DROMÓMANOS, de Luis Ortega

In extremis: caos en el margen

Dromómanos, de Luis Ortega

Los conozco de la calle,
son vagabundos o dromómanos.
Ellos me contaron una leyenda sobre un doctor
que en vez de medicarlos para tratar de integrarlos
a la sociedad, empezó a alentarlos en sus ficciones.
Su método de curación era la burla al sistema.
Todo eso es lo que cuento en la película.1

Si bien asegura que su intención no fue recrear un mundo (post)apocalíptico, Luis Ortega viene reincidiendo en este complejo y oscuro tópico del fin de los tiempos, aunque por cierto — y afortunadamente— su ejercicio apocalíptico va por una senda marcadamente diferente, bien alejada de la numerosa tanda de películas del subgénero antedicho, el cual durante los últimos años padeció de un exceso de producción en serie: empezando, sólo por citar algunos ejemplos, por El día después de mañana/ The day after (2004), pasando por Soy leyenda/ I am legend (2007) y 2012 (2009),hasta alcanzar la actual serie televisiva The walking dead (2010-2011).

Luis Ortega, egresado de la FUC y con sólo 31 años, ya tiene una potente filmografía que lo posiciona como uno de los jóvenes realizadores (autores) argentinos creadores de buen cine: personal, arriesgado, comprometido. La misma arranca en 2002 con Cajanegra y continúa en 2005 con Monobloc, luego de una pausa reanuda en 2009 con Los santos sucios y en 2011 con Verano maldito, para culminar en 2012 con Dromómanos, su última producción.

Sin lugar a dudas Dromómanos golpea y desgarra por su brutalidad, pero también exige cuidada reflexión por su afilada perspicacia; de hecho, una de las aristas más agudas y polémicas tiene que ver con la cuestión de la norma instalada socialmente, la encargada de definir los parámetros de normatividad a partir de los cuales se distinguirá a un ser normal/cuerdo/físicamente completo de uno anormal/loco/deforme: ¿Por qué la locura queda violentamente eyectada de la realidad de los cuerdos, si al fin de cuentas, esta última es también un constructo producto de la locura, sólo que injusta y demagógicamente impuesta y legitimada? ¿Por qué ni siquiera existe el afán, por parte de “quienes están en sus cabales”, de intentar construir y mantener un estado de tolerancia y convivencia con la(s) realidad(es) de los locos; en vez de tratarlos como perturbados y condenarlos al aislamiento marginal de un suburbio invisibilizado o a la internación/encarcelación en un neuropsiquiátrico? Seguramente, aquellos que según la norma gozan de sanidad mental, son incapaces de soportar una realidad distinta y paralela, un quiebre a su rutina, un cruento abismo inyectado en su vida tranquilamente acomodada.

Entonces, no en vano los dromómanos se mueven (porque allí fueron depositados) en los márgenes más marginales, en los suburbios más alejados y devastados: zonas invisibles e inalcanzables para el ojo normal, que descarta todo aquello que pueda llegar a incomodarlo. Y claro, es que en un primer paso fueron desplazados y descartados (por el sistema) para luego pasar a ser completamente relegados, como Los olvidados de 1950 de Luis Buñuel, personajes en blanco y negro que se reproducen y continúan hoy, bajo un roído color en la película de Ortega. Específicamente, la dromomanía implica un movimiento por inercia, un impulso mórbido de andar: desgastado, apático, desganado. Los personajes, los dromómanos, son víctimas de este estado general de dromomanía: pobres cuerpos condenados a vagabundear en un mundo que no es habitable, un mundo hostil que los escupe y eyecta. Ahora bien, es importante aclarar y reconocer que este estado violento de dromomanía no surgió de la nada, no se creó per sé, sino que fue originado por el sistema imperante en el que todos estamos sumergidos. Así, es interesante mencionar (al menos para comenzar a hacernos cargo) el planteo de Slavoj Žižek en Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales (2010), quien nos advierte de la existencia de una violencia “sistémica” oculta que son las consecuencias a menudo catastróficas del funcionamiento homogéneo de nuestros sistemas económico y político (p. 10); o en términos de Étienne Balibar, la de una violencia “ultrasubjetiva” inherente a las condiciones sociales del capitalismo global y que implica la creación automática de individuos desechables y excluidos, desde los sin techo a los desempleados (p. 25).

Justamente es por esto, por el alto nivel de inclemencia real comprometido en esta película, que si bien la cámara introduce un delgado hilo de ficción, lo hace en un escenario que se evidencia como desgarradoramente real; por lo que el resultado es una impactante fusión entre documental y ficción: material de archivo y puesta de cámara, guión e improvisación, actores/ personajes y no actores/personas. De esta manera, resulta lícito mencionar que Ortega no representa ni a la dromomanía ni a sus seres dromómanos, sino que directamente los presenta, con todo lo que esto involucra: shock y violencia. Es decir, la cámara irrumpe en una zona extremadamente marginal en donde la animalidad y la indigencia conviven, y hasta llegan a confundirse: calles de tierra, basura desparramada, chanchos y gallinas, chatarra, carros con cartones, nubes de polvo, feos y sucios dromómanos. Y por último, también es coherente remarcar un trabajo que toma posición dentro de la estética de la violencia y del feísmo, considerando, sin ir más lejos, el tratamiento de la imagen; la cual guarda correlación con los dromómanos que la habitan. La imagen se mimetiza, toma sus principales características y las transforma en categorías estéticas: la suciedad, hostilidad y  desprolijidad es lo que más abunda y sobresale en las tomas y en escena tanto en el plano visual como en el sonoro.

Dromómanos está peleando un lugar para ser estrenada en los cines; buscando aunque sea un estreno pequeño, según palabras del productor Ignacio Sarchi. Esperemos que lo logre. Un primer paso es verla. Un segundo paso es pensarla. Un tercer paso es tomar posición y actuar. Al fin de cuentas, todo esto trata, ni más ni menos, que de una cuestión política.

1 Entrevista Revista Ñ
Publicación: Julio 2012
Luis Ortega | Ailín Salas