original: Juste la fin du monde
Origen: Canadá/Francia
Año: 2016
Duración: 98 minutos
Dirección: Xavier Dolan
Guión: Xavier Dolan, a partir de la obra teatral de Jean-Luc Lagarce
Fotografía: André Turpin.
Música: Gabriel Yared.
Montaje: Xavier Dolan.
Intérpretes: Gaspard Ulliel, Nathalie Baye, Léa Seydoux, Vincent Cassel, Marion Cotillard
Fecha de estreno en Argentina: 19 de enero de 2017
Distribución en Argentina: CDI Films