Sobre "Chronique d’unété" (1960) y "Octobre à Paris" (1961)

La Re-vuelta a los ‘60s: Chronique d’un été de E. Morin y J. Rouch y Octubre à Paris de J. Panijel

En Octubre de 2011, desafiando las leyes de la censura o bien del olvido, los documentales de Morin y Panijel fueron reestrenados en las salas parisinas. En el umbral del Mayo Francés, dos retrato de una época mítica signada por la guerra de Argelia y la cuestión: “¿Es Ud. feliz?”
Por Paula Klein

Paris. Años ‘60s. Dos cámaras mudas registran los gestos y palabras de un grupo de personas anónimas. El proyecto de ambos films responde a la lógica del testimonio: el fin es documentar, mostrar un fragmento de realidad. Los individuos son interrogados en las calles, en sus casas, en el trabajo, en los cafés frecuentados por el grupo de amigos, durante el entorno cómplice de una cena familiar…

Pese a las similitudes, el interrogante que se encuentra en el origen de Chronique d’unété  (1960) producida por Edgar Morin y Jean Rouch y Octobre à Paris (1961) de Jacques Panijel, no puede ser más contradictorio, más enigmáticamente complementario.

Chronique d’unété enfrenta al espectador al relato de personas reales que nos cuentan fragmentos de sus  propias vidas tal como las experimentan, allí y ahora, estos sujetos que, tras su inmortalización en el film, pasarán a encarnar al francés “tipo” de los años ‘60s.

Casi al mismo tiempo, en una experiencia cercana a la del cinéma-vérité, Morin y Rouch reclutan a un grupo de amigos que se prestan a la misión de interrogar a sus contemporáneos: “¿Cómo es su vida?”, “¿Es usted feliz?”.

La pregunta se repite una y otra vez a lo largo del film mientras que el tono propio de la encuesta va cediendo paso al de la confesión, en una especie de abandono de la persona frente a la cámara. Poco a poco, de forma casi imperceptible, los roles se invierten: el encuestador deviene el encuestado. La pregunta, tantas veces repetida, deviene un leiv-motiv mudo que reverbera en el fondo, confundiéndose con el discurso de estas personas que nos abren las puertas a sus preocupaciones, a sus miedos y alegrías tal como estos son vivenciados desde el interior de los espacios más cotidianos.

Hacia el final del documental, los directores de Chronique d’unétéconfrontarán a los encuestados con el resultado final de la experiencia. Sus reacciones serán igualmente filmadas y pasarán a integrar el documental. De vuelta en el rol de público, las opiniones de las personas que han participado en el film no pueden ser más disímiles. En tanto que espectadores de sí mismos, estas personas son nuevamente interrogadas por Rouch y Morin: ¿qué opinan del reultado?, ¿hay verdad o, encandilados por la cámara, los encuestados sucumbieron a la tentación de construir un personaje? Las respuestas se contraponen. Lo que para unos constituye un ejemplo flagrante de actuación es, para otros, la expresión más descarnada de la verdad. Un solo ejemplo basta para esbozar el debate interminable: una mujer parisina cuestiona la moralidad del discurso de otra, una sensual jovencita rubia que vive del rédito económico que le confieren sus curvas, vendidas bajo el formato de fotos a los turistas de Saint-Tropez.

La primera, de mayor edad, opina que hay cosas que no es correcto decir en cámara, es una afrenta a la moral. La rubia se defiende, asegura que no hay actuación ni deseo de escandalizar en su relato, todo lo que dijo es lo que piensa, lo que es.

Frente a esta experiencia, Octobre à Paris inicia con una suerte de prólogo que nos pone al tanto de otro tipo de eventos que marcan el umbral de los años ‘60s: la guerra de Algeria, las condiciones de vida de los algerianos que viven en territorio francés y cuyo número ascenderá a unos 430 000 hacia 1962, el toque de queda decretado hace unos 50 años por Maurice Papon, jefe de policía de Paris cuando se llevó a cabo aquella manifestación del 17 de Octubre. Luego, el resto del documental, la masacre.

En este marco, el cortometraje producido por Mehdi Lallaoui que sirve de prefacio al film,  nos narra someramente la sucesión de hechos tal y como se desencadenan durante los días previos al fatídico 17 de Octubre, día funesto en el que una marcha pacífica se convirtió en una de las matanzas de mayor enverdagura en la historia moderna del pueblo francés.

