HOLY MOTORS, Leos Carax

El cine como hierofanía: despertando al espectador dormido

Holy Motors de Leos Carax

Disponerse para ver Holy Motors no es una tarea sencilla. Menos aún, si esta disposición se reitera y concreta en cada oportunidad que se presente. Y es que últimamente, ver, recomendar y hablar de Holy Motors se ha convertido en uno de mis cometidos predilectos. Ocurre que si existe algo que defina al film en cuestión, es su potencial explosivo en términos interpretativos. Entonces, verla una y otra vez implica pensarla una y otra vez, comenzando de cero, como si cada experiencia de visualización fuese insuperable, como si cada enfrentamiento con la pantalla fuese el primero (único e irrepetible).

Holy Motors tuvo estreno mundial en el Festival de Cannes en mayo del pasado 2012, y la crítica festivalera ha afirmado que se trata de un homenaje al cine, de una sincera expresión del cine en estado puro, de una gran realización del enfant terrible — un “niño” que si bien continúa siendo terrible, nunca ha tenido un gramo de ingenuidad; y menos aún hoy, a sus 52 años de edad— . Ahora bien, personalmente, más que homenaje veo una aguda crítica y una puesta en evidencia de lo que EL CINE ES: una máquina creativa que hay que salvar y poner nuevamente en funcionamiento, pues se ha convertido en una línea de montaje taylorista, produciendo en serie y masivamente, construyendo y formateando a espectadores atontados/dormidos. Por otro lado, el epíteto antedicho — (Leos Carax, l´enfant terrible) otorgado a un pequeño número de cineastas franceses contemporáneos que según la crítica se encargan de cuestionar y horadarlo todo con sus películas— , es ya un epíteto clásico y mítico. De hecho, también ha sido aplicado a realizadores como Michel Gondry (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, 2004) y Francois Ozon (Sitcom, 1998); aunque respecto de esto cabe aclarar que mientras este último suele adentrarse en las vidas domésticas de típicas familias aburguesadas, satirizando sus rutinas con una crítica corrosiva y un humor bastante oscuro, Leos Carax se zambulle, bucea (omite el snorkel) y continúa descendiendo a las profundidades, arrastrándonos con él, desafiándonos a pensarnos, encontrarnos y enfrentarnos allí abajo, en la máxima penumbra solitaria de una cruda, analítica y reflexiva introspección.

Pienso que resultaría válido aplicarle a Carax el calificativo de minimalista, aunque sólo si lo aplicamos según una panorámica de la totalidad de su obra, ya que con una filmografía ínfima — 6 films en sus 32 años de cineasta— ha logrado resultados extraordinariamente inmensos. Sus películas son explosivas, hieren al espectador con sus disparos: proyectiles que ponen en jaque infinitas cuestiones que estimulan y movilizan. Su primera realización Chico conoce chica (Boy meets girl) data de 1984; a los dos años estrena Mala Sangre (Mauvais sang); en 1991 da a luz a Los amantes del Pont-Neuf (Les amants du Pont-Neuf); ocho años después concibe a Pola X— nominada a la Palma de Oro como mejor película— ; en 2008 se concreta el proyecto realizado con Michel Gondry y Joon-ho Bong llamado Tokyo!, en el que presenta un segmento denominado “Merde” cuyo extraño y desagradable personaje nos visitará en Holy Motors: su última película, la gran creación que llega a la pantalla luego de trece años de una pausa (paradójica y evidentemente para nada pasiva). Y claro, ausentarse tanto tiempo obliga a un retorno que pise fuerte, que deje boquiabierto al espectador (aficionado y profesional); pero no a causa de una atracción que motive distracción, sino más bien, a causa de una atracción que genere lucidez. Y ahora sí, aquí vamos.

