Aita (2010) de José María de Orbe

Cuando la visión del cine se transforma en pared

Aita (2010) de José María de Orbe

La historia va lenta, la vida rápida. La historia contada en el film no habla sobre la vida, divulga en cambio la historia de una vida. La vida de una casa que aloja recuerdos pretéritos, que humedece la memoria al devenir el tiempo noctívago. Un estilo de agua vaporizada que se (des)compone en un cuerpo fílmico, en un alma que susurra algunas imágenes, o algunas ideas de imágenes.

La casa respira suave y pausadamente, intentando desmembrar los secretos infinitesimales protegidos por sus propias paredes. Movilidad en la quietud, estrépitos sonoros en el silencio. La casa es un oxímoron. No permite que su real presencia sea percatada por seres profanos, pero alguien que trasciende la cinta fílmica la observa, y la naturaleza es parte de ella. Las gotas que musicalizan al descender en las ollas oxidadas, despiertan un encantamiento hacia aquel o aquella que sea parte de ese ritual. Él o ella no articulan vocablos, sólo son testigos de registrar un momento numinoso.

Al amanecer, el cuidador vuelve a abrir las ventanas y la casa se baña con un plácido río lumínico. Allí no ocurrió nada. Pero hay una cuarta pared en la casa que le transmite, a través de distintos ribetes, que él no está solo. ¿Qué son esos ribetes? ¿Son ficciones creadas por el cuidador o recreadas por la propia casa?

La cuarta pared posee un campo visual limitado, así como el ojo humano; permanece fija, esperando la mínima acción del cuidador trozando una pera al observar el no-desplazamiento del exterior; al encontrarse las paredes en la oscuridad absoluta, disminuyendo empero al ser abiertos sus párpados; simplemente al percibir los sonidos fuera de campo de un trabajo manual de jardinería.

Es la cuarta pared la que propicia la trascendencia de la casa a otras dimensiones. Por la noche, al llover, proyecciones enigmáticas de fotografías, de cintas fílmicas en proceso de evolución gueriniana, celebran un festín silente que se concibe mediante la convergencia de la oscuridad y el silencio. La casa misma sigue dando vestigios de vida, al entregarle a los lugareños restos de huesos. La casa sigue recibiendo las órdenes enviadas a través de sus oídos pero, a diferencia del ser humano, ella responde, da señales. ¿A diferencia del ser humano? A decir verdad, sabríamos si el ser humano post-mortem respondiera a las órdenes auditivas enviadas al cerebro, si éste tuviera alguna suerte de cuarta pared que pudiese formar parte de ese acontecimiento. Sí ocurre esto en cambio con la casa, aunque los sujetos que la visitan no lo “vean” a simple vista. Es un ojo que está más allá de la cuarta pared, siendo partícipe único.

El cándido susurro de la niña al pedirle a June que partieran de esa habitación, denota que la casa no está vacía per se. El mismo temor que Ana le confiesa a Isabel en El espíritu de la colmena cuando le consulta por el monstruo que mata a la niña. Tanto la niña (de Aita) como Ana sienten y saben que no están solas. La espera que el vacío produce al no ser colmado por vislumbres sonoras o materiales.

El cuidador, adonde mire, lo sigue una luz blanca, de composición hialina. Una luz que lo acompaña por doquier, ya sea que esté en la cama o lo interrumpa en su inmersión onírica. ¿Será una luz acordada en el guión, inventada por la sugestión del gentil cuidador, una luz real que ahora el partícipe visual único no puede percibir? Lo curioso es que José María de Orbe no determinó ningún guión previo, dejó simplemente que aquellos personajes, reales y ficcionales a la vez, encarnándose como tales dentro de un mundo otro de representaciones, dieran vida a sus propios diálogos.

Publicación: Noviembre 2011

Título original: Aita
Título en Inglés: Father
Origen: España
Duración: 85 min

Dirección y guión: José María de Orbe
Fotografía: Jimmy Gimferrer
Montaje: Cristóbal Fernández
Producción: Luís Miñarro
Intérpretes: Luís Pescador, Mikel Goenaga.