HOMENAJE

Un encuentro con doble homenaje: La cifra impar cincuenta años después

Un encuentro con doble homenaje: «La cifra impar» cincuenta años después

En el marco de las jornadas Julio Cortázar-Georges Perec: versiones de la imaginación coordinado por Elisa Rey y el Ministerio de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, durante la tarde del pasado miércoles 21 de marzo se conmemoraron cincuenta años del estrenode La cifra impar, primer largometraje del gran cineasta Manuel Antín basado en el cuento Cartas de mamá del escritor Julio Cortázar.

El encuentro se llevó a cabo en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín de Buenos Aires. El rector de la Universidad del Cine estuvo acompañado por la presencia de su escenógrafa y esposa Ponchi Morpurgo y el ayudante de producción Juan Carlos Fisner. Entre el público se encontraba, entre otros, el director y productor Héctor Olivera. Previamente a la proyección de la copia restaurada por la Universidad del Cine, Manuel Antín se dirigió al público con las siguientes palabras.

Manuel Antín: En realidad les confieso que esta tarde se ha sumado, yo creo, mucho más público a ver esta función que la que tuvo la película en toda su historia. (Risas). Y no es que el tiempo le haga bien al cine, sino que el cine se produce en estas cosas raras: esta asociación Cortázar-cine que realmente son lindas y que son muy evocativas. Ayer estuve en una charla donde compartí el diálogo con un amigo, también séptimo hijo de una familia como yo que era amigo de Perec y que fue amigo de Cortázar. Así que hicimos una especia de entrevista recíproca.

La película La cifra impar tiene para mí muchísimos recuerdos, muy especialmente el recuerdo de quien ha sobrevivido a pesar del haber muerto, muy triunfante, que es Julio Cortázar (a quien yo conocí por esta película). En realidad, yo hice cine con una especie de rol personal, porque yo nunca había pensado hacer cine y toda mi vida soñé con ser escritor. Desgraciadamente no lo pude ser. Un día me encontré con ese cuento de Cortázar en la biblioteca de un amigo, en una época en que Cortázar era un escritor absolutamente desconocido en la Argentina. Y cuando lo leí me pareció muy cinematográfico, sobre todo sentí mucha envidia. Encontré en la literatura de Cortázar la literatura que yo quería escribir. Yo quería escribir como Cortázar. Desgraciadamente esto no es así, todos quisieran escribir como Cortázar. Yo soñaba con ser escritor, y escribir un libro como Las armas secretas o como Bestiario o Rayuela hubiera sido un milagro. Como re-escribirlo era imposible, como plagiarlo estaba prohibido, decidí plagiarlo cinematográficamente.

La película es una fiel re-escritura de Cartas de mamá, que es el título del cuento original. El cambio de título se debió a que cuando yo empecé a hacer cine era mucho más presuntuoso que hoy… y ahora la vida me ha doblegado. (Risas). Pensé que estrenar una película que se titulara Cartas de mamá iba a ser o confusa para un público infantil o además demasiado lacónico. A pesar de la opinión de Cortázar, le cambié el título por La cifra impar porque me pareció que el título reproducía el conflicto de la película de una manera muy transparente, y al mismo tiempo le decía al público: “Mire, venga pero esta no es una película como para hacer la digestión”. Y bueno, con esa presuntuosidad le puse el título La cifra impar.

En esa época conocí a Cortázar. En realidad lo conocí cuando estaba filmando la parte de la película que transcurre en París. Un día estaba en una plaza filmando una escena con María Rosa Gallo y de pronto al lado mío se detuvieron dos pies. Levanté la cabeza y vi esa torre enorme que era Julio Cortázar, lo que fue mi primer encuentro personal con él. El segundo fue mucho más… no sé cómo calificarlo… conmovedor, donde él vino a Buenos Aires. En esa época tenía a su madre en Buenos Aires y vimos la película solos en la sala siete del laboratorio Aries. Él estaba sentado en la butaca de atrás y yo en el asiento de adelante. Hay una escena en el film donde la madre (Milagros de la Vega) sube la escalera y el hijo sano - hay un hijo enfermo (Sergio Renán) y un hijo sano (Lautaro Murúa) que además está enamorado de la misma mujer de la cual está enamorado el hijo enfermo - como él no sabe explicar esta situación en la familia, le dice: “Mamá”, y la madre se da vuelta y le dice: “¿Qué?”, “Mamá, Laura sos vos”. Y en ese momento Cortázar me puso la mano en el hombro y me dijo “Pibe, entendí mi cuento”. (Risas). Bueno, obviamente ustedes se ríen por lo de pibe, pero debo decirles que yo fui alguna vez un pibe.