En términos estructurales, Holy Motors se abre con una suerte de prólogo preambular; continúa con el recorrido de un día laboral de Mr. Oscar, en una blanca limousine de la corporativa Holy Motors, conducida por una esbelta y bella Céline. Sin embargo, ese recorrido no será para nada tranquilo, puesto que la profesión del protagonista encarnado por Denis Lavant — actor fetiche de Carax— es compleja, comprometida, provocadora, polémica y controversial. Mr. Oscar es actor, un actor cuyo escenario es la mismísima ciudad (sus calles, sus casas, sus ciudadanos), un actor que pareciera está implementando un juego de roles, un actor que interviene violentamente la realidad. Mr. Oscar es un empleado que día a día desafía lo liminal, tensiona las fronteras, las torna permeables fusionando el arte y la vida, confundiendo los límites entre ficción, sueño y realidad. Al fin de cuentas, dicha tensión no hace más que poner en evidencia frente a nuestros ojos el desnudo estatuto de la realidad en que vivimos: una mera ficción más, sólo que oficialmente consensuada. Al fin de cuentas, Mr. Oscar es un vanguardista.

No en vano Leos abre su película con un prólogo, secuencia que no sólo nos transporta a la atmósfera de Un perro andaluz (Un chien andalou, Luis Buñuel y Salvador Dalí, 1929), sino que específicamente nos acerca a La sangre de un poeta (Le sang d'un poète, 1932), ópera prima de Jean Cocteau: ese sórdido y solitario despertar, esa extraña pared con un bosque trompe l'oeil, ese mistérico abrir de una puerta que se camufla en el espesor del bosque, ese pasaje a una onírica sala de cine en la que los efectos de la imagen-movimiento han obnubilado y dormido de asombro a sus espectadores; quienes yacen putrefactos frente a la pantalla, en sus butacas, inmóviles, como carentes de vida, al mejor estilo “watching-dead”. Una vez finalizada dicha secuencia, comienzan las citas y compromisos de Mr. Oscar, quien luego de una preparación minuciosa (maquillaje, vestuario, disposición psicológica y física) será linyera, avatar, duende maléfico, padre decepcionado, asesino a sueldo, anciano moribundo, amante desencontrado y señor cansado que arriba a su casa, luego de un día de mucho trabajo. Esta última cita puede ser considerada como epílogo, lúcido y reflexivo; ya que sirviéndose del absurdo, logra construir una punzante escena que golpea por su dureza. Así, nos propone repensar concienzudamente cuestiones como la existencia humana y la farsa que significa vivir cada día inmerso en una rutina totalmente pautada por los cánones y normas de la sociedad, las instituciones y la vida civilizada; nos propone replantearnos qué hacemos asumiendo obligadamente diferentes roles, poniéndonos las máscaras pertinentes para cada situación, como autómatas, sin ejercer ningún tipo de pensamiento crítico acerca de nuestros actos, gestos y actitudes.

Es cierto, Holy Motors instala un misterio desde el segundo uno. Pero también es cierto que concluye habiendo sugerido todo (y más), aunque sin caer en la literalidad. Es que justamente, es en su opacidad donde se transparenta el concepto, la verdadera motivación de Carax: lograr que el cine evidencie lo enigmático, desconocido (o ignorado) y oculto, lograr que el cine (re)conecte con lo fundamental, sagrado y divino, lograr que el espectador se apropie del impulso creativo que es el cine y lo adopte como necesidad vital en su experiencia de vida. Holy Motors deja en claro que EL CINE ES, y en ese devenir de su propio ser nos muestra el camino para alcanzar el máximo grado de conciencia crítica, pureza y creatividad; tres pilares que deberían sostener la existencia de todo ser mortal.

Publicación: Febrero 2013

Título original: Holy Motors
Año: 2012.  
Origen: Francia/Alemania
Duración: 116
Dirección: Leos Carax
Guión: Leos Carax
Edición: Nelly Quettier
Fotografía: Caroline Champetier, Yves Cape
Intérpretes: Denis Lavant, Édith Scob, Eva Mendes, Kylie Minogue, Élise L'Homeau, Jeanne Disson, Michel Piccoli, Leos Carax