Rodolfo Mórtola (1943-2011)

El adiós a un gran amante del cine

Por Denise Pieniazek

Rodolfo Rafael Mórtola nació el 4 de abril de 1943 y vivió su infancia en Corrientes, donde se gestó su amor por el arte, “para mí la matinee del cine los domingos era sagrada” me contaba cuando lo entrevistamos con Monica Figueroa en julio pasado. Gran admirador de directores como Luchino Visconti, de escritores como Ernesto Sábato y de la música de Wagner. Y, aunque pocos lo saben, tenía un gran interés por la danza. Sus películas preferidas eran Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960), El Gatopardo (Luchino Visconti, 1963), Magnolia (George Sidney, 1951), La última vez que vi París (Richard Brooks, 1954). En su niñez la pantalla lo impactó con las grandes divas de Hollywood. “Yo no me formé con Cahiers du Cinema, yo me formé con Radiolandia y Antena, lo otro vino después”, decía. Tuve el placer de conocerlo, fue un encuentro realmente profundo, entre melancolías y alegrías que me revelaron su sensibilidad y su pasión por el cine. Se fue quien nos ha dejado una gran enseñanza digna de recordar: “sin el amor y el arte no vale la pena vivir, es lo único que nos salva”.

El 23 de diciembre del 2011 los diarios correntinos dieron la noticia del fallecimiento de Rodolfo Mórtola, a sus 68 años. Aunque ésta no haya trascendido, es importante para la historia del cine argentino la despedida de quien fue mucho más que el colaborador de Leopoldo Torre Nilsson y Leonardo Favio. Tuvo una amplia carrera que combinó la dirección con el trabajo junto a grandes nombres del cine. Podría decirse que fue un hombre multifacético, que escribió, dirigió y tenía conocimientos acerca de la puesta en escena que incluían tanto a la ambientación como a la dirección de actores.

Mórtola ingresó en 1962 en la Escuela de Cinematografía de La Plata, con dudas al comienzo pero luego tuvo el apoyo de su padre, quien le dijo que “uno triunfa en lo que ama”. Posteriormente tomó cursos de teatro con Carlos Gandolfo y Susana Rivara de Milderman, pero su mayor escuela fue empaparse de la cultura que le ofrecía Buenos Aires, desde sus libros, obras de teatro y películas; además de haber comenzado a trabajar detrás de escena a los 23 años. Integró jurados para el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales y para el Fondo Nacional de las Artes, fue docente de guión en la Fundación Universidad del Cine y otras escuelas de cine. Realizó tres trabajos como guionista para televisión: La envidia, El Remate y Adagietto. Recibió cuatro premios al mejor guión por diferentes películas, pero el más importante fue la obtención de un Globo Rocha, en Portugal, por su opera prima como director, El dueño del Sol (1987), en la categoría de mejor película de habla hispana. A lo largo de su vida le quedaron cinco proyectos pendientes, de los cuales tres pensaba dirigir él mismo.

Si bien fue conocido principalmente por su tarea como asistente de dirección y guionista en películas de Leopoldo Torre Nilsson —en películas como La Maffia (1971), Los siete locos (1972), Boquitas pintadas (1974) y Piedra Libre (1976)—, entre otras, y por ser un colaborador fundamental para Leonardo Favio —en Juan Moreira (1973), Soñar, soñar (1976), Gatica, el mono (1993) y Aniceto (2007)—, lo cierto es que Mórtola participó en treinta y ocho películas a cargo de diferentes roles que van desde director, guionista, asistente de dirección, hasta director de arte. Además, trabajó junto a Fernando Ayala, Alejandro Doria, Marcos Madanes, Manuel Antín y Javier Torre.

