Apuntes sobre el (no tan) Nuevo Cine Rumano

Apuntes sobre el (no tan) Nuevo Cine Rumano

Rumania, uno de los últimos países europeos en abandonar el régimen comunista, vio nacer a principios del 2000 una nueva cinematografía. Galardonada en los más reconocidos festivales internacionales, fue ignorada en su propia tierra. A partir de historias de gente común, construye una reflexión acerca los años pasados bajo el ala soviética y la dramática transición a la economía de mercado, luego de los estallidos sociales que culminaron con la ejecución del entonces presidente Nicolás Ceaucescu y su esposa en la Navidad de 1989. Abordaremos aquí, de modo introductorio, algunos rasgos esenciales de las producciones rumanas más recientes.

Películas como la pionera La muerte del Sr. Lazarescu (Puiu, 2005), Bucarest 12:08 (Porumboiu, 2006), Cuatro meses, tres semanas, dos días (Mungiu, 2007), Martes después de Navidad (Muntean, 2012), La Mirada del Hijo (Netzer, 2013) El vecino (Muntean, 2015) y la reciente Graduación (Mungiu, 2016) nos proponen pequeñas historias de gente común que envuelven a un personaje que no quiere saber, que no quiere hacerse cargo de lo que le tocó vivir, y a otro personaje que se involucra y asume las culpas y castigos de su semejante, la mayoría de las veces a costos demasiado altos. Pequeñas historias como metáfora de toda Rumania. Metáfora de olvido, de una Historia siempre en fuga. Diecisiete años después, el cine intenta dar respuesta a lo inexplicable. La nostalgia por la efervescencia revolucionaria, la abulia, la resignación y la monotonía, la evasión, la represión y el acostumbramiento, los fuegos que persisten a pesar de los reveses económicos y la crisis de valores.

Abundan en las películas rumanas más recientes las historias en torno a padres, madres, hijas e hijos, en clara analogía a la relación entre el Pueblo y el Estado. Ese Padre autoritario y omnipresente que arroja a sus hijos a un lugar periférico en la toma de decisiones acerca de sus vidas. Los hijos que se vuelven dóciles, casi sonámbulos en medio de una realidad tormentosa que todo el tiempo los interpela a tomar las riendas de un asunto desbordante, frente al que ellos apenas reaccionan. Así se caracteriza al pueblo rumano que, cediendo todo su poder a sus gobernantes, se deja guiar como una oveja mansa. Las escenas en las que los personajes sostienen esa actitud abúlica suelen tener una duración prolongada, contribuyendo a generar tensión en el espectador —véase, por ejemplo, el interrogatorio policial en El Vecino de Radu Muntean (2015).

El Nuevo Cine Rumano no puede, en verdad, ser entendido como una Nueva Ola en sentido estricto, ya que a pesar de las notables coincidencias, los directores involucrados no han articulado un programa estético común de modo explícito. Sin embargo, puede reconocerse en todos ellos una genealogía de influencias, cuyo referente más destacado es el cineasta Lucian Pintilie y su film La reconstrucción, realizado en 1968 y estrenado recién en 1990, luego de la Revolución de Diciembre. Dicho film inicia una tradición cinematográfica que aborda el período comunista a partir de hechos cotidianos que sacan a la luz la complejidad de los procesos políticos y sociales que atraviesa el país, y el impacto de la Historia en el momento presente.

Además de la similitud en las matrices narrativas de la historia y la tipología de los personajes, la mayor parte de los films rumanos recientes comparten una preferencia por los planos largos, la incorporación de escenas que escapan a la lógica causal, la ausencia de sonido extradiegético y el trabajo en locaciones fuera del set, entre las que se destacan los típicos departamentos construidos en la época comunista. Un linaje actoral de excelencia completa su apuesta estética realista.

La cámara se acerca a los postulados bazinianos más ortodoxos, por momentos adoptando una tendencia documental en su pretensión de objetividad, pero nunca encubriendo su lugar de aparato discursivo, lo que se ve en violentos movimientos que reemplazan lo que en una planificación clásica sería un plano contraplano, o en pasajes filmados enteramente con cámara en mano, mostrando al personaje de espaldas. Bebiendo de la fuente del neorrealismo italiano, es como si Rumania recién estuviese despertando a la modernidad cinematográfica.

Un párrafo aparte merecen las condiciones en las que esta -ya no tan- nueva generación de cineastas se dio a conocer al mundo. El Centro Nacional de Cine, par rumano del INCAA, fue fundado por cineastas, sin dependencia estatal. Al no existir políticas transparentes de financiación, debieron recurrir a inversores privados que les permitieron contar con algún dinero para filmar. Sin una industria nacional sólida, eran furor en los festivales internacionales de más alto nivel, mientras en su país sus proyecciones tenían una taquilla por demás pobre. La crítica fue la principal impulsora de los films cuando el público de Rumania les dio la espalda, incluso luego de haber alcanzado una Palma de Oro en 2007.

