ENSAYO FINAL PARA UTOPIA, de Andrés Duque

Más allá del límite

Ensayo final para Utopía, de Andrés Duque

Hablar de límites implica pensar en una división, en una línea imaginaria que separa dos espacios o dos territorios, pero también estamos ante uno cuando experimentamos una situación que nos supera, que nos sobrepasa. Después de ver Ensayo Final para Utopía (2012) no cabe ninguna duda de que Andrés Duque experimenta con los límites de lo que podemos ver y cómo lo vemos, no sólo desde la temática tratada sino también por el uso que hace de los registros cinematográficos y los recursos con los que se apropia de la realidad. En este film, nos encontramos ante el enfoque más extremo que el director hispano-venezolano haya realizado hasta el momento. Mediante empalme de secuencias, nos muestra los últimos días que pasó junto a su padre, un recorrido que lentamente va alternándose con imágenes del viaje a Mozambique que tuvo que interrumpir al conocer que, el estado de salud de su padre, había empeorado.

Lo que el director pone en funcionamiento es una estructura lúdica, que se me ha dado por llamar laberíntica —la misma estructura laberíntica que el locutor en off describe al inicio, a propósito del organismo humano[1]— porque no hay un solo camino y somos nosotros en tanto espectadores los que elegimos qué camino seguir o recordar. No se trata de una historia lineal, y no es una historia al final de cuentas, son fragmentos que nos van llevando, por momentos, a dos realidades distintas, sin continuidad espacio-temporal. Es la vida, reconstruida desde las capas de la memoria, donde el recuerdo juega un factor importante y el tiempo presente pierde su peso. Lo que vemos no tiene presente —mucho menos futuro—, lentamente nos hundimos en el denso pasado, de Andrés con su familia y el de su viaje a África.

El detonante de este discurso es la muerte. La película se inicia en el momento en que el director quiere contar porqué esta triste. La respuesta queda fuera de nuestro alcance al ser velada por un ruido que nos impide escuchar su explicación. Desde allí, el encuentro con la muerte estará presente en todo momento, no sólo porque nos muestra los últimos días junto a su progenitor, sino también porque el material (inédito y de archivo) que recolecta en su viaje toca estos temas. En muchas de las secuencias se plasman eventos filmados en un teatro hoy en ruinas; footage de la película KuxaKanema, The birth of cinema (2003) que nos remite, tanto al nacimiento del cine como al del socialismo en la República de Mozambique, pero también al ocaso de la industria cinematográfica y la desaparición de un ideal político.

Así, entre silencios y zumbidos, se une y mantiene la correlación entre las diversas secuencias. Una manipulación distinta a la que realiza en otras producciones suyas como La Débil: RITE RITE (2012), donde la banda sonora nos subsume a un estado de embelesamiento, donde imagen y sonido se funden, ubicándonos en un lugar seguro, de goce, una fusión que, personalmente, me hace pensar en la que logra Jean Vigo en À propos de Nice (1930). En Ensayo final… abunda más bien la contraposición entre imagen y sonido, y aunque tiene  también momentos donde ambas se fusionan, son espacios fragmentados y de una duración mínima. Lo que predomina es el silencio, la demoledora presencia del mas allá. La banda de imagen se encuentra así subordinada por el silencio, y digo subordinadas porque, ante la belleza del movimiento que plasman, la ausencia de sonido invade nuestro espíritu y nos deja allí, atónitos.

De esta manera, los usos que hace Duque de la banda sonora ubican al espectador en un lugar que no resulta cómodo. La intención de afectarnos es clara: una vez iniciado el viaje a través de los recuerdos, el director nos propone las secuencias del viejo teatro abandonado, donde el ritmo nos hace estremecer. Nunca más veremos bailar a ninguna persona con acompañamiento musical, no escucharemos esa melodía otra vez, ni ninguna otra, los bailarines danzarán de ahora en más al son del silencio. De esta  manera el director nos interpela constantemente: idas y vueltas entre las imágenes de Mozambique y las de su familia, silencio-música, fundidos en negro de la pantalla, su propia presencia en el film como un actor/creador, sosteniendo ese micrófono que pareciera capturar los acordes de la guitarra. Nos convierte así en participantes activos, pasamos a ese espacio otro y somos exploradores de su laberinto personal. Pero lo que verdaderamente nos acerca a él es el hecho de compartir algo tan íntimo como el funeral de su padre.

¿Y no es la muerte algo que nos toca a todos? Cómo no involucrarnos o identificarnos con ello. Pero, ¿por qué traspasar la barrera de lo personal y mostrar el cuerpo de su padre en un ataúd? Para el autor Jorge La Ferla “registrar el cuerpo de los seres queridos puede tener consecuencias que solamente la ficción puede subsanar[2]”. Presentar esta historia levemente ficcionalizada, entremezclada con las imágenes de Mozambique, tiene algo de catártico. No se trata sólo de aprovechar la oportunidad de usar lo que se estaba haciendo, sino de la necesidad de contraponer esa parte de la vida, que es personal e íntima, con otra que involucra a muchos, a un cuerpo social, porque así es la realidad misma, el mundo gira aunque para nosotros parezca detenerse en el peor de los momentos.

La estructura laberíntica nos lleva así por distintos momentos, sin compartir espacio ni tiempo, donde tampoco existe un orden cronológico y, aunque reconozcamos que hay una historia para ser contada, hay por encima de ello un experimento que se está llevando a cabo. Es como si la revolución —en su sentido más lato— hubiese revuelto todo, especialmente el tiempo: así, la muerte de su padre no está al inicio ni al final, está por allí, convertida en puente hacia un lugar más profundo de la memoria, más lejano del presente. En ese momento, el tiempo se detiene, la estructura se devela, es él, quien ralentiza la imagen, quien hace la gente flotar, quien practica con el mozo lo que debe hacer. Penetramos cada vez más en el territorio de los recuerdos, allí su padre aun está, no se fue, permanece intacto en su memoria —y en su cámara— porque “por más que pase el tiempo el alma no cambia”.

Andrés Duque es un claro ejemplo de la necesidad que tienen muchos creadores de reaccionar ante las circunstancias externas, como ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia del cine, pero también de aquellos que deben capitalizar la oportunidad y el momento —en este caso, la enfermedad de su padre y en Color Perro que Huye (2011), su accidente—, aprovechando siempre los recursos de los que dispone. Es, sin duda, un experimentador y en este film ha dejado evidente que los registros cinematográficos —como el experimental, el documental y el ficcional— pueden llevarse a nuevos límites, hasta fusionarlos y desdibujarlos. En él encontramos la fórmula del autor que rompe con las formas del espectáculo uniformizado, que Jorge La Ferla define como: cine + obra + autoral + experimental + independiente[3], una fórmula que indudablemente trasciende los límites.

Notas

[1] Debo confesar que escuchar la voz de Porfirio Torres (conductor del programa radial Nuestro Insólito Universo) activó en mí ese mecanismo del recuerdo que me hizo viajar en dos segundos a mi infancia, cuando durante mis vacaciones escuchaba el programa todas las mañanas al desayunar junto a mi abuelo.

[2] Jorge La Ferla, “Cine (y) Digital”. Manantial texturas. Buenos Aires: 2009. Pág.: 88

[3] Jorge La Ferla, “Cine (y) Digital”. Manantial texturas. Buenos Aires: 2009. Pág.: 25

 

Publicación: Febrero 2013

Título original: Ensayo final para utopía
Titulo en inglés: Dress rehearsal for utopia
País: España
Año: 2012
Formato: HD
Duración: 75 min
Dirección, guión, fotografía y montaje: Andrés Duque

Andrés Duque