Jean-Pierre Léaud presentó el film de culto de Jean Eustache

Revisitando «La mamá y la puta»

Revisitando «La mamá y la puta», por Karina Korn

En la 33º edición del Festival de Cine de Mar del Plata Jean-Pierre Léaud presentó La mamá y la puta ante un público expectante. Karina Korn cuenta su experiencia al volver a ver esta película desde una perspectiva de género.

Es habitual que el Festival de Cine de Mar del Plata invite a personas de renombre para que dialoguen sobre sus obras. Sin duda esta edición superó las expectativas al anunciar que Jean-Pierre Léaud vendría a la Argentina por primera vez. El actor de 73 años es considerado una leyenda viviente. En su extensa filmografía se encuentran colaboraciones con directores como François Truffaut, Jean-Luc Godard, Bernardo Bertolucci, Olivier Assayas y Albert Serra, entre otros. En esta ocasión, además de haber sido reconocido con el premio a la trayectoria, brindó una masterclass y presentó cuatro de sus largometrajes seleccionados personalmente por él.

Para el público cinéfilo el estar cara a cara con Jean-Pierre Léaud es equivalente a ver fuera de pantalla a un fragmento importante de la historia del cine. En mi caso escucharlo en directo es sumamente significativo, ya que fue una de sus películas la que me motivó a estudiar una carrera relacionada con el séptimo arte. Casi sin saber dónde me estaba metiendo, en el 2009 compré una entrada para ver La mamá y la puta en la 11° edición del BAFICI. En ese momento tenía 18 años y ninguna idea de quién era su director Jean Eustache, la Nouvelle Vague y mucho menos de que el film duraba casi 3 horas y media. Sin buscarlo, la proyección de esta película estrenada en 1973 se convirtió el evento cinéfilo que cambió mi forma de ver las películas de manera irreversible. Sin duda esta obra puso en jaque aquello que daba por sentado. No sólo porque propone una forma de amar que rompe con los cánones de amor romántico y monogámico establecidos, sino también porque la manera en la que está filmada desafía el tipo de narrativa que en ese momento estaba acostumbrada a consumir.

La mamá y la puta tiene como protagonista a Alexandre (Jean-Pierre Léaud), un joven de veintitantos años que no se comporta como se esperaría que un adulto lo hiciese. Él no estudia, no trabaja y la mayor parte de lo que sale de su boca es políticamente incorrecto. Su estilo de vida es posible ya que su pareja, Marie (Bernadette Lafont), le permite quedarse con ella en su departamento parisino. En la primera escena vemos a Alexandre despertarse al lado de su amante y pedirle prestado el auto a su vecina para proponerle matrimonio a otra mujer. La misión fracasa, su exnovia Gilberte (Isabelle Weingarten) ha decidido casarse con otro hombre. Este rechazo amoroso no parece desanimar a Alexandre ya que luego de cruzarse casualmente con Veronika (Françoise Lebrun) en un café, le pide su número de teléfono. El resto de la película muestra cómo paulatinamente ella es seducida por Alexandre y, con cierto recelo por parte de Marie, se gana un espacio en el colchón que la pareja comparte.

Como dijo Léaud antes de la proyección en Mar del Plata, “El tema de la película es el lenguaje”. En el film no hay grandes eventos ni giros narrativos, la acción es mínima, o mejor dicho repetitiva, los personajes se la pasan fumando, tomando whisky y durmiendo juntos. Es una historia plagada de tiempos muertos, en la cual los diálogos destilan un sentimiento de fracaso social. Esto se evidencia en el momento en el que Alexandre le dice a Gilberte “Crees que te recuperas cuando en realidad te acostumbras a la mediocridad. Después de la crisis hay que olvidarlo todo, como Francia después de la ocupación, como después del mayo del 68”. Los personajes del film están disconformes con el mundo que los rodea, pero no parece que tengan voluntad (o poder) para modificar su contexto.

Frente a una realidad que se muestra descolorida, la forma que se encuentra para sobrellevarla es riéndose de las cosas que son consideradas tabú. Las conversaciones, especialmente aquellas entre Alexandre y uno de sus amigos, están cargadas de humor negro que, por un lado, hace que los asuntos que se discuten no suenen tan serios y por el otro brinda a la película un respiro de ese mundo gris. Otro de los mecanismos que el film despliega es el metalenguaje, ya que de manera constante se nos recuerda que lo que vemos en pantalla es una ficción. “Hablar con palabras de otros, eso es lo que me gustaría. Eso debe ser la libertad”, dice el personaje principal. El ejemplo más claro es la escena en la cual Alexandre le describe a Veronika cómo su relación con una amante concluyó dolorosamente y, mientras mira a cámara, nos dice que siente que es un personaje en una mala película.

La mamá y la puta

Volver a ver un film que me impactó después de 10 años fue un acto de riesgo. En un momento histórico donde las discusiones sobre género hacen que inevitablemente nos cuestionemos los relatos que consumimos, tenía miedo de decepcionarme y, en efecto, algo de eso sucedió. Recuerdo que mi “Yo adolescente” salió de la sala profundamente enamorada de Alexandre. Luego de revisitar la película, el personaje interpretado por Léaud ya no me parece un bohemio seductor, sino un ser egoísta y con miedo de salir lastimado. El plano descrito en el párrafo anterior había quedado en mi memoria como uno de los más bellos de la historia del cine, pero por algún motivo había reprimido el recuerdo de que esa secuencia es un momento de sinceramiento en el cual Alexandre confiesa que golpeaba a su ex pareja.

Lo que más me perturbó no fue la desilusión provocada por el protagonista (que haya un personaje que maltrata a su pareja no necesariamente convierte a la película en misógina), sino el darme cuenta de que el film es más conservador de lo que yo creía. Para empezar, el título de la película plantea dos formas de construir lazos afectivos delimitados, como si el deseo físico y el deseo de cuidar al otro fuesen incompatibles. Los roles son claros: Marie es “la madre” que lo mantiene económicamente y Veronika es “la puta” que vive su sexualidad libremente. En la mayoría de los primeros planos femeninos ellas están escuchando a Alexandre, quien parece monopolizar el uso de la palabra. La excepción más llamativa es el monólogo que Veronika pronuncia en el clímax de la película, en el mismo ella afirma entre lágrimas que el sexo no tiene valor a menos que sea para procrear. En ese momento nos damos cuenta que, en el universo construido por Eustache, “las putas” en el fondo también aspiran a ser madres. A eso se le suma que el film concluye con Alexandre eufórico ante la expectativa de tener un hijo con su amante. En pocas palabras, los dos personajes que se movían por fuera de los mandatos amorosos establecidos terminan felizmente introducidos en la norma.

La primera vez que vi esta película fue con los ojos un tanto ingenuos de una adolescente que apenas se iniciaba en el mundo de las películas no comerciales. En esta segunda visualización, que está condicionada por los modos de pensar y las discusiones ideológicas de nuestro presente, no pude evitar ver a La mamá y la puta con otros lentes y sentir que hay unas cuantas cosas cuestionables. Sin embargo ser crítico no anula el disfrute. El film de Eustache me sigue pareciendo de gran valor, no sólo por la belleza de sus planos largos, sino por cómo retrata a una generación. Y, por supuesto, nada de esto quita que fue una piedra fundante en mi formación cinéfila. Volver a ver la película en pantalla grande no significó la caída de un ídolo personal. Pude reencontrarme con una obra maestra del cine para entenderla desde una óptica diferente, y qué mejor manera de hacerlo que en fílmico y presentada por el propio Jean-Pierre Léaud.

Publicación: Enero 2019