El cine rumano pretende construir memoria, volver sobre las deudas no saldadas y las heridas aún abiertas, como capítulos de la Historia que todavía no se comprenden. El comunismo, la Revolución y sus muertos, todo lo que la evoca y la recrea; el instante en el que se revelan los valores heroicos, la solidaridad y el sentimiento fraterno como contrapunto a la desidia que permite a los viejos funcionarios volver al poder bajo nuevas máscaras luego del hambre y del genocidio. Un pueblo que al modo de Gabita (Cuatro meses…) o del hijo de Cornelia (La mirada del Hijo) deja correr los hechos casi sin reaccionar, como si no tuviese nada que ver con el asunto.

Historias en las que es necesario, impostergable, que alguien tome acción. Soluciones de compromiso que nunca suelen ser del todo justas. Y a fin de cuentas, un equilibrio restablecido aunque precario, porque aquel que había sido designado para intervenir, sigue arrojando a otros al lugar sacrificial. La cuestión de la culpa y de la responsabilidad plantea todo el tiempo dilemas morales de los cuales nadie sale ileso. Nunca se llega a una respuesta acerca de qué sería hacer lo correcto; los hombres y mujeres encarnan las tensiones nacidas del tener que tomar acciones injustas en pos de causas que juzgan justas. Porque las libertades coartadas de otro se asumen como propias, quizás porque todos los ciudadanos rumanos llevan el estigma del período dictatorial, y ven en ese pequeño acto de justicia -siempre por fuera de las leyes del Estado- una posibilidad de redención personal y colectiva a la vez.


Filiaciones actorales entre Rumania y Argentina. Raúl Serrano, docente y fundador de la Escuela de Teatro de Buenos Aires (ETBA) se formó como actor y director en la Universidad de Bucarest, Rumania, durante los años sesenta. Ya en Buenos Aires, comenzó a dictar clases influido por la tradición stanislavskiana que predominaba en el país de Europa del Este. El «método» o «sistema Stanislavski» como se lo conoce en la jerga actoral, había sido ampliamente difundido en latinoamérica a partir de los trabajos de Lee Strasberg, los cuales ponderan la introspección y el trabajo psicologista con las vivencias de los actores. Serrano, en cambio, rescata las ideas del último período del teatrista ruso, que hacia el final de su vida reelabora su método haciendo hincapié en las acciones físicas, en un intento de superar de modo dialéctico las paradojas inherentes al trabajo del actor. La labor de Serrano ha contribuido a dar a conocer una parte del trabajo de Stanislavski que por cuestiones políticas prácticamente no había salido de los países cercados por la Cortina de Hierro.


Graduación (Mungiu, 2016) es una de las más recientes películas rumanas estrenadas en Argentina. En ella se actualizan las temáticas abordadas en los films anteriores recurriendo una vez más a los mismos criterios estéticos, lo que evidencia la consolidación de la identidad artística de esta generación de cineastas. En esta ocasión, Mungiu elige la historia de un padre que intenta por todos los medios que su hija finalice sus estudios secundarios manteniendo sus calificaciones brillantes, hecho que ha sido puesto en riesgo luego de que ella sufre abuso sexual en las cercanías de su escuela. La graduación con honores le permitirá a ella ganar una beca de estudio en Inglaterra, y así cumplir el sueño de sus padres de tener un mejor futuro, lejos de la chatura y los peligros de la vida en Rumania. Los padres pertenecen a la generación que luego de la Revolución del 89 volvió a su país con esperanzas renovadas, y viéndose decepcionados por el rumbo que tomaron los hechos políticos, depositaron toda su fe en la felicidad de sus hijos. Una vez más, los personajes encarnan tipos particulares que simbolizan diversos actores de la sociedad, en la que entran en tensión los vestigios del régimen comunista con los nuevos modos de vida de la sociedad capitalista y globalizada. Una hija que comienza la película en el estado más vulnerable luego de sufrir un hecho traumático, pero que a medida que cobra fuerzas puede correr del centro a su padre y tomar decisiones por sí misma. Quizás Mungiu, en este gesto contrario al de muchos colegas suyos que cierran sus films de un modo menos feliz, advierte cierto aire esperanzador para el pueblo de Rumania, que puede, de a poco, volver a ser capitán de su propia historia.

Publicación: Septiembre 2017