Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia, de Alejandro González Iñárritu

Iñárritu o la esperable banalidad de la ignorancia

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia, de Alejandro González Iñárritu

“La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era algo que yo esperase con ilusión”
Raymond Carver, Catedral.

Multinominada a cuanto premio exista en el epicentro de la industria cinematográfica1, aclamada por la crítica más perezosa y principal foco de las polémicas más superfluas (“¿qué significa el final?”), Birdman es el último intento del sector más conservador de Hollywood por congraciarse a partir de una falsa autocrítica. El mexicano Alejandro González Iñárritu (21 Gramos, Babel), especialista en dotar de pomposidad a propuestas vacuas, es el encargado de llevar adelante el proyecto, con resultados acordes a su prontuario.

La historia del film es de una banalidad absoluta: un actor, que supo llegar al megaestrellato en los noventas a partir de la interpretación del superhéroe Birdman, decide montar en Broadway una adaptación de Raymond Carver, dirigida, adaptada y interpretada por él mismo como camino a una supuesta redención artística. En el camino se topará con todos los prototípicos personajes de este tipo de historias: el co-protagonista que lo supera en egolatría, la insegura actriz que sufre por llegar a la consagración, la despiadada crítica teatral que odia a las estrellas de Hollywood, la comprensiva ex-esposa que parece perdonar todo y la joven hija, que como toda hija de celebridad es adicta a las drogas (y al Twitter). Todos delineados con una escandalosa unidimensionalidad, la cual sería aceptable y adecuada si el film intentase algún tipo de distanciamiento crítico, el cual claramente no está presente. Protagonizado por Michael Keaton (cuyo autoreferencialidad es tan obvia como debatible: a diferencia del Birdman del film, cuyas entregas son planteadas como repetitivas y repletas de parafernaria, la Batman de Keaton es una película muy atendible, mientras que Batman Returns es una obra notable, que ha crecido con el tiempo), la película adopta la posición discursiva propia de una revista de chimentos: lo importante no es poner en debate temas adultos como el paso del tiempo, el compromiso artístico o la búsqueda de la libertad creativa, sino simplemente hundirse en la apología de la excentricidad de los millonarios con culpa.

Planteada como sátira negra (o mejor dicho grisacea o púrpura: la verdadera oscuridad parece un terreno vedado para González Iñárritu), el film posee una primera hora cuya liviandad le permite tomar elevarse, sostenida en actuaciones sólidas (Keaton está impecable, Edward Norton luce su habitual solidez, la bella Emma Stone está muy ajustada), una fotografía que encuentra el punto adecuado para situarse un paso al costado del realismo, y un relato construido a partir del encadenado de planos secuencias que en sus momentos más inspirados logra un vuelo poético propio. Pero luego del delineado con trazo grueso de los personajes, la película se atora en una reiteración empalagosa, sin profundización ni sutileza alguna. Sin embargo, como un prestidigitador poco avezado, el director sigue utilizando los mismos trucos, cuando su agotamiento ya es evidente.

En el momento en que el film empieza a derrumbarse, volvemos a recordar por qué el realizador mexicano es uno de los más insoportables del medio. Como es habitual en sus películas, Alejandro González Iñárritu (ó Alejandro G. Iñárritu, como ahora se hace llamar en los créditos) se empecina en querer hablar de grandes temas, lo cual sería un gesto muy loable si no fuese por su insistencia en hacerlo desde una llana banalidad postmoderna. Su altura ególatra que le impide observar a los adultos como algo más que niños grandes y malcriados, su autosuficiencia lo muestra incapaz de ver las complejidades del subgénero de superhéroes (y por ello decide ningunearlo), su vanidad le hace ver al pensamiento crítico como una actividad igual de caprichosa y vanidosa que el divismo de las celebrities, y su enorme ignorancia termina convirtiendo al metatexto de Raymond Carver en simplemente una cita vacía, no interiorizada (¿dónde está la potencia y ferocidad crítica del autor de Catedral?).

La apócrifa modernidad de Birdman busca ocultar su manifiesta posición a favor del status quo, del relato cerrado, de la falta de ambigüedades. Su final, falsamentemente abierto, no hace más que resaltar esa posición. Es decir, el film sigue al pie de la letra la regla de la industria, pero tiene el caradurismo de presentarse como una instancia crítica. Es por esto que Birdman es una obra profundamente hipócrita.

[1]. A las pocas horas de completar este texto, Birdman fue galardonada con el Oscar a la mejor película del año, por lo que todas sus resonancias se han multiplicado. Incluído el siempre oportunista discurso chauvinista, que adopta el premio al mejor guión como una victoria nacional.
Publicación: Febrero 2015

Titulo original: Birdman
Género: Comedia dramática
Origen: Estados Unidos - Canadá (2014)
Duración: 134 min.
Intérpretes: Michael Keaton, Zach Galifianakis, Emma Stone, Edward Norton, Naomi Watts, Andrea Riseborough
Dirección: Alejandro González Iñárritu
Guión: Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo
Director de fotografía: Emmanuel Lubezki
Música: Antonio Sanchez
Montaje: Douglas Crise, Stephen Mirrione
Fecha de estreno en Argentina: Jueves 12 de Febrero de 2015