De golpe, el acento francés algeriano produce un choque en el oído del espectador. El  discurso, por momentos incomprensible, contraste con la voz límpida y clara de la voz que  narraba en el cortometraje. Ese cambio de registro, de acento, que se ve acompañado por una disminución de la pureza y de la calidad del sonido, evidencia la distancia entre el relato del historiador y el del testigo. A nivel visual, las imágenes tomadas desde el borde del Sena calmo contrastan con el vértigo y el pánico que reviven las imágenes de los cuerpos eyectados al fondo del río, apilados en el fondo de las estaciones de metro, violentamente golpeados en medio de la calle, bajo la mirada espantada de los transeúntes.

Llegamos al verdadero comienzo del documental. Una voz en off  nos asegura dar testimonio fiel de lo que ocurrió aquel 17 de Octubre. El individuo-narrador se presenta, nos asegura que contará la verdad, una verdad que experimento en carne propia junto a muchos otros compatriotas argelinos que perdieron la vida en los eventos en cuestión. A esta historia en primera persona se sucederá el testimonio de decenas de otras voces que vuelven una y otra vez sobre los hechos, mostrando sus cicatrices como testigos mudos que corroboran sus palabras.

Al margen de los paralelismos y las diferencias, un interrogante común planea tras el proyecto de ambos documentales. Intento formular la pregunta que me interpela: ¿Puede resultar de alguna forma inmoral el relato de una vida? Y luego: ¿puede captar un documental aunque más no sea un esbozo del horror causado por la muerte?

Después de verlos, me invade una pregunta tan general que trasciende a los dos films en cuestión: ¿Por qué no dudo de la veracidad del relato de los testigos de la masacre pero, en cambio, desconfío un poco de la veracidad de la experiencia propuesta por la dupla de Morin y Rouch? Acaso sea la violencia de las imágenes capturadas por Panijel el factor que obtura en mí la más mínima formulación de aquella duda que sí me asalta frente al discurso de los individuos de Chronique d’unété: ¿es verdad lo que me cuentan? ¿cómo puedo estar segura de que estos seres no juegan un personaje, quizá inconcientemente manipulados por la presencia de la cámara? En efecto, Chronique d’unétéy Octubre à Paris encarnan dos formas de hacer cine documental.

Sólo quisiera agregar un detalle, una especie de nota de color que me permite anclar estos documentales al presente. Curiosamente, ambos films fueron reestrenados casi al mismo tiempo y podían verse en algunas escasas salas de Paris. Curiosamente, su reestreno coincidía con la explosión de un tema político candente: la cuestión del acceso al voto de los inmigrantes que viven en Francia de cara a las futuras elecciones presidenciales de 2012.

Tras estas vueltas y re-vueltas entre los’60s y el 2012, veo más clara la pregunta que me venía interpelando desde el comienzo. Pregunta vasta y miles de veces formulada y reformulada, sin rasgos de originalidad pero, a mi entender, siempre actual, elemento constituyente de esa esencia enigmática del cine en su totalidad. Va otra vez: ¿puede el cine dar testimonio de un fragmento de realidad? Ciertamente, en mi goce, en mi horror de espectadora, lo que no deja de conmoverme no es tanto la búsqueda de una respuesta sino el hecho de que baste el mero esbozo del interrogante para mover a un grupo de personas a salir, cámara en mano, a intentar captar ese “algo” siempre demasiado efímero como para constituir una verdad última y que constituye, pese a la censura o el olvido, el testimonio de una época.

Si. Creo que la satisfacción que experimento al ver los films tiene que ver con el compromiso, con el coraje que implica renunciar de antemano a cualquier especie de resultado, de búsqueda de un fin último. Del mismo modo pero sentada desde la butaca del espectador, pienso que quizá sea el goce estético que me produce ver ambos documentales lo que me impide esbozar una forma de síntesis abarcadora que me permita cerrar esta reflexión.

En esta vuelta al pasado, los films me dan otro punto de vista del presente, me exigen confrontar otra vez la pregunta del comienzo y aceptar que, tal vez, la síntesis se haya ido dibujando en el proceso mismo. Me doy cuenta de que, en la propia mirada retrospectiva que me devuelven estas imágenes, encuentro algún tipo de sentido a lo que no puedo percibir hoy en día porque estoy, inevitablemente, siempre ya desde el lado de adentro.

Al final, me quedo con la sensación de que es sólo a partir de esta magia de volvernos espectadores que podemos encontrar la fuerza para seguir planteándonos preguntas, yendo al café, al cine, cenando con amigos, cuestionando lo que se presenta como acertado, como verdadero de una vez y para siempre.

Publicación: Febrero de 2012