No sé si alguien tiene una pregunta para hacerme – que conste que yo no los he contratado -. Yo podría estar toda la noche hablando sobre esto, en primer lugar porque yo soy mi tema preferido, y como verán todo lo que está asociado al nombre de Julio Cortázar mucho más. Los dejo con mi película, espero que les guste.

Público: ¿Qué otras cosas compartió con Julio Cortázar?

Manuel Antín: Compartimos muchísimas cosas con Cortázar, porque después de esos primeros episodios tuvimos veinticinco años de relación epistolar y algunas otras cosas que nos sucedieron. Por ejemplo, hay algunas cosas que no se pueden contar, pero tratándose de él y de mí me atreveré a contar: Cortázar estuvo muchos años de su vida casado con Aurora Bernárdez hasta que finalmente un día decidió separarse de ella. La separación se debió al encuentro con una persona que yo le había presentado. Un día esa persona me envió una postal desde el lugar de donde yo lo había conocido a Cortázar, y yo le escribí diciéndole “¿Por qué estás contando intimidades?”, y me contestó “Estas son las cosas que nos pueden pasar, que nos tienen que pasar necesariamente a vos y a mí”. Es decir que toda esta cosa mágica de la literatura de Cortázar también tuvo su consecuencia en su relación conmigo, y yo recuerdo muchas cosas.

Por ejemplo, una de las cosas más extrañas es que cuando yo hice mi segunda película decidimos encontrarnos y hacer un principio de adaptación para que él hiciera después los diálogos en París. En esa época yo era mucho más importante que él porque yo era director de cine, y por aquel entonces era mucho más importante que ser escritor. Por lo tanto yo le rechazaba propuestas, argumentos, cosas que hoy cuando los recuerdo me parecen realmente increíbles.

En aquel momento él vio mi segundo film, Los venerables todos (1962), que fue anterior a Cirse (1964) y luego me comentó que no había entendido la película y que le gustaría leer la novela que yo había escrito. Por esta novela él me escribió una enorme carta, diciéndome que a la película le faltaban algunas perchas y algunos puentes que facilitaran del acceso del espectador a la película. Y bueno, él me escribió desde Viena. Cuando se fue de Viena se olvidó el manuscrito de la novela en el hotel, con lo cual yo perdí mi novela, se conservó solamente porque está la película.

Cuando él me mandó los diálogos de Cirse a través de un amigo en una cinta grabada al mismo tiempo me trajo los originales: era el manuscrito de Rayuela para que yo se lo diera a Paco Porrúa. Yo tuve la inmediata intención de apropiarme de Rayuela y cobrármelo: si él me había perdido una novela, yo tenía el derecho de plagiarlo. (Risas). La leí y me pareció una obra muy grande. Por lo tanto, le escribí a él que le había perdonado el anterior suceso y que le había entregado los originales a Paco Porrúa, que era el editor.

Este tipo de cosas un poco “cortazarianas” son las que nos sucedieron en esos casi veinticinco años de relación. Su última carta me la envió durante la época en que ya se había dedicado a la militancia política –contra mi voluntad, porque siempre discutimos juntos el tema sobre la militancia-. Porque yo creo que Cortázar con la militancia perdió su gran calidad de escritor, escritor que no se parece a la época en que él hablaba mal del comunismo o de Fidel Castro. Y…. no sé para dónde me metí porque ya no me acuerdo. Lo cierto es que la última carta que yo recibí de él terminaba casi exactamente de la siguiente manera: “Me alegro mucho de haber recibido una carta tuya (…) mi trabajo político hace que yo no tenga un lugar fijo en este mundo. Me gustaría que nos viéramos, que vos vinieras a París. Va a ser difícil que yo vaya a Buenos Aires”, decía él. “No por temor a las balas sino a la velocidad con que vienen”. Ese era el final de la carta.

Bueno, muchas gracias.

Publicación: Marzo 2012