Gran admirador del cine de Leopoldo Torre Nilsson, fue un integrante fijo de su equipo de trabajo, e incluso presenció las reuniones familiares con la esposa de Nilsson, Beatriz Guido, y sus hijos Javier y Pablo Torre, quienes posteriormente lo volvieron a convocar para sus respectivos filmes.  He aquí uno de sus grandes logros, ¿cuántos han tenido el privilegio de trabajar con quienes admiraban y de ganarse su respeto? Le llegó la oportunidad de conocer Torre Nilsson, a quien nombraba como su “director de cine argentino preferido”, gracias a su participación previa como oyente en Soluna (Marcos Madanes, 1966), ya que allí conoció a un colaborador de Nilsson que luego los presentó. Mórtola ha confesado que su fascinación por Nilsson comenzó cuando se escapó una vez de la escuela a los 15 años para ir al cine a ver La casa del ángel (1957), de la cual dijo haberse sentido identificado con el “mundo adolescente y de los prejuicios” que advertía en la película. Desde allí su carrera cinematográfica no se detuvo, era muy querido dentro de sus equipos de trabajo, y siempre se lo recuerda como a alguien con un aporte fundamental antes y durante los rodajes. Tal es así que cuando se filmaba El santo de la espada (1969), Nilsson preguntó por qué Mórtola no estaba allí, y pidió que se lo convoque. Asimismo, fue elegido en más de una oportunidad para trabajar con Juan Bautista Stagnaro y, posteriormente, por su hijo Bruno Stagnaro.

Mórtola era un hombre sumamente culto, con grandes conocimientos de literatura y poseía variados recursos para la escritura de guiones, ya que tuvo que escribir varios de ellos basados en novelas o cuentos. Para Mórtola no había tareas imposibles, todo lo que se proponía, sin importar el costo o las consecuencias económicas, lo llevaba a cabo porque era posible para él mediante su pasión por el cine. Pasión que nunca perdió a lo largo de su vida y que siguió intacta hasta el final de la misma. Muestra de ello son sus dos realizaciones como director y guionista en El dueño del sol (1987) y en Los Elegidos (2011, en post-producción). Para Mórtola, cada película y cada persona tenía un destino, el suyo fue vivir intensamente, él mismo se definía como “dionisiaco” porque lo apasionaban los extremos.

Había estado filmando en San Luis para su segunda película como director, Los elegidos, la cual, al igual que la primera, le valió un gran esfuerzo que empeñaba con gusto. Sus películas estaban llenas de vínculos con su vida personal, como por ejemplo las relaciones entre hermanos. El mundo de Mórtola es complejo, especial, único, capaz de mostrar lo intenso e íntimo de las relaciones humanas. Alfredo Alcón, protagonista de El dueño del sol, la recuerda con cariño y declaró que fue muy importante en su carrera.

Para Mórtola, hablar de un compañero de trabajo significaba primero mencionar sus cualidades como persona y luego sus cualidades profesionales. Cuando se le preguntaba cómo era trabajar con otros directores indicaba lo siguiente: “yo estudiaba intuitivamente cuál era su cine, entonces yo no trabajaba a partir de mí, sino a partir del cine del otro”. En consecuencia, vivimos la partida de gran parte de la historia de nuestro cine, quien tenía la particular capacidad y sensibilidad de captar tanto las personalidades de sus compañeros, cuanto el poder para analizarlos y sintetizar sus estilemas como directores. Para Mórtola, todos los roles que abarcó a lo largo de su extensa carrera eran importantes, solía decir “cada rol que me toca lo hago con mucha pasión…el cine es un hecho de amor, hay que amar muchísimo lo que uno hace”. En su desempeño como docente les repetía a sus alumnos “tienen que ver todo, porque todas las actividades artísticas te engrandecen… quien iba a decir que cuando yo era chico y veía danza en el Colón, mucho después estaría participando de una película cuyo fin era la danza como es el Aniceto”. Finalmente, este hombre tenía grandes conocimientos artísticos pero también poseía una gran lectura acerca de los comportamientos humanos y se vinculaba de una forma muy especial y afectiva con los demás. Con humildad nos confesaba: “con el cine he llegado mucho más lejos de lo que imaginé en mi infancia”.

Publicación: Enero